Orgullosamente Desiguales, por Christian Muñoz

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Hace poco OXFAM, una confederación internacional formada por organizaciones no gubernamentales de distintos países, publicó un informe sobre nuestro país llamado “Brechas Latentes: Índice de avance contra la desigualdad – Perú 2016”, cuyo objetivo sería -como el propio documento señala- “ser un insumo para el monitoreo, análisis, evaluación y discusión sobre las políticas para enfrentar la desigualdad”. No obstante, OXFAM parece partir de premisas incorrectas -prejuicios, incluso- en su estudio, que es preciso sean rebatidas en honor a la verdad. Dos son las principales.

El primer gran error de OXFAM es el mero hecho de hacer tanto énfasis en el referido “problema” de la desigualdad, a la que presuntuosamente asocia con la pobreza extrema. Así, el informe señala que hoy es “amplio el consenso sobre el impacto negativo de las brechas y barreras de la desigualdad, su vínculo con la pobreza extrema (…)”. Pobreza y desigualdad son cosas distintas y no tienen por qué estar relacionadas. Consideramos que hubiera obrado mejor la organización en dedicar sus esfuerzos al verdadero enemigo de la humanidad: la pobreza, virulento mal que ha sido la condición natural de nuestra existencia hasta bien entrado el siglo XIX. Como señala Iván Cachanosky -en un breve pero elemental trabajo- hasta entonces el 80% o 90% de la población mundial vivía bajo condiciones de pobreza generalizada, razón por la cual había cierta “igualdad”. No era pues debatible el tema de la desigualdad.

El énfasis en la desigualdad cobraría protagonismo recién con la revolución industrial del siglo XIX. Paradójicamente, ese sería también el momento en el que la pobreza comenzaría su caída. Así, la data empírica nos muestra como desde el inicio de nuestra historia hasta los comienzos del siglo XIX los ingresos globales per cápita se habrían mantenido entre US$ 400 y US$500. Esta cifra experimentaría su primer aumento  significativo luego de la primera revolución industrial, así para 1820 ascendería a US$ 660. Al año 2008 esta sería de US$ 7,468. Igualmente, la pobreza generalizada señalada líneas arriba -entre 80% a 90%- se reduciría a menos del 10%, según el Banco Mundial.

De esta manera podemos observar que pobreza y desigualdad nada tienen que ver. Mientras la desigualdad comenzaba a ser discutida, la pobreza comenzaba a reducirse dramáticamente. De hecho, mientras la riqueza mundial continúe creciendo resultará mejor recibir una porción de ella desigual que una porción igual en un mundo empobrecido.

El segundo grave problema con el informe consiste en asociar a la desigualdad con un menor desarrollo. Así, señala que la desigualdad sería el “obstáculo que bloquea al desarrollo nacional”, y que “mientras perduren las expresiones extremas de la desigualdad, el crecimiento económico será menor a su real potencial y estará marcado por la precariedad”. Debemos entender entonces que para OXFAM la reducción de la desigualdad es un presupuesto para el desarrollo y para el crecimiento económico. Nada más falso, de hecho la relación es completamente inversa: el crecimiento económico -y el desarrollo que decanta- es el presupuesto más importante para la reducción de la desigualdad.

El Perú mismo es un ejemplo perfecto al respecto. Para el año 1990 nuestro PBI per cápita rondaba entre 3000 y 4000 soles. Luego de nuestra apertura económica esta cifra subiría dramáticamente hasta casi 8000 soles para 2010. Sin embargo, la desigualdad se reduciría también a partir de entonces. Así el coeficiente de GINI -indicador por excelencia de la desigualdad-, señalaría una caída de la desigualdad en 14,5% entre el periodo 2001-2010 (caería de 0,44 a 0,37).

Podría aún objetarse que no es lo mismo crecimiento económico que desarrollo, entendiendo a este último como bienestar. Esto es cierto. El crecimiento económico es en realidad el presupuesto no solo de la reducción contra la desigualdad, sino también del incremento en el desarrollo. Nuevamente el Perú es bastante ilustrativo, pues en el mismo periodo de crecimiento económico señalado en el párrafo precedente podemos observar una reducción de la pobreza -fiel indicador del desarrollo y bienestar- de 56% a 28%, alcanzando un mínimo histórico. Resulta por ello sintomático que el crecimiento económico no se incluya en uno de los “5 pilares” de análisis en el reporte de OXFAM.

Con todo, los dos problemas señalados son los que consideramos principales por constituir prejuicios que sesgan todo el análisis venidero del informe, sin embargo, existen un sinfín de falacias adicionales cuya contestación excede el propósito de una columna de opinión como esta.

Aun así, no podemos terminar sin señalar que la desigualdad es consustancial a la naturaleza humana y eso no tiene por qué estar mal: todos tenemos preferencias distintas, para las que trabajamos en distinta medida también, obteniendo a su vez por ello ingresos distintos. El azar juega también un papel importante, pero este escapa de nuestro control. Los mayores intentos por igualarnos -incluso contra el azar- han terminado en las peores tiranías y genocidios que la humanidad ha conocido, pues tal propósito presupone una masiva concentración de poder que desarrolle, precisamente, la igualación de todos. En aras a la igualdad terminamos perdiendo nuestra libertad y diversidad, es por ello que quizá sea preferible permanecer orgullosamente desiguales.