Incoherencias, por Christian Muñoz

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El Martes pasado Radio Capital -parte del grupo RPP- decidió despedir al polémico periodista Phillip Butters, tras su escandalosa participación en la marcha del colectivo “Con mis hijos no te metas” realizada tres días antes, en la que Butters había hecho gala de un discurso, por decirlo menos, bastante criticable. Las reacciones a favor y en contra no se hicieron esperar, lo cierto es que muchas de estas ostentaban una pobrísima congruencia. Veamos.

Para empezar, incoherente el proceder de la propia Radio Capital, que justificó el despido en un comunicado que señalaba que la participación de Butters en la marcha del día Sábado 04 de Marzo podía comprometer la imagen del grupo RPP. Este comunicado fue publicado tres días después, ¿es que acaso se demoraron tres días en percatarse que Butters comprometía su imagen o, más bien, el grupo RPP decidió velar por su bolsillo ante la fuga de auspiciadores desatada? Por otro lado, ¿en serio la participación de un empleado en una marcha puede comprometer la imagen de una empresa o no serán más bien sus desatinadas expresiones?

Incoherente además que nuestra izquierda progresista haya celebrado a todas voces el despido de Butters. ¿No son ellos mismos los que ensalzan a la estabilidad laboral y al respeto por los derechos laborales? Según nuestro propio Tribunal Constitucional el derecho al trabajo tiene un doble sentido, el primero consiste en la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo, mientras que el segundo en no ser despedido salvo justa causa. Estas justas causas se encuentran taxativamente señaladas en nuestra Ley de Productividad y Competitividad Laboral -artículos del 23 al 28-, y en ninguna parte de la ley encontramos que la expresión de una opinión, por aberrante que sea, justifique el despido. De hecho, en el artículo 29 de la referida ley si encontramos que la discriminación por opinión -sin hacer distingo entre estas- sería causal de despido nulo.

Finalmente, son incoherentes también algunos liberales que -indignados- reclamaron por el despido de Butters, señalando que sería un atentado para la libertad de expresión. ¿Es que acaso olvidaron que es también la libertad de empresa una de las consignas más nobles del ideario liberal? La libertad de empresa del grupo RPP le permitiría -al menos para los liberales que creen que no debe aplicarse la regulación laboral, por más que esté consagrada legalmente- hacer disposición de sus recursos -y por ende de sus trabajadores- como mejor le plazca.  Si bien Butters tendría libertad de expresión, esta no puede desentenderse de los derechos de propiedad y de libertad de empresa de la empresa para la que labora. El periodista no es pues dueño de Radio Capital ni del Grupo RPP, de modo que estos no pueden encontrarse obligados a transmitir sus programas.

No queremos que se nos confunda. No pretendemos “quedar bien con dios y con el diablo”, como versa un conocido refrán. En nuestra opinión el despido de Butters se encuentra completamente injustificado, aunque no por ser un atentado contra la libertad de expresión.

Para explicarnos mejor y evitar malentendidos queremos distinguir el plano de “lo que debe ser” del plano de “lo que es”. Para empezar, sobre “lo que debe ser”, somos conscientes como cualquier liberal de que la legislación laboral vigente en nuestro país es asfixiante y restrictiva para la libertad empresarial y los derechos de propiedad, de modo que sería deseable que esta se flexibilice para así permitir, por ejemplo, causales de despido menos restrictivas. Por otro lado, respecto a “lo que es”, como señalamos con anterioridad, si uno revisa nuestra legislación laboral vigente no encuentra razones que justifiquen el despido del periodista, de modo que el respeto por la legalidad laboral sugeriría un despido nulo.

En resumen, consideramos que el despido de Butters resulta ilegítimo por el respeto a la legislación laboral -que para bien o para mal- rige actualmente en nuestro ordenamiento. Sin embargo, consideramos también que urge una flexibilización de la misma por parte de nuestros parlamentarios -desde esta columna les exhortamos a hacerlo-. Con esto, creemos escapar de discursos como los arriba señalados, cuya coherencia deja mucho que desear.