No es mi culpa, es de la revolución

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Hace un par de semanas atrás estuve de visita en Egipto, especialmente en las ciudades de El Cairo y Alejandría. Mi estadía no fue la más placentera que digamos, me topé con un país pobre, sucio y desordenado. Mi hospedaje quedaba cerca de la Plaza Tahrir, lugar relevante si deseamos hablar de la Primavera Árabe, espacio clave donde los civiles se alzaron en contra del régimen de Hosni Mubarak.

La primavera árabe o revolución para algunos empezó a fines del año 2010 en Tunes. Fue el inicio de una serie protestas democráticas en contra del gobierno del presidente Ben Ali, que llevaba 24 años en el poder y no había logrado solucionar el excesivo precio de la canasta básica, la falta de oportunidades laborales y sobre todo, la corrupción que persigue a los países árabes. Tunes fue el primero en alzar la bandera y otros en mayor o menor medida continuaron lo que empezaron los tunecinos. Siguieron Libia y Yemen con caída de gobierno y Siria con una incontrolable y desangrada guerra civil; siendo hasta ahora uno de los peores pasajes de la historia de la primavera árabe y terminando con la vida de 202 344 personas según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Mientras tanto, en otros países la primavera árabe no tuvo la repercusión que se esperaba; como lo son los casos de Líbano, Sudán o Mauritania.

Sin embargo, entre el Mar Rojo y el Mar Mediterráneo se trabajó en cientos de manifestaciones callejeras que extendieron el ánimo revolucionario a lo largo de la República Árabe de Egipto, sacudiendo la estabilidad de gobierno que había logrado Hosni Mubarak durante 30 años en el poder. Motivos diversos. Los principales: la corrupción mencionada líneas arriba y la pobreza; definido que un 40% de los más de 80 millones de egipcios (durante el 2010), solían vivir con alrededor de dos dólares americanos diarios. Increíble. Esa cifra movilizó a cientos de personas en protestas multitudinarias para que el 11 de febrero de 2011 renuncie Mubarak al cargo de Presidente. Al año siguiente se celebraron las elecciones democracitas eligiendo al Primer Presidente Democrático de Egipto, Mohamed Morsi, quien estuvo tan solo 12 meses en el cargo  hasta recibir un golpe de estado y quien el fin de semana pasado fue sentenciado a pena de muerte por huir de la prisión de Wadi al-Natrun, Aún falta que dicha sentencia sea revisada por la máxima autoridad religiosa. Hoy en día, lidera el gobierno el militar Abdelfatah Al-Sisi.

Egipto es un país afortunado por ser un país transcontinental, por contar con el Canal de Suez, las Pirámides de Giza entre otros. Pero de cierta manera, la realidad es otra. No existe beneficio ni una mejora en la calidad de vida. El turismo ha bajado en gran medida, es sorprendente el descuido de lugares tan simbólicos que cobijan una larga historia, entiéndase Las Pirámides de Giza, la Ciudadela de Saladino o el Río Nilo. La respuesta que los egipcios divulgan ante el asombro del turista es la siguiente: “Es producto de la revolución, tenía que tener un costo. Recién empezamos”. El costo que han tenido que pagar por la revolución ha sido muy caro. Ellos intentan reconstruir un país, pero vamos que empiezan mal.