Rosa Chumbe, por Álvaro Martínez

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El 8 de junio se estrenó comercialmente “Rosa Chumbe”.  El estreno de la cinta coincidió con la despedida de salas, después de seis semanas, de la también peruana “La última tarde” (como bien anotó a través de sus redes sociales el director de ésta, Joel Calero).  La continuidad es importante, más cuando se considera que ambas son propuestas con un aroma especial, potentes desde sus peculiaridades: su disposición de Lima, la interacción entre sus personajes, etc.

Escrita y dirigida por Jonatan Relayze, “Rosa Chumbe” llegó a salas peruanas precedida de numerosos premios internacionales, uno de los más importantes seguramente el que obtuvo Liliana Trujillo como mejor actriz en el BAFICI, el principal festival de cine independiente en América Latina.  El primer rol protagónico de Trujillo da nombre a la película que, además, significa el debut cinematográfico de Relayze.

Rosa Chumbe es, pues, una mujer mediana, de edad, de convicción, de maneras, de vigor.  Una policía atrapada en un trabajo de escritorio en una de tantas comisarías y no precisamente contra su voluntad.  De vida monótona, aburrida, adormece su consciencia de ese entumecimiento general con alcohol y encuentra simulacros muy tangibles de suspenso y euforia en sus visitas al casino.  Para reparar otros hiatos: el sueño y la televisión.  A sus convivientes, su hija y su nieto, se puede agregar una sombra áspera, de desconfianza, de violencia, apenas mitigada por las gracias del niño, todavía muy pequeño y dependiente, por tanto, de dos figuras que apenas se bastan para sus propias y aciagas saciedades.

Ese universo hogareño se comunica con muy pocas líneas, lo que se replica a lo largo del film.  Ese silencio de calle o con una radio en el fondo adquiere un protagonismo muy expresivo, inusual.  La calle se sobredimensiona.  Cuando no es la cámara la que se queda y anota, lo hace el sonido: nos obligan a prestar atención a todo eso que los personajes ignoran, a todo eso que nuestro tránsito nos ha enseñado, también, a ignorar.  Se construyen lejanías sobre la personalidad de los espacios que, entre sus diferencias, encuentran en común la mirada puesta a un lado y la mente en la apatía, gris, desembarazada de los apetitos ajenos.

Aun en ese barrio de millones, gentuza toda, sudoroso, parchado, clandestino, a pesar de él o por su causa, encuentra raíz, sin embargo, la peregrinación, el germen de la certidumbre de los milagros, o alguna sustancia parecida.

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