[OPINIÓN] Trump, el genio

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Donald John Trump es un genio. Eso, o una de esas personas que sin saberlo, siempre están en el lugar indicado, en el momento indicado. No sorprendería que fuera lo segundo, considerando que es el caso de no pocos empresarios y Trump es, antes que nada, un empresario. Lo dejó claro hace unas semanas, cuando se presentó a cumplir su deber como miembro del jurado en un juicio como esos de las películas y se jactó de que, al llenar un formulario, no puso “político” como ocupación, sino “empresario inmobiliario”.

¿Por qué alguien consideraría genio a este aspirante a la nominación del Partido Republicano? La respuesta es sencilla: Trump está haciendo lo que a nadie se le había ocurrido antes, al menos no en el momento apropiado. Donald Trump se comporta como esos políticos que tanto aborrecen las “democracias incipientes”, pero que igual obtienen el éxito electoral deseado. Es brabucón, lenguaraz y hasta vulgar, tal como Hugo Chávez, con quien seguro preferiría no ser comparado, y parece que las personas a quienes les gusta eso no son exclusivas de países como el nuestro.

Queda claro que no es un conservador y se lo han dicho de mil formas, tanto rivales como líderes de opinión, entre ellos el bloggero Matt Walsh. Sin embargo, un partido opositor es la tribuna perfecta para alguien que quiere desplegar un juego como el suyo, sobre todo cuando el Presidente actual es percibido como pusilánime y los líderes de la oposición como complacientes. Por eso Trump está con los republicanos hoy, a pesar de su vinculación con los demócratas en el pasado. Las bases no solo detestan a Obama, sino también al establishment del viejo partido.

Trump contrasta con el muy educado, pero algo acartonado Jeb Bush, quien ahora cae en picada porque su mensaje ha quedado fuera de la cancha trazada por su rival. Bush apuntaba a la reconciliación de los republicanos con la población latina, resaltando la importancia del cristianismo como fuente de valores comunes y reconociendo la necesidad de un nuevo enfoque en cuanto a inmigración. Es católico, casado con una mexicana, habla español y es el bien recordado ex gobernador de un estado con muchísimos latinos. Bush pensaba, además, despertar a la gente a la que no le hace gracia tener un gobierno que insiste en forzar a unas monjas a pagarle anticonceptivos a sus trabajadores (“Las hermanitas o el Gran Hermano”, es la línea que trazó). Todo indica que su plan era marcar la cancha entre conservadores y liberales, cancha en la cual enfrentaría a la señora que sugiere usar el aparato estatal para “cambiar las creencias religiosas” de quienes no piensan como ella. No es un mal plan para cohesionar al electorado republicano, pero ni Bush ni los otros esperaban que Donald Trump termine siendo quien ponga la música en la fiesta.

Sus rivales son percibidos como aquellos que Latinoamérica llama “políticos tradicionales” y Donald Trump está haciendo y diciendo lo que se hace en Latinoamérica cuando uno quiere desmarcarse de esa gente. Decir que no es político, sino empresario (en el Perú le hubiera funcionado con ingeniero, arquitecto, doctor, hasta padre de familia), decir que un problema es culpa de la inteligencia superior de los gobernantes extranjeros (Trump habla de México, en el Perú funcionaría con Chile), ser agresivo con un periodista que muchos consideran pedante (Trump escogió a Megyn Kelly, Urresti le dijo ‘Alditus’ a Mariátegui en vivo). Son fórmulas familiares, pero que pocos imaginaron que podrían tener éxito en suelo americano. Tal vez porque nadie lo había intentado.

¿Trump es un genio o un suertudo? ¿Está todo calculado o está improvisando su show? No es fácil descartar que, con el dinero que maneja, tenga un equipo que identifique qué decir, cómo y contra quién. De momento, uno solo podría especular. Lo importante es que Donald J. Trump ha puesto en evidencia un lado poco conocido del electorado norteamericano, haciendo que la idea de las “democracias desarrolladas” ahora tenga un aire medio mitológico. Un motivo más para sonreír cuando se escucha a una señora de aquellas reclamar “¡En Estados Unidos esto no pasaría!”