Hacer cine: Following, por Alvaro Martinez

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Christopher Nolan ha dirigido nueve películas. Todas juntas se traducen en algunos billones de dólares para la industria cinematográfica. Su filmografía, sin embargo, no sólo ha sido bien tratada por la audiencia a través de números favorables y, de hecho, no con poco frecuencia ha recibido reconocimientos de distinta naturaleza. Aunque se reconoce a Nolan por introducir un ejercicio artístico del cine, recursos y temáticas complejas en películas de alto presupuesto, la afirmación, por la hibridación que sugiere, aparece fría y calculada; simplifica el entendimiento, la intencionalidad y la visión del cineasta.

Diez años antes de disponer de cerca de doscientos millones de dólares para filmar The Dark Knight, Christopher Nolan hizo su primer largometraje con 3000 libras (alrededor de 6000 dólares) en su natal Inglaterra. El presupuesto, mínimo, permeó el proyecto con una dinámica particular, que tuvo a Nolan ejecutando distintas funciones a lo largo del proceso, junto a amigos y familiares. Esta situación, más allá de la anécdota, resulta interesante de observar al lado del producto final pues supone, cuando menos, una invitación a preguntarnos de lo que se trata, realmente, hacer cine.

La pregunta no debe tratar de responderse con severidad: el terreno en el que existe es bastante inquietante y neblinoso. Puede atacarse desde distintos frentes, pero es mejor hacerlo, de momento, a la luz que de la que está hecha la película.

Following desarrolla, entre otros temas, la identidad. Un tema, si se quiere, profundo, pero también muy cotidiano. Y lo hace, precisamente, a través de un hombre común, que cuenta su historia, aunque no sabemos a quién. Este hombre, que no nos habla, pero al que podemos escuchar, se refiere a sensaciones, a intenciones que juegan un poco con nuestras fantasías, es fácil identificarse con lo que dice aunque no pensemos demasiado al respecto. Se trata de alguien que ha adquirido la costumbre de seguir a extraños en las calles y que, en algún punto, parece haber perdido el control.

El formato cuadrado y el blanco y negro resultan, si bien no una absoluta excepción, sí un relieve llamativo para una película de 1998. Así, el registro, la iluminación, el sonido, los distintos aspectos técnicos del film, que encuentran en el presupuesto, probablemente, la razón de ser de su disposición, lo impregnan de una estética que nunca es descuidada, pero sí peculiar. Es coherente, se mimetiza con el relato, enriquece sus referencias, como si la película misma pusiera como requisito ser contada con 3000 libras. Y en esa frescura, en esa inventiva, el cine reflexiona. Esto incluye, por supuesto, los logros más destacables del filme, como su estructura, o sus diálogos, pero la sugerencia tangible de su la realización la torna cercana. Es una invitación. El cine revela, solo por un breve lapso, que su magia puede, de hecho, ser aprendida por seres humanos.