Humedad Neblina Altitud

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Como el zarpazo de un caimán violentado por su propio contexto, violencia que también habita en su interior, termina el primer relato de la película Climas, de Enrica Pérez. Y es que ¿Quién no es constante “víctima” de las vicisitudes de esa energía caótica presente en todos nosotros, energía aparentemente incontrolable en esos años de pubertad en los que se encuentra inmersa la protagonista pucallpina? Sin embargo, dicha condición no está exenta de influencias externas, y esta característica aparece como constante a lo largo de los tres relatos, siempre compuesta por figuras masculinas, las cuales son portadoras, consciente o inconscientemente, de algo que perturbará —cual humano moderno que modifica a la Naturaleza— la armonía interior de las protagonistas de cada historia, armonía que se contempla en los contextos en los que viven cada una de ellas.

Todavía en el proceso de asimilar el zarpazo recién ocurrido, se le arroja a uno al segundo relato, abandonando un cálido, envolvente y párvulo paisaje selvático para pasar a la Lima de tempestad camuflada y cielo desilusionante. Desilusionante también por la historia, ya que, tomando en cuenta que tanto el relato de la selva como el de la sierra exponen ese momento de irrupción de la armonía y arrojo a una incertidumbre trastocada por una figura masculina, en el relato de la costa este momento ya ha pasado, encontrándonos con un personaje incapaz de aprehender su dolor y ahora en un nuevo conflicto interno que esconde a su pareja, pero que no se termina de desarrollar. Cabe decir que una figura masculina no es la responsable de haber trastocado la armonía en la que vivía la protagonista en un comienzo, responsabilidad interesantemente mezclada con el contexto y un sentimiento de culpa que hace sufrir a aquella. Así, hubiese sido más interesante retratar ese momento en que la naturaleza golpea a la protagonista, instaurándose dentro de ella mediante el dolor, que haberlo escuchado resumido en un diálogo.

Escapando de ese cielo monótono y enceguecedor, llega el tercer relato, tan independientemente bello que quita el aliento y enternece a la vez de frustrar y tan ajeno a categorizaciones occidentales que uno asimila y usa desesperadamente para abordar lo desconocido. Luego de contemplar ese otro mundo igual de peruano, hace su aparición el hijo pródigo que regresa a la madre, la protagonista, portando una característica que se podría decir proviene del melodrama: la visión de la ciudad como lugar plagado de vicios. Quizás dicho personaje es el retrato de la agresión e indiferencia atemporal no solo del Estado sino de los sujetos urbanos peruanos hacia todavía ese otro mundo que es la sierra, reducido en el imaginario a un lugar, durante el día, exótico—“salimos temprano para ir a Machu Picchu”— y, durante la noche, extensión de vicios no solo limeños sino occidentales, es decir, lugar de “tonos y juergas, men”.

Deteniendo este comentario aquí y dejando que cada historia hable por sí sola en la mente de futuros espectadores, que lamentablemente ya no se disfrutarán en el cine,  se les aconseja no esperar estructuras narrativas convencionales y se les deja con la idea de que más mérito que gastar energías clasificando esta película en términos de corrientes artísticas o de instaurarla dentro de una ideología, es disfrutar con todo el cuerpo no solo la impresionante composición visual y el tratamiento del color a lo largo de todo el largometraje sino el retrato de esa incertidumbre muchas veces insoportable, pero inexorablemente fascinante que deviene de la relación que uno pueda tener con otro ser humano.