Reflexionando acerca de Los geniecillos dominicales, por Óscar Balladares

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Es común que muchos estudiantes universitarios pasen por periodos de incertidumbre, angustia y falta de convicción durante los momentos más complicados o aburridos de la carrera. Esto es algo muy frecuente en Derecho. En mi caso, como en el de muchos amigos y compañeros, pasar por una etapa así fue algo bastante abrumador. Sin embargo, fue durante aquella crisis existencial, allá por el año 2009 o 2010, que leí un libro que en verdad fue como un respiro para mí. Me encontraba atosigado por las interminables separatas de doctrina, jurisprudencia y legislación, cuando llegó a mis manos, justo en el momento preciso, la novela sobre aquel joven estudiante y practicante de derecho, quien también se encontraba en una situación de hartazgo. ¿Y por qué lo estaba? Pues, para cualquiera que pase por una crisis así, esto es obvio:

“Porque hace calor, porque las máquinas de la oficina escriben, suman, restan y multiplican sin cesar, porque ha pasado en ómnibus durante tres años seguidos delante de esa casa horrible de la avenida Arequipa, durante cuatro veces al día, es decir, tres mil seiscientas veces descontando los feriados y las vacaciones (…) y está aburrido y con sed, por todo eso es que Ludo interrumpe el recurso de embargo que está redactando y lanza un gemido poderoso, como el que dan seguramente los ahorcados, los descuartizados (…) Ludo desgarra el recurso y en su lugar escribe su carta de renuncia.”

De esta forma comienza Los geniecillos dominicales, novela publicada en 1965 por el extraordinario Julio Ramón Ribeyro. Es una historia de realismo urbano donde se narra la vida bohemia de Ludo Tótem, un hastiado estudiante de derecho aficionado a la literatura, quien se encuentra harto y decepcionado de la vida en general, y que durante doscientas cincuenta y tres páginas (Editorial RM) se dedica a frecuentar lugares y personajes marginales, pasando por situaciones verdaderamente sórdidas. La novela está ambientada en los años cincuenta, cuando el país se encontraba bajo la bota del general Odría. Es el Perú del Ochenio (1948-1956) también retratado por Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, pero desde una perspectiva distinta. Aunque hay bohemia y se hace mención a lugares como el “Bar Zela”, el “Negro Negro” y el Jirón Huatica en ambas novelas, a diferencia de Zavalita, Ludo Tótem no es un joven que se caracterice por su consciencia social. El protagonista de Los geniecillos dominicales no parece muy interesado en la realidad política del país ni forma parte de un grupo revolucionario como el círculo Cahuide. Ludo más bien pertenece a una sarta de vagos, que buscan mujeres fáciles, se embriagan y fantasean con publicar una revista literaria.

“Se bebía. Bastaba hacerlo para que el mundo huyera, se precipitara a un abismo de bruma. Pero de soslayo Ludo observaba el crepúsculo y veía derrumbarse sobre el mar los días de su juventud. En este grupo nadie trabajaba (…) Si entre todos había algo en común era el deseo de perpetuar un ocio que creían merecido o sancionado por el derecho natural y que una serie de circunstancias volvían ahora definitivamente imposible.”

Esos supuestos vagos existieron, y posteriormente destacarían como escritores, artistas e intelectuales. Actualmente se les conoce como La Generación del 50. Y, bueno, en una parte del libro sí llega a verse cierta consciencia social en ellos… ¿O no? Pues, entre cervezas y frases entremezcladas, amigos indeterminados del grupo le dicen al protagonista:

 “- Ludo, ¿no has firmado el manifiesto?

-¿Contra quién?

– Contra el dictador. Además, ¿qué importa?

– Denle un lapicero.”

Otra distinción entre Zavalita y Ludo es la familia, de clase media alta en el caso del primero y de clase media decadente en el caso del segundo. Ludo no tiene padre y vive con su hermano y su madre en Miraflores, en una casa que requiere inquilinos para el sustento de la familia. La ausencia de su padre contrasta sobremanera con la figura de don Fermín Zavala (Bola de Oro), relevante personaje del odriato y padre del protagonista en Conversación en La Catedral. Y hay más contrastes: Zavalita se casa con una enfermera, Ludo Tótem se enreda con una prostituta; Zavalita milita en un grupo comunista que se opone a la dictadura de Odría, e incluso es detenido; Ludo también es detenido… pero por no tener sus papeles consigo. Él, antes que buscar independizarse como Zavalita, más se dedica a gastar el dinero recibido tras su renuncia a “La Gran Firma”, quemándolo en bares, cantinas y prostíbulos:

“Conoció así Buenos Aires de Noche, reducto de cafiches y ladrones. El Rosedal, en el Callao, donde recalaba la baja marinería o el Bar Chicha en la misma Victoria, plagada de monstruos y tullidos, donde Ludo tuvo por primera vez la impresión de haber descendido varios grados en la escala humana, hasta esa zona indecisa que linda con la animalidad.”

Julio Ramón Ribeyro no es, para nada, políticamente correcto al describir el entorno en el que se mueve Ludo. Actualmente, de seguir vivo, podría ser incluso tachado de “racista” por algunos moralistas y cucufatos del pensamiento progre. A mi parecer, muchas de las descripciones de la novela reflejan tanto el divertido ingenio como el crudo sentido del humor de su autor, quien en un fragmento señala de manera descarnada:

“Y una población horrible, la limeña, la peruana en suma (…) En vano buscó una expresión arrogante, inteligente o hermosa: cholos, zambos, injertos, cuarterones, mulatos, quinterones, albinos, pelirrojos, inmigrantes o blancoides, como él, choque de varias razas. Eran los rostros que había visto en el Estadio Nacional, en las procesiones. En suma, una raza que aún no había encontrado sus rasgos, un mestizaje a la deriva. Había narices que se habían equivocado de destino e ido a parar sobre bocas que no les correspondían. Y cabelleras que cubrían cráneos para los cuales no fueron aclimatadas. Era el desorden. Ludo mismo era fisionómicamente desordenando.”

Al margen de adjetivos como “arrogante”, “hermoso” o “inteligente”, y sin pretender ser políticamente correcto, considero que lo que hace el narrador es describir una simple realidad, lo que uno ve cuando sale a las calles, esto es, que vivimos en un país mestizo. Lo dice con crudeza e ingenio literario, sin anestesia ni vaselina, y sin utilizar una frase patriotera, como la de “todos somos cholos”, ni tampoco una expresión sonora, como aquella atribuida a Ricardo Palma de “quien no tiene de inga tiene de mandinga”. La novela se encuentra enriquecida por muchas descripciones de esta naturaleza. Una de mis favoritas, que contrasta con la anterior, es la que sigue:

 “¿Quiénes eran esos hombres, sobre todo esas mujeres esplendorosas? No eran seguramente los hombres que trabajaban en las escribanías ni los que viajaban en ómnibus, ni tampoco las mujeres que sellaban papeles en las oficinas (…) Quizá esa gente ni trabajaba ni estudiaba o lo hacía en lugares privados, inaccesibles, como las gerencias de los Bancos o los colleges de Norteamérica. Las mujeres, sobre todo, eran los frutos preciosos de la burguesía, los réditos exquisitos del dinero, del sueño tranquilo, de las camas blandas, de la ropa interior acariciante, del capricho satisfecho, de la mesa servida siempre a su hora y con abundancia, del deporte lujoso, del sol perseguido por todos los continentes y en suma del cruce de parejas ricas y hermosas. Eran el resultado de una selección rigurosa y artificial, casi de laboratorio, que le recordaba a Ludo, involuntariamente, la práctica en las aras para la reproducción de caballos pura sangre.”

Este fragmento, a mi parecer, es flauberiano. Hay en Madame Bovary una escena, por decirlo de algún modo, en la cual el autor francés también describe una reunión de clase alta. Flaubert escribe, entre otras cosas, que:

“Sus trajes, mejor hechos, parecían de un paño más suave, y sus cabellos peinados en bucles hacia las sienes, abrillantados por pomadas más finas. Tenían la tez de la riqueza, esa tez blanca realzada por la palidez de las porcelanas, los reflejos del raso, el barniz de los bellos muebles, y que se mantiene lozana gracias a un régimen discreto de alimentos exquisitos. (…) se limpiaban los labios con pañuelos bordados con una gran inicial y que desprendían un perfume suave. Los que empezaban a envejecer tenían aspecto juvenil, mientras que un aire de madurez se veía en la cara de los jóvenes. En sus miradas indiferentes flotaba el sosiego de las pasiones diariamente satisfechas; y, a través de sus maneras suaves, se manifestaba esa brutalidad particular que comunica el dominio de las cosas medio fáciles, en las que se ejercita la fuerza y se recrea la vanidad, el manejo de los caballos de raza y el trato con las mujeres perdidas.”

Por un lado, “un paño más suave”, “las pasiones saciadas diariamente”, “el régimen discreto de alimentos exquisitos” y “los caballos de raza”; por el otro, “la ropa interior acariciante”, el “capricho satisfecho”, “la comida servida siempre a su hora y con abundancia”, los “caballos pura sangre”. Gustave Flaubert fue uno de los principales referentes de Ribeyro y creo ver una relación entre los fragmentos citados, un guiño del escritor peruano a uno de sus autores favoritos. Es más, con el perdón de los expertos y salvando las diferencias, me atrevería a afirmar que Los geniecillos dominicales es La educación sentimental (Flaubert: 1869) de Ribeyro. Así pues, por la clara influencia de los escritores franceses del siglo XIX en él (Flaubert, Stendhal, Balzac, Maupassant, Zola), es que se le ha llamado “el mejor escritor peruano del siglo XIX”, pese a haber nacido en 1929. Pero no nos desviemos del tema, que es Los geniecillos dominicales, sus fragmentos memorables y cómo estudiantes de derecho en crisis pueden sentirse identificados con el protagonista. Aquí otro fragmento:

 “(…) o como ese mendigo que un día tocó la puerta de la casa y antes de pedir limosna se levantó la camisa y enseñó su vientre donde tenía un hueco ulceroso tapado con un corcho. Como todo eso se sentía Ludo al caminar por las calles del centro, o más bien al conducir penosamente su cuerpo (…) las pastillas que tomara la víspera para poder velar y preparar un examen comenzaban a hacerle sus efectos complementarios. En cada esquina, después de salir de la universidad, en cada esquina, perdió un párrafo, una argumentación, un nombre, un artículo del Código y, a las diez de la mañana, era una entidad con el cerebro hueco y escurrido (…)”

¿Qué estudiante de derecho o practicante no se ha sentido alguna vez así? Hay otra divertida parte de la novela en la cual el protagonista participa en una lectura de cuentos dentro de una suerte de centro cultural. Allí el autor parodia las distintas tendencias literarias del momento. Respecto al indigenismo, imperante durante su juventud, Ribeyro escribe:

 “-<<Sangre en la tierra>> – exclamó Gregorio Bolta, el primer lector, con una voz estridente.(…)
-<<Sangre en la tierra>>- repitió Bolta, esta vez con voz engolada y añadió-: Cuento de ambiente serrano, dedicado a mi madre. (…) <<El sol iracundo lanzaba sus dardos de fuego sobre el maizal dorado…>> (…) <<Y el caminillo subía por la falda del cerro como un zurcido esplendente en el albor matutino…>> (…) <<Y los carneros, como un paquete de algodón alborotado…>> (…) <<Canalla, eres un indio, me la pagarás…>> (…) Y Bolta, pulsando la cuerda patética, concluyó: <<Y la madre tierra, surcada por tantas cicatrices abrió sus entrañas y recibió a borbotones el óbolo de su sangre.>>”

Verdaderamente genial… y luego parodia la trama de un cuento desarrollado “con una técnica moderna”:

“Era un monólogo interior de una prostituta frente a un espejo, combinado con la descripción de un reloj de péndulo hecho por un narrador invisible y con un diálogo que un joven, en un lugar y un tiempo imprecisos, sostenía con un inspector de tranvía. Era evidente que el público se hallaba perdido, y el propio Ludo se sintió extraviado cuando un nuevo personaje –quizá el que describe el reloj- hacía su aparición bajo la forma de un sacerdote renegado.”

Por otro lado, los personajes son tan divertidos como las frases y las descripciones. Dos de los principales son Pirulo, “con unas piernas extremadamente largas y la cabeza casi del tamaño de un puño”, y Segismundo, que come “una docena de empanadas regadas con un vaso de pisco”. Ambos personajes en realidad existieron y están presentes con diversos nombres en la obra de Ribeyro. El Pirulo de Los geniecillos dominicales es Pedro Bunker en Sobre los modos de ganar la guerra y Pedro “Perucho” Buckingham (su nombre real) en La tentación del fracaso, compilación de los diarios del autor. Dicho sea de paso, las primeras páginas de La tentación del fracaso bien podrían pasar por un capítulo más de Los geniecillos dominicales, pues allí, por ejemplo, aparece también Estrella, prostituta que tiene un papel relevante en la novela. En cuanto a Segismundo, su nombre real fue Alfredo Castellano y también tiene presencia en la obra del autor. Incluso existe un cuento protagonizado por él: Conversación en el parque. En una entrevista que le hiciera Reynaldo Trinidad en 1973[1], Ribeyro señaló, en referencia a las playas de la Costa Verde, que:

“Por acá retozaba con mis grandes amigos de infancia Alfredo Castellano y Pedro Perucho Buckingham, unos tipos bien dotados para la creación literaria que por esas contradicciones que suelen darse en la vida tuvieron que abandonar tal vocación para dar paso sólo a los segundones”.

Al parecer, el alcohol y los excesos fueron los causantes de que ambos amigos del autor terminaran finalmente en el anonimato, “para dar paso sólo a los segundones”. Ribeyro es excesivamente humilde con su comentario, sin embargo, quién sabe, tal vez sin “esas contradicciones que suelen darse en la vida” hubiéramos contado con un par más de escritores de su calibre.

En fin, Los geniecillos dominicales es una novela tan buena como divertida, enriquecedora para cualquiera que capte el fino humor de Ribeyro y disfrute de sus frases. Y la recomiendo bastante, sobre todo a estudiantes de derecho, principalmente los que estén interesados en lecturas que vayan más allá del mero plan curricular, es decir, quienes no solamente estudian, sino que también leen.

[1]https://copypasteilustrado.wordpress.com/2013/12/05/ribeyro-recuerda-como-descubrio-su-vocacion-literaria-a-los-14-anos/

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