[OPINIÓN] End of watch: David Ayer y un relato auténtico

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El policial es, seguramente, uno de los trabajos visitados con mayor frecuencia por el cine y la televisión.  No existen muchos secretos detrás del porqué.  Ya sea que se trate del proceso más bien intelectual y minucioso del detective, o el físico y lleno de adrenalina del oficial de a pie (con todos los híbridos que el espectro permite y una larga lista de superpolicías), la labor policial supone un marco envidiable para contar una historia.  Existe, por principio, una división entre el bien y el mal, el aliado y el enemigo, el héroe y el villano que, vale decir, aparece en muchas ocasiones nítidamente dividida por placas y uniformes, pero se deteriora en muchas otras para mostrar figuras de corrupción y entramados ponzoñosos.  Las fuerzas de la ley y de la moral no están siempre del mismo lado por lo que los personajes son constantemente puestos a prueba, arrojados a usar su mejor criterio.

Desde el reconocimiento que le valió escribir Training day ya en 2001, el trabajo de David Ayer no terminó de despegar.  Sus películas, la mayoría de las cuales se desenvuelve en entornos de crimen, se caracterizan por una narración ágil, cargada con secuencias de acción, por lo general muy bien logradas.  Ayer, además, ha enfocado sus películas hacia el lado más turbio de las fuerzas policiales, en que, precisamente, los uniformes y las placas parecen de manera recurrente una formalidad que se aleja de ser una representación de la búsqueda del bien común para desvirtuarse en un mero ejercicio de poder.  En End of watch (2012), Ayer, quien también escribió la película, consigue construir personajes que le permiten abordar la dimensión emocional del relato de forma natural, lo que constituía, posiblemente, una de sus principales deudas como director.  Esta aproximación se extiende más allá de la pareja de protagonistas: el resto de miembros de la fuerza policial que se presentan sirven para poner en evidencia las distintas relaciones, posturas, visiones y figuras que pueblan un departamento de policía.  Todo esto en una historia que, para desmentir la regla, trata sobre buenos policías.

Entre los méritos que se le atribuyen a la película se encuentra la precisión con que retrata la cotidianeidad de  los oficiales Bryan Taylor y Miguel Zavala, tanto dentro del departamento como mientras patrullan las calles de South Central Los Angeles, donde el crimen parece siempre asomarse.  Esta autenticidad excede el lenguaje, las situaciones o los muchos detalles que nutren la producción e impregna el tratamiento propio del film. Ayer utiliza las cámaras que se encuentran por ley en los autos de policía, además incorpora cámaras dentro de la historia y las utiliza para contarla.  La película termina siendo una experiencia singular, que integra recursos y puntos de vista no solo distintos, sino muy íntimos y reales, que resultan útiles no sólo para acercarnos a la acción de forma creíble y muchas veces impactante, a sentir los movimientos de los personajes, a ver lo que ellos ven, sino que, por eso mismo, nos permiten empatar con ellos muy rápido, a experimentar esa profunda familiaridad en la relación entre Taylor y Zavala casi como si fuera por casualidad, como si todo lo que descubriéramos de ellos fuera por nuestro mérito.  Para creerlos no como personajes, sino como seres humanos.  Y es que ser buenos policías no los hace irreales, y es ello  parte importante de lo que trata de transmitir la película. No necesitan de un vicio secreto o una psiquis perturbada para atarlos al suelo y hacerlos creíbles, son personas, que no necesitan más justificación que serlo.