[OPINIÓN] Liberalismo y nacionalismo

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Una duda común –compartida hasta hace algún tiempo por quien escribe- es qué tienen que ver el liberalismo y el nacionalismo. Hoy, que personajes en las antípodas del primero se proclaman nacionalistas, pareciera que nada. ¿Qué tienen que ver los liberales con especímenes como Donald Trump o Hugo Chávez?  La pregunta parece complicarse cuando personajes de la talla de Javier Zamora, profesor de historia del pensamiento en la Universidad Complutense de Madrid (además de jurista, politólogo y sociólogo) afirman que en el siglo XIX “liberalismo y nacionalismo se imbrican a través de la ideología romántica de forma casi indiscernible”. Después de todo, siempre que se habla de ese siglo se habla también de ambas ideologías. ¿Por qué?

Siguiendo a este catedrático podemos encontrar la respuesta, pero empecemos por contextualizar. La figura central del Estado hasta el barroco había sido el monarca. Eso cambia a partir de la segunda mitad del siglo XVIII con las ideas de la ilustración, como se ya se conoce ampliamente. Pero cambia también gracias al surgimiento del nacionalismo, cuando los europeos empiezan a interesarse por su pasado común e identificarse con otros considerados cercanos, definiéndose junto a estos como un grupo particular en contraposición con el resto del continente.   Esto complementa a la ilustración porque la formación del Estado nacional, según indica Zamora, significaba en su tiempo pasar de la soberanía regia a  la soberanía nacional. Los Estados se conformaban ya no en torno a la figura del rey sino a la idea de nación. Ahora era esta la que aglutinaba e iba cobrando protagonismo.

Así, las ideas ilustradas y el nacionalismo se hacen de momento complementarias. “Estas libertades (las de la ilustración), se entiende que se producen dentro de la nación”, prosigue el catedrático. Es así porque con el desarrollo del moderno Estado nacional  se produce la ruptura con el feudalismo y el mundo medieval.   Surge así un nuevo orden político en el que empieza a existir un espacio entre el gobierno y los (ahora) ciudadanos: se forma, en pocas palabras, sociedad civil.  En ese contexto surgen los derechos ciudadanos, cumpliendo el rol de crear alrededor del individuo una esfera infranqueable por el Estado. Así, la lucha por el Estado Nacional se podía entender como una lucha por el individualismo la libertad personal. Ser nacionalista a inicios del XIX era creer en las recientemente nacidas identidades nacionales y en el Estado nacional como alternativa superior a los feudos e imperios; no en lo que vendría después.

Esta relación, obviamente, era algo contingente, solo de ese momento particular. El nacionalismo siempre ha tenido un sustrato colectivista y eso es algo que el siglo XX evidenció con brutalidad. Hoy el nacionalismo implica chauvinismo y excepcionalísimo: creer que la colectividad propia es superior a todas las demás y que bien podría pasarles por encima. Implica también un entusiasmo particular por el militarismo y la afirmación del Estado nacional, ya no frente a los grandes imperios sino ante la inmigración y el multiculturalismo (pensemos en la ultraderecha europea). Es, finalmente, lo que George Bernard Shaw definiría irónicamente como “tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él.

Pero no solo eso. El nacionalismo también está muy presente en la otra orilla y se manifiesta creyendo que el gobernante personifica a nación y a su lucha contra los enemigos imperialistas (pensemos en Maduro y sus epígonos). O asfixiando al individuo con el supuesto “deber” que tiene ante su patria, sea este prestar servicio militar obligatorio o verse forzado a comprar solo los deficientes productos que las protegidas empresas de esta le ofrecen (¿no suena conocido, cómo a una dictadura militar de hace pocas décadas?). Finalmente, mientras algunos de los actuales nacionalistas quieren cerrar sus fronteras a  las personas e ideas venidas de fuera, otros quieren hacer lo propio con las mercancías y capitales. Una vez más, vemos lo increíblemente parecidos que resultan entre si ambos extremos.