Jorge Pohorylec, el “Nazi Peruano”, por Óscar Balladares

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¡Aquí gobierno yo! Acá no gobierna ningún malandrín. ¡Ningún vendepatria! ¡Como el presidente! ¡Acá gobierno yo! Porque éste pueblo está agarrado de la cabeza, del bolsillo ¡y de los huevos! Acá gobierno yo…”

Con estas palabras, aparece Jorge Pohorylec al inicio de un video que hice para la universidad hace ya diez años (https://www.youtube.com/watch?v=uayh04Pr9lk). Era la época en que todavía estudiaba comunicaciones y quería ser cineasta o documentalista. Enfocado en contrapicado, vestido de caqui y con una gorra verde que ensombrecía sus ojos, Jorge realizaba lo que según sus palabras era su caudillaje. Lo hacía parado sobre una mesita que colocaba afuera de su viejo inmueble de Surquillo, una polvorienta casa verde al frente de Sedapal, repleta de carteles, y adonde él acudía todos los días en bicicleta para realizar su caudillaje. En la grabación, Jorge habla exaltado por algunos minutos levantando una especia de vara. Y al terminar su discurso, se para muy firme, en posición marcial, y observa todo lo que lo rodea. Ante él, su Reich: decenas de vehículos atollados en la avenida Primavera tocando sus bocinas, ambulantes, transeúntes y uno que otro curioso prestándole atención. Entonces, sin abandonar ni un instante la actitud prusiana, y bajo ese cielo gris que la naturaleza nos impone la mayor parte del año, Jorge alza el brazo derecho con ímpetu y hace el saludo fascista. “¡Heil Hitler!”, exclama concluyendo su mitin. Entonces, la cámara le hace un acercamiento al rostro, como para dar más contundencia y dramatismo a sus palabras, y termina la introducción de aquel video de diez minutos. Desde que dirigí ese corto, surgió entre nosotros una gran amistad, la cual duraría hasta su sorpresiva y reciente muerte, ocurrida hace unos días. Pero, un momento, ¿amistad con un nazi? Así es. Pero no con un nazi auténtico. Porque Jorge no se había percatado, o se negaba a aceptar, que en realidad él no era nacionalsocialista. O, tal vez, simplemente “se hacía el nazi” por joder y dar la contra.

Jorge no podía ser nazi, para empezar, debido a que de ario tenía muy poco (es decir, porque no era ario; pues, se es ario, o no se es ario…).  Si bien era de ascendencia europea, Jorge era de madre judía y de apellido polaco, con lo cual era un judío eslavo. Y los nazis, además de querer exterminar a todos los judíos, consideraban al pueblo eslavo una “raza inferior y decadente”. A causa de lo anterior, durante el Tercer Reich mi amigo definitivamente habría tenido serios problemas. Se habría encontrado entre los primeros enviados “a las duchas” durante el Holocausto, si es que antes no tenía la mala suerte de caer en manos de algún Einsatzgruppen (comandos de exterminio). A esto habría que agregar algo mucho más importante, su pensamiento, ya que Jorge era una persona bastante noble. Con sus locuras pero bueno, era una persona que se oponía abiertamente a la persecución y represión de gente inocente. Jorge nunca fue partidario de exterminar a nadie ni de establecer campos de concentración. Esto también lo hubiera llevado a ser gaseado, por disentir con el nacionalsocialismo. Incluso, en un conocido documental sobre su vida que ganó el premio de Conacine, “El caudillo pardo” (2005), Jorge llegó a jactarse de ser “tan nazi como judío”. Entonces, de nazi terminaba teniendo muy poco, tan sólo el saludo, porque incluso su indumentaria, que no se quitaba jamás (pantalón beige, camisa caqui, gorra militar o de Gilligan, dependiendo, y chompita verde, si hacía frío) no se asemejaba a la de un SS comprometido, sino más bien a la de un soldado del Africa Corps de Rommel.

Jorge Pohorylec, el Nazi Peruano, no solamente fue mi amigo, sino también mi vecino, pues vivía en una casota atrapada en el tiempo a la entrada de la Huaca Pucllana de Miraflores, a escasas tres cuadras de mi casa. Podría afirmar que Jorge ha sido el único amigo de barrio que he tenido. Siempre lo veía montando su viejísima bicicleta por los alrededores de la huaca, por la Clínica Delgado, o lo encontraba en la bodega del chino Panchito o comprando pan en Plaza Vea. Y cada vez que me lo cruzaba, ante la sorpresa de quienes me acompañaran, lo saludaba alzando la diestra y gritando: “¡Heil Hitler!. Entonces él me veía, sonreía y respondía alegremente haciendo el mismo saludo y exclamando: “¡Viva el barrio! ¡Viva las américas libres! ¡Muera Putamérica!” Muchas veces me buscaba para conversar. “Te busca el nazi”, me decían de lo más normal en casa, hasta con indiferencia. Como si fuera de lo más corriente ser buscado por un nazi. Bueno, efectivamente se convirtió en algo común para mí. En otro contexto hubiera sido algo de terror: “te busca la Gestapo, te buscan las SS”. Pero en mi caso no, porque Jorge era un buen tipo, era un nazi chévere e inofensivo, un nazi judío; esto es, un nazi que no era nazi. Para mí era un poco como Artie de “Pete & Pete”… ¡Era el Nazi Peruano! Y por lo general, esto sí que era típico, Jorgito se aparecía altas horas de la noche, cuando yo estudiaba para algún examen de la universidad o cuando me encontraba friendo un huevo. Y sí que era de una locuacidad infinita, literalmente no paraba de hablar… A veces me traía sus manifiestos impresos o CDs con reportajes noventeros sobre su vida, o me comentaba con orgullo que volvería a salir por internet. Entonces, planeábamos nuestro acceso al poder, nuestro Putsch y nuestro Anschluss, y la manera de volverlo más mediático, esto último sí era cierto. Desde hace años teníamos planeado hacer un nuevo corto. Siempre que nos encontrábamos lo discutíamos y yo le aseguraba con franqueza que lo volvería a entrevistar para otro video de YouTube.

Siento una inmensa pena por jamás haber cumplido con hacerle un segundo video. Proyecto que tenía en mente y que pospuse literalmente por diez años. ¡Diez años postergando la realización del bendito video! Una década clavadita, hasta que se me murió Jorge, sin que volvamos a hacer nada. Eso sí que se llama procrastinación, e imbecilidad. Justo, hace menos de un mes, a raíz de que nos encontramos en Plaza Vea, volvimos a hablar del tema, como siempre, y quedamos en que lo grabaría el lunes siguiente. Jorge adoraba que lo graben y lo entrevisten, y el lunes acordado se apareció en mi casa. Sin embargo, le dije que no había encontrado alguien para que nos grabe, y que mejor lo pasemos para otro día, porque había decidido que la entrevista no sea tan improvisada. Le aseguré que durante la semana yo mismo lo buscaría y nos despedimos. Esa noche fue la última vez que lo vi. Luego, la cámara desaparecería por unos días, mi amiga no podría ayudarme con el video, y después yo tendría otras cosas que hacer. Y así, pasaron dos semanas, hasta que este lunes en la noche me llaman al celular y me dicen: “murió el loco Pohorylec”. Dos días antes, ya había conseguido la cámara y coordinado con mi amiga para que nos grabe. Tenía en mente una serie de videos de cinco minutos titulados “El nazi responde”. Sería como una continuación de la entrevista que le hice para la universidad, la cual sigue generando comments en YouTube y tiene miles de vistas. Yo ya tenía hasta el tema para la primera entrevista, su “Teoría del Castrado Social”, esa que se basa en que: “Aquel que no encuentre la debida pareja heterosexual en diez días, en zona urbana, es un castrado social. Y en zona rural fijo el tiempo en treinta días.” En fin, esa era la idea, pero mi procrastinación sumada a su imprevista muerte truncaron el proyecto.

Muchas personas no lo comprendían, ni tampoco tenían por qué hacerlo. Sin embargo, tras aquel aparente nazi o loco que la mayoría de gente veía realizando su caudillaje o haciendo el saludo fascista, había alguien muy humano. Ese supuesto nazi era un hombre noble, un buen vecino, un amigo con el que se podía contar, alguien siempre dispuesto a regalar una sonrisa, un excéntrico conversador, un quijote solitario, un hombre mayor y viudo, que hace casi veinte años había perdido a su único hijo en un accidente de moto; así como también un nuero y un abuelo bastante distante y en extremo complicado, por decir lo menos. Por otra parte, es interesante que Jorge, antes de ser el Nazi Peruano y dedicarse de lleno a su caudillaje, tuviera en su pasado, al menos aparentemente, una vida mucho más común: un señor casado, padre de familia, que vivió en el extranjero durante un tiempo, bilingüe, con algunos estudios, autor de un libro de matemáticas y con una holgada situación económica.

Como es evidente, la existencia de una persona pasa por muchas etapas que van terminando o concluyendo poco a poco, hasta que lo que finalmente se acaba es la vida misma. Jorge se encontraba desde hace más de diez años en su última etapa, la del personaje urbano, la del Nazi Peruano. Y se fue, como todos lo han hecho y como todos lo harán, pero al contrario de su estilo, de una manera relativamente discreta y nada mediática. Aunque sí de forma bastante inesperada y sorpresiva, porque, pese a la edad, era un hombre con buen físico, que hacía planchas y abdominales a diario, y que se movía en bicicleta por todas partes. Pensé que Miraflores y Surquillo tendrían Nazi Peruano para rato, pero un aneurisma nos lo quitó de sorpresa. Extrañaré gritarle “¡Heil Hitler!” y escucharlo responder “¡Viva el barrio!”, y verlo pasar en su bicicleta oxidada, con ese polo que siempre se amarraba a la espalda al montar, un polo blanco percudido con un mensaje que rezaba: “Este es el auto estándar”. En alusión a su eterna lucha contra la supuesta mafia de las licencias de conducir, porque siempre se negaron a darle un brevete. Aquel mismo polo también se lo amarraba a la espalda al caminar, pero volteándolo para que se lea el otro mensaje: “Faltan hembras, ¡importemos!”. Jorge definitivamente tenía ideas absolutamente cuestionables y erradas, pero era una persona inofensiva. “Yo no tengo pelos en la lengua”, se jactaba, y eso en la actualidad sí que es un ejemplo. Fue, finalmente, alguien muy humano, con virtudes y defectos, muchos defectos, sí, pero una persona que de nazi no tenía nada, porque se encontraba bien lejos de poseer una ideología racista, dictatorial o genocida: estaba en las antípodas de eso. Ni siquiera tuvo un afán totalitario, pues carecía por completo de un proyecto de ingeniería social. Jorge carecía de un proyecto como el que sí poseen muchos grupos intolerantes, que se dedican a censurar a todo aquel que discrepe con ellos, tachando de “fachos” a quienes se nieguen a someterse a los dictados del verdadero totalitarismo, ese que nos intentan imponer desde hace décadas, la llamada “dictadura de lo políticamente correcto.”

 

jorge alarco dam
(Foto con Jorge en el Colegio Juan Alarco de Dammert – Elecciones Generales del 2011)