El regreso al mundo de las mil aventuras

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En esos días, veía al mundo alzando la cabeza. Si bien mis pasos se marcaban al ritmo de la inocencia, fue la época en la que más consciencia tuve sobre el ciclón invidente de estímulos que es la vida. Las aventuras, nuevas e inacabables, orgánicas y virtuales, alcanzaban una indescifrable perfección cuando del desconocimiento propio del mundo nuevo surgían obstáculos que despertaban un miedo genuino, aunque finalmente superable. Y todo juego de tal magnitud fue guardado en la memoria como tesoro invaluable.

Primer acto:

Ya frente a la boletería, compré mi entrada. Mi andar y el de los demás, guiados por el entretenimiento construido por el consumo cotidiano, se adentraron en la sala. Aunque hasta ahora no parecía haber nada inusual, algo era distinto. Estaba ansioso. No estaba interesado en la historia. Había ido solo para escuchar el soundtrack, el eco de ese mundo inaccesible, hilvanado ya solo por recuerdos de la infancia. Dicho eco empezaba a tomar más presencia, como el retumbar de unas pisadas cada vez más pesadas, cada vez más profundas; como las que dejan una huella circular en el agua empozada en vasos de plástico. Toda la sala, ingenua, se paseaba al compás de este murmullo por un mundo aparentemente ordinario mostrado en pantalla, conformado por personajes que respiraban, aparentemente, en el mismo presente que el nuestro. Más toda esa supuesta cotidianidad se vio desgarrada cuando el murmullo proveniente de los recuerdos se convirtió en espectacular presencia sonora al abrirse las puertas del mundo nuevo, antes perdido pero siempre desconocido. Y el ciclón invidente de estímulos se hizo, como antes, más consciente que nunca al romperse esa burbuja de cristal que es la inocencia no solo de los personajes, sino de toda la sala. Y todos los espectadores alzaron la cabeza frente al miedo genuino, inmortalizado en un organismo colosal.

Segundo acto:

Jurassic World nos retrata el mundo del espectáculo propio de un futuro probable, no tan lejano al nuestro, con personajes pertenecientes a una juventud que ya se ve en nuestros días, asediada constantemente de estímulos virtuales, exigentes de un entretenimiento cada vez más espectacular. Dicha exigencia se extrapola en el largometraje al retratar un ambiente en donde se brinda al público la experiencia de interactuar con dinosaurios, y al que los padres no tienen reparos en mandar a sus hijos mientras éstos se encuentran imbuidos en las empresas en donde trabajan. A este hambre por el consumo se le otorga una figura descomunal que termina siendo la amenaza principal y metáfora del poder autodestructivo del hombre: ver a estos seres vivientes como mercancía y potencial arma de guerra. Por otro lado, entre la intertextualidad planteada con Jurassic Park (1993) nace un interesante choque de ideologías —si bien no opuestas, en un comienzo diferentes para luego terminar siendo iguales— que abordan el problema de la interacción entre una especie extinta y nuestra especie.

A pesar de las quejas por el uso excesivo de efectos CGI (imágenes creadas por computadora) —que hicieron que los dinosaurios se vieran menos reales que en Jurassic Park (1993)— en vez de los llamados practical effects (efectos producidos “físicamente”, ya sea con maquillaje, prótesis, animatronics, etc), considero a Jurassic World como una de las mejores películas del género de aventura del siglo XXI. Con una historia poderosa y llena de significado y emociones, fue capaz de volver a hacer sentir a uno como el niño de los noventas que una vez vio Jurassic Park; esta vez niño del siglo XXI. Sin más, se les invita a alzar las cabezas nuevamente y maravillarse ante tan impresionante aventura.

Y todo juego de tal magnitud fue guardado en la memoria como tesoro invaluable.