Happiness: los matices del negro

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Happiness no es una recomendación que se deba hacer a la ligera. Los temas que aborda la película eran polémicos cuando se hizo en 1998 y aún lo son. Esa naturaleza temática, por sí misma, hace difícil la exclusión del filme de lo que puede considerarse perturbador; su orientación hacia la comedia lo hace imposible. Más allá de la capacidad de perturbar de los distintos componentes de la película (llámese imágenes, música, diálogos, etc), lo más inquietante es la posición en que pone al espectador de turno que, al reírse (o incluso sonreír) se convierte en cómplice o, cuando menos, en un testigo que consiente. Esto genera una sensación de extrañeza que, de hecho, no suele ser tan evidente incluso dentro del género de la comedia negra, pero que atraviesa Happiness en lo complejo de sus personajes y sus pulsiones (además de en la carga temática mencionada). La risa rompe esa barrera moral que le permite al espectador ponerse sobre las situaciones y juzgar a los distintos personajes como retorcidos, desadaptados, enfermos, deprimidos, al regocijarse en las sinuosas vías que toman hacia la felicidad como fin último, que se disfraza o, por qué no, es disfrazada, de placer, de paz, de cambio, de éxito.

La película sigue la historia de tres hermanas: una casada, con hijos, un marido y una casa en los suburbios; otra, una mujer deseada, envidiada y una exitosa escritora, y la última, una figura más bien inocente y “con poco empuje” (como la definen sus hermanas) que parece aún no encontrar su lugar en el mundo. Nada hasta ahí parece ser particularmente ofensivo o capaz de herir sensibilidades. De acuerdo. Quizás las cosas cambian un poco cuando se agrega a un exnovio suicida, un vecino con necesidades sexuales manejadas de manera inusual y un esposo pederasta. Y si la dimensión oscura de la comedia aún no es demasiado clara, quizás ayudaría pensar en que, a pesar de tener buena recepción por parte de la crítica en distintos festivales, otros, como el de Sundance, se negaron a aceptar la película en competencia. El film, además, se vio limitado en su distribución y tuvo que ser publicitado exclusivamente para audiencias adultas. Ese tipo de problemas, vale decir, no se son ajenos a ningún producto que genere polémica, pero la resistencia adquiere una dimensión distinta al generarse en torno a una película sin escenas explícitas de sexo ni violencia. Nos encontramos, entonces, con un tipo de impacto que va más allá de lo que nuestros ojos van a presenciar y que se debe pensar en una dimensión más profunda.

La comedia, ciertamente oscura, requiere de una predisposición particular, no solo para disfrutarla, sino para entenderla de forma que no parezca solo un retrato siniestro de una sociedad distorsionada. La sensación de cotidianeidad que recorre la película lleva la tragedia a un espacio ordinario que, más allá de personas comunes llevadas al límite trata, sobretodo, de personas comunes siendo exactamente eso, comunes, ordinarias, puestas en situaciones que pueden ir más allá de lo esperado por ellos, pero que siguen siendo ordinarias, y es esa precisamente la mayor fuente de desasosiego. Ese grado de proximidad hace que reírse de la soledad, de la perversión o del sufrimiento adquiera un carácter mucho más oscuro, mucho más pesado, mucho más culposo, sin dejar de ser placentero, como un recordatorio constante de que solo la línea muy delgada de la ironía nos separa de ser uno de esos personajes a los que desde el primer asomo de risa perdimos el derecho de juzgar.