Por unos nuevos barbudos, por Oscar Balladares

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A veces se leen cosas que generan que uno desee expresarse. Por ejemplo, un artículo que leí ayer. Qué bonito escribe Hildebrandt: “El tiempo era una ciénaga donde sobrevolaba la malaria y los pobres de América Latina pertenecían a una especie vagamente humana y carente de derechos.” Caramba, así sí que provoca leer, aunque uno no esté de acuerdo con todo lo que diga. El problema es que en muchas ocasiones Hildebrandt ya se pasa, como éste viernes, en Matices, en su artículo de opinión “Todos fuimos fidelistas”. Empieza muy bien, diciendo cosas ciertas y situando al lector en el contexto del triunfo de la revolución cubana a los ojos de los sectores progresistas de Latinoamérica. Sin embargo, hay dos puntos, sumamente discutibles a mis ojos, que pueden pasar inadvertidos entre ingeniosas frases como: “Era, en suma, la revolución francesa que no habíamos tenido, la huelga salitrera de Iquique reivindicada, las masacres auspiciadas por la United Fruit, vengadas.” O “Beria le había vuelto a ganar la batalla a Bujarin.” Qué bacán, no puedo evitar citar esas frases.

El primer punto discutible es que Hildebrandt cuenta que empezó a decepcionarse del régimen cuando éste apoyó la represión de la Primavera de Praga, es decir, cuando la Unión Soviética “disfrazada de Pacto de Varsovia” invadió Checoslovaquia en 1968. Dice que ese fue el “primer gran escalofrío” para luego mencionar los casos de Huber Matos y las UMAP. Pero el comandante Huber Matos, admirable y verdadero héroe revolucionario, fue encarcelado el mismo año del triunfo de la revolución, ¡el mismo 59! Cuando Hildebrandt tuvo su “primer gran escalofrío”, Matos llevaba enjaulado ya 9 de los 20 años que pasaría en prisión, por el delito de renunciar a un proceso que vio que degeneraba en una dictadura peor que contra la que él luchó. Y las UMAP llevaban funcionando 3 años como campos de concentración para jóvenes homosexuales u otros que, por motivos religiosos, se negaban a hacer el servicio militar. “El trabajo os hará hombres”, decían. ¡El poeta Armando Valladares iba en el octavo año de los 23 que pasaría encarcelado! Preso de conciencia a los 23, liberado a los 45 años de edad, la mitad de su vida enjaulado. ¿¡Y los centenares de fusilamientos perpetrados por el Che y Raúl en la Fortaleza de la Cabaña durante los primeros meses del triunfo de la revolución!? Parece que lo que a Hildebrandt decepcionaba más era que Cuba no demostrara que la ayuda soviética no la había subordinado. Eso primero, los derechos humanos, como podemos apreciar, al final.

El siguiente punto que me parece cuestionable se refiere a un posible cambio en el sistema cubano. Dice que “Quizá en ese momento vengan otros barbudos a cambiar las cosas. Ojalá no procedan de la atroz Little Havana…” ¡Pero si el mismo Hildebrandt dice líneas atrás que fue testigo de la invasión a la embajada peruana de La Habana, preludio del éxodo de Mariel! Dice: “A mí no me van a contar el cuento de que se trataba de escoria social deseosa de salir de la isla para vivir en Miami. Era gente desesperada por largarse de un país en el que la pupila vigilante del Comité de Defensa te observaba día y noche, noche y día, sin pestañear y sin lagrimear.” Bueno, si aparecieran barbudos procedentes de la “atroz Little Havana”, para cambiar las cosas, serían precisamente los hijos y los nietos de esos 125 000 cubanos que huyeron en el éxodo de Mariel, o los de los 30 000 que huyeron en el éxodo de Camarioca, o los hijos de los miles y miles de balseros del denominado “Periodo Especial”, porque la dictadura no tiene crisis económicas sino “períodos especiales”. A mi parecer, efectivamente, sería digno y reivindicativo que aparecieran nuevos barbudos, sí, y que luchen por la libertad de su país, esa por la que lucharon personajes como Huber Matos y tantos otros olvidados por la propaganda oficial y la indiferencia ante la historia. Resucitarían el verdadero espíritu de José Martí, y el de nuestro Leoncio Prado, quien también lucho por una Cuba Libre. ¿¡Entonces!? ¿Qué es eso de que “ojalá de que no procedan de la atroz Little Havana”? Por favor, la mayoría de cubanos que ha escapado de la dictadura se ha establecido precisamente allí, dignamente en la “atroz Little Havana”. ¿O qué? ¿Pretende Hildebrandt que esos hipotéticos barbudos salgan de los pocos cubanos que se asentaron como refugiados aquí en Villa El Salvador? No estaría mal, pero claro, que salgan de cualquier lado menos del “odioso imperio yanqui”.

¡Que aparezcan nuevos barbudos! ¡Sí! Y que luchen, pero no por imponer una dictadura comunista, sino por liberar a su país de la dictadura más longeva de Latinoamérica. Y que establezcan un sistema con libertad de expresión, elecciones verdaderamente libres, multipartidismo, separación de poderes, en el que sea impensable la existencia de prisioneros políticos y de conciencia… ¡Por un régimen con libertades civiles y políticas, en suma! Tal vez la imagen romántica que darían estos nuevos jóvenes, barbudos y revolucionarios, ayudaría a que ese despreciable pensamiento frívolo y sumamente irreflexivo no los denomine: “fachos”. Porque sí, pues, ese pensamiento superficial lo que pide es Ches y Herauds, guerrilleros y poetas inmolándose en montañas agrestes y selvas tupidas, trova y poesía, consignas y puños alzados sin más, no importa el trasfondo. A mí me encantaría que mi generación, reblandecida por aplicaciones como Pokémon Go y la televisión basura, tenga un ejemplo histórico y cercano de lucha por una causa importante, como el que tuvieron nuestros abuelos, pero que el trasfondo de esta no sea la imposición por la fuerza de una dictadura de izquierda, ni tampoco de derecha, no, sino el liberar a un pueblo de un régimen político tiránico, una lucha por la libertad. Que se dé en Cuba y salte a Venezuela, o viceversa. Y que tras el triunfo no se envié a los derrotados de forma masiva al paredón, como se dio en 1959. No, que se den procesos verdaderamente ejemplares en los que se respeten esos “detalles burgueses arcaicos” a los que se refería el Che Guevara antes de fusilar a sus prisioneros, en alusión a las debidas garantías del procedimiento que debe tener todo juicio justo. En fin, que se dé un ejemplo de lucha y entrega por la libertad y la democracia. Necesitamos camisetas con el rostro de Huber Matos, no del Che. Y gente que las use con una verdadera conciencia democrática, no por simple moda. Así todos podríamos gritar sin ningún remordimiento ni vergüenza: ¡Qué viva la revolución!