Jurassic World y el Papa Francisco

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La cena en la que participan tres científicos, un abogado y un filántropo multimillonario es, sin duda, la escena más importante de la franquicia de Jurassic Park. Quien haya visto la primera entrega recordará al anciano John Hammond buscando, sin éxito, el apoyo del Dr. Alan Grant ante las críticas de los otros dos científicos, que le achacaban la falta de humildad frente a la naturaleza simbolizada por su parque de dinosaurios. “¡El único que está de mi lado es el abogado chupasangre!”, exclamó Hammond, atónito ante la falta de respaldo.

Aunque el personaje de Hammond no aparece en las siguientes entregas, su pensamiento se mantiene vivo a lo largo de toda la franquicia. El intento por exhibir un tiranosaurio en San Diego, los tours informales a la isla Sorna y la ansiada apertura de Jurassic World, en torno a la cual gira la cuarta entrega, no son otra cosa que Hammond insistiendo una y otra vez ante una realidad que no puede controlar. Sin embargo, no es el único motor de los problemas que surgen a lo largo de las películas. También sigue vivo el pensamiento de Donald Gennaro, el abogado, recordado por haber sido devorado mientras estaba en el baño. La fascinación por hacer cosas extraordinarias y conseguir dinero a como dé lugar son los dos motores de la saga, alimentados por la ilusión de tener todo bajo control.

En la última entrega, el nuevo dueño del laboratorio que creó los dinosaurios para Hammond, Simon Masrani, dice de Jurassic World algo que puede proyectarse sobre toda la saga: “Existe para recordarnos cuan pequeños somos”. A ello, el papa Francisco agregaría “No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada. […] Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza” (Laudato si’, n° 67).

La última encíclica de Francisco, que obviamente no fue escrita pensando en el Indominus rex, ha recibido todo tipo de respuestas. Ocurre que algunos se han sentido aludidos por las críticas de Laudato si’ hacia el mercado divinizado. Sin embargo, es en la divinización (no en el mercado) donde radica la clave del cuestionamiento, el cual es constante la Doctrina Social de la Iglesia. Las críticas a ciertas corrientes de teología de la liberación nunca pretendieron desautorizar los trabajos en beneficio de los más necesitados, sino descartar que participar de la divinizada lucha de clases, presentada como “insoslayable”, fuese el camino hacia la justicia. Algo similar ocurre con el mercado: reconocer el aporte y apartarse del extremo. Es necesario conocer sus límites para sacar mayor provecho de él, en beneficio de los que están en este mundo y de los que vendrán. No hay que olvidar que es solo un medio.

Por otro lado, es algo osado renegar de la denuncia de casos de “crecimiento voraz e irresponsable”, como si no existieran. Madre de Dios, con uno de los salarios promedio más elevados del país gracias a la minería ilegal, es un gran ejemplo. Laudato si’ es una carta dirigida “a cada persona que habita este planeta” (n° 3), de modo que cada uno de sus lectores debe saber discernir en qué medida su trabajo, negocios o ideas tienen los denunciados efectos sobre “la casa común”.

Fuera de ello, es necesario hacer notar que la encíclica tiene de fondo algo que trasciende la cuestión puntual del medio ambiente. Si uno revisa la bibliografía, encontrará en el número 12 la mención del Discurso al Deutscher Bundestag que Benedicto XVI dio en Berlín, en septiembre del 2011. En dicha alocución, el papa emérito resaltó la importancia de los movimientos que impulsan medidas para la protección del medio ambiente, pues son la prueba de que la conciencia sobre el valor de la armonía natural del mundo sigue viva en el corazón de los hombres. Algunas de las citas de san Juan Pablo II también apuntan al valor de esa relación entre cada ser y el sistema ordenado con el que vive e interactúa, un orden a preservar más allá de las inclinaciones personales. De ahí la denuncia contra la cultura del descarte, el consumismo y el hedonismo. En otras palabras, el pensamiento del papa Francisco es cristiano, antes que meramente ambientalista.

El ya citado dueño de Jurassic World tuvo otra frase célebre en la película: “La clave de una vida feliz es reconocer que, realmente, nunca tienes el control”. Viniendo de alguien que estrelló su helicóptero contra unos pterodáctilos, habría que hacerle unos retoques a esa cita. ¿Qué debe hacer el hombre una vez que asimila que el mundo que lo rodea tiene una lógica interna que no controla y de la cual depende? El papa Francisco y la Iglesia Católica tienen una respuesta para Masrani y para el propio Hammond: “Precisamente por su dignidad única y por estar dotado de inteligencia, el ser humano está llamado a respetar lo creado con sus leyes internas” (Laudato si’, n° 69).