D10S

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Él recibió el balón a unos veinte metros del arco, donde las jugadas evolucionan de aburridas a cardiacas. Guardiola, habiendo convertido el partido en un tablero de ajedrez, pensaba acariciar un buen resultado de semifinales en Copa de Europa. Y justo en ese instante, Messi, como poseído por la fe de los mejores de la historia, con una brutalidad infranqueable, abatió a Neuer, sacando de golpe la espina de la Copa del Mundo. Después, los planetas se alinearon tras su pie de seda para noquear definitivamente al gigante bávaro, que ya había puesto rodilla al suelo. Acomodó la pelota, la acarició, encaró a Boateng, lo sentó al piso con una maniobra pornográfica y definió con una elegancia solo al alcance de los elegidos; una cuchara con su derecha, la (dicen) pierna mala.

Días después, levantó la cabeza en tierra de nadie, una zona letárgica del campo. Era el minuto 19 en la final de la Copa del Rey — lo mismo que es Copa de Messi —, y se vio cansado, harto de las patadas y las críticas, las dudas y los rumores. Se imaginó, entonces, en el barrio La Bajada de Rosario, con un balón de medias que se caía a pedazos con las semanas, donde ya no era Balenziaga sino chicos de veinte años los que le rompían las piernas, porque Él, con apenas 9, los ridiculizaba en un tango revulsivo. En la banda derecha, en el mismo Camp Nou donde Cruyff o Maradona hicieron de Europa suya, el extraterrestre que (dicen) nació en Argentina, volvió a demostrar que la física no lo entiende, porque Él no la entiende a ella. Balenziaga, en marcaje personal, quiso detenerlo, sin saber que tan solo después de pasarlo Messi ya había batido al portero. Algunos grandísimos futbolistas llegaron a tal gloria por su velocidad mental, pensando lo impensable en el verde. Pero Messi no. El argentino piensa las jugadas en algún momento remoto de su vida, quizás en esas épocas de pibe soñador en Argentina, y en el campo las ejecuta como quien recuerda un sueño. Hay nostalgia en sus jugadas; recordar cómo la barbaridad que ha hecho Messi la hizo en algún otro momento Él mismo. Es como si en cada jugada terminase de dibujar a Maradona — ese sueño del pibe que se hizo realidad — y se empiece a dibujar a Él. Hizo un ovillo de lana con esos tres hombres que lo quisieron detener, dejó su cuerpo y la gravedad a un lado, y al otro una pierna colgando. Los otros dos supieron lo que sucedería, pero la suerte estaba echada. Muerto el combatiente, Lionel Andrés galopeó como un energúmeno con Diego Armando dentro, ingresó al área, y ahí el último defensa no se dio cuenta que Messi ya lo había pasado 10 segundos antes, al recibir el balón. Entonces el defensor se encomendó a los dioses para que al del Barça lo pare un infarto, sin saber que el único al que se reza en el Camp Nou lleva el 10 en la espalda. Se filtró para la derecha con la cintura, y para la izquierda con la misma. El arquero, pensando que Messi era demasiado grande como para optar por el palo fácil, dejó pocos centímetros para ver si detenía lo inapelable. No fue, porque el mejor jugador de la historia ya había roto la red trece segundos antes, cuando empezó la jugada, allá en su barrio rosarino.

El pasado sábado, en Berlín, el marcador decía 1-1. La Juve crecía, y con el miedo en el cuerpo, Cataluña invocó a su deidad. Él que, con permiso del realmente altísimo, es el Ser Superior. Cómo solo los grandes pueden, el pequeño gigante cabalgó intimidando la muralla italiana, se fabricó un espacio desafiando la reglas de las grandes finales europeas, y descargó un disparo salpicado de veneno. Buffon dio el rebote, y Suárez cobró derechos de autor. Pero el verso, siempre, ha sido del diez. Un año después de que Diego Armando Maradona levantase la Copa del Mundo, el destino quiso que nazca Lionel Andrés Messi. Una utopía hecha realidad. Un desafío a las leyes de la física. Un pibe que, a sus 28, ya tiene cuatro Copas de Europa y cuatro Balones de Oro. Que a sus 28, es D10S.