Mi querida televisión

430

Chocolate en todas sus formas y tamaños. Crema volteada de pollería. Tartaleta de fresas y butifarras del San Antonio. Empanada y bocaditos del Buen Gusto. Pan con jamón serrano de La Lucha. Chicharrón del km 50. Olor a ropa nueva. Aire acondicionado. Vinos que vengan con lista de sabores en la etiqueta. Canchita con mantequilla. Muñequitos de lego. Aviones a escala. Relojes. Pan francés con mantequilla. Ají de gallina de mi Vilmita. Pan con pollo del pabellón C. Tostadas hechas en sartén. La salsa de carne y queso del Chilis. El viento helado de la madrugada. La brisa del mar. Libros nuevos y viejos, propios y ajenos. Los besos espontáneos de mamá y el olor de sus cajones de ropa. Las sonrisas de papá y sus manos con grasa de bicicleta. Los abrazos curadores de mi hermano religioso, las veces que me da la comunión. Las pinturas de mi hermano pintor y nuestras conversaciones de madrugada. El recuerdo de mi abuelo en su sillón y mis ganas de contarle todo lo que me ha pasado desde que se fue de viaje a buscar a su ñatita. Las manos anchas de mi abuela ofreciéndome su comida. Su sillón. Su armario. La nutella. Los chisitos. La Coca Cola, por el amor de Dios; la Inca Kola Zero, por el amor de ella; Las miradas de todas las mujeres que viven en mi corazón. Las luces. Las cámaras. Los sets de televisión.

Todas estas cosas me pueden volver loco. Todas esas cosas me hacen feliz.

NOOO, peeero ¿¡¿¡Cómo es posible que la televisión haga feliz a este pobre idiota?!?!?

Sí, pues, queridísimo amigo mío que le ha pinchado al link que acabo de postear en mi facebook, estimadísimo lector sabatino, excelentísimo estudiante universitario fans de Tribuna, exes varias.

Te cuento que como muchos pueden haber pasado años jugando fútbol para alguna academia, o practicando skate hasta romperse las rodillas, yo he crecido en un canal de televisión y es por eso que la quiero tanto, porque con sus virtudes y defectos, siempre ha sido parte de mi vida.

Mi defensa acérrima hacia ella, se explica en mis ocho años trabajando en canales de televisión. Y lo digo aunque suene impopular, porque todavía no pienso lanzarme a hacer política, la televisión es de putamadre. ¿Saben por qué? Porque es la viva imagen de la sociedad. Los que insultan a la tele se insultan a sí mismos, porque no es más que un espejo con dolby digital. Si existen programas así o asá, se debe a que la gente es de una u otra manera. Si faltan o sobran valores en sus pantallas, significa que faltan o sobran valores en casa. No podemos seguir creyendo que la tele debe cambiar para que nuestra sociedad sea mejor. Lo que urge hacer es cambiar nosotros mismos, solo de esa manera la sociedad irá cambiando, sus males retrocederán y, en consecuencia, la televisión será el paraíso de los intelectuales y de los artistas, pero no debido a que será una televisión hecha a medida de, por ejemplo, Marco Aurelio Denegri (NOO, qué aburrido, por Dios), sino que será hecha en respuesta, cómo no, del rating que le dará una sociedad culta y hermosa.

Pero vale recalcar que la televisión no es enemiga de la cultura. El verdadero enemigo de la cultura es el que la deja de lado. La televisión no te dice: “veeen, mírame, guapo, súbeme el volumen, jijiji”. NO, no seamos ingenuos. Somos nosotros quienes por comodones decidimos no alimentarnos de manera adecuada. Obviamente si solo comemos hamburguesas y papitas fritas dejaremos de entrar en los asientos del avión, aunque sea riquísimo e, incluso, adictivo.

Particularmente, puedo decirles que soy fanático de William Faulkner; me encantan los programas de chismes; me faltan dos libros de GGM para poder decir que he leído toda su obra; estoy enamorado de cada una de las guerreras y combatientes; estudio Derecho en una universidad de prestigio internacional, amo mi carrera, soy décimo superior; y hoy a las cinco de la tarde estaré en el programa de la Chola Chabuca con una sonrisa sincera y todas la ganas de ser feliz.