[OPINIÓN] Siempre les quedará París

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A estas alturas Ollanta y Nadine deben estar soñando con todas las vacaciones que hubiesen tomado después de su etapa en el poder si las cosas fuesen diferentes. Digo deben porque los medios de comunicación han descuartizado cualquier privacidad que existía a los gustos que se dio la Primera Dama. Ya no ha de tener a quien llamar para poder “hablar” sobre lo último que le ha contado su amigo Martín ni el latest shopping spree en la Quinta Avenida. Más allá de haber arruinado su figura pública, les han privado de uno de los placeres de la vida: contarla.

La Presidencia de la República, que en otros tiempos había sido un simple asunto de testosterona por ley, siempre ha tenido una especie de maldición que la hace parecer tan ridícula que hasta cruel. Los noventa fueron los años de Fujimori y Vladimiro encontrando la lotería en una escuela de danza, y la década siguiente vio a los hermanos Humala levantarse contra el estado de derecho. Basta decir que de los cuatro personajes, tres están en prisión privativa de libertad y uno en prisión privativa de gobernar. Hay una cosa que hace muy bien Humala que es ponerse cadavérico en el Palacio de Gobierno y esperar que su aprobación no baje. Su gestión se reduce tanto que hasta llegan a salirle ojeras todas las mañanas y bosteza todas las noches, como si llevase estos tres años sin dormir. La falta de un Presidente más allá del simbolismo que el puesto mantiene debería haber creado un vacío de poder peligroso para nuestra nación. Pero apareció Nadine, negro en el pelo y Thatcher en el puño, luego de un largo amorío con la obediencia militar de su esposo. Humala podía ser impopular; Nadine no, porque ella iba a tomar la posta de su esposo y pedir protagonismo a Cristina. Iba a ser la Kirchner peruana.

Como todo lo que puede salir mal, termina por salir peor, la Primera Dama pecó de obstinada y aparcó todas las portadas durante un buen tiempo. Y luego el tiempo se hizo demasiado, y hasta su reloj — probablemente Rolex que es encargo de su amiga — se quedó quieto porque no sabe si se va a postular a las elecciones algún día o si solo quiere ir de shopping. Un día Nadine Heredia se habrá levantado entre bostezos presidenciales y en las afueras de nuestra Ciudad de Reyes habrá visto que la opinión pública, como Bono a Patrick Bateman, le decía; “Soy el Diablo, y soy exactamente igual que tú”. Entonces el reloj dio las trece y el peruano se había empalagado de la Primera Dama. Tanto de ella que hasta te podía volver diabético. Nadine en realidad es buena gente, pero se ha dibujado a sí misma como imprescindible. Y en la política el momento en el que te crees irremplazable, es ahí cuando pierdes esa condición. Condenar a la Nadine de los primeros años era como matar a Bambi. Condenar a la Nadine de ahora es un simple proceso de selección natural.

Belaunde Lossio no es solo el invento de un Dios loco que quiso regalarle a Nadine un golpe de gracia en su ya larga pelea contra sí misma; también es un hombre que con menos palabras que este artículo podría tumbarse a todo el Poder Ejecutivo. En declaraciones actuales se detecta un fastidio de la Primera Dama, del que sugiere que no ha vuelto indemne de sus gastos en Nueva York o en Europa, y que no podrá jamás volver a la cierta vanidad atractiva que nos hizo pensar que era buena y quizás hasta un poquito honesta. Algún día Nadine y Humala se levantarán entre bostezos presidenciales, y él le preguntará a ella que fue lo que pasó. Y ella le dirá, como Ingrid Bergman a Humphrey Bogart en Casablanca, “siempre nos quedará París”.