[OPINIÓN] Señora Venganza

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El 29 de julio Sympathy for Lady Vengeance (o simplemente Lady Vengeance) cumplió diez años de su estreno en Corea.  La película de Park Chan-wook supuso la conclusión de una trilogía temática titulada por la crítica como “de la venganza”, que alcanzó relevancia internacional en el 2004 cuando Oldboy, el segundo filme de la trilogía, se alzó con el Gran Premio del Jurado en el festival de Cannes.

Aunque no tan laureada como su predecesora, Lady Vengeance logró reconocimientos que tuvieron que ver principalmente con su propuesta visual atrevida e innovadora que enmarca un relato complejo y emocionalmente crudo sobre el tortuoso camino de una mujer hacia la redención.  En esto último recae, precisamente, el principal factor que diferencia a esta tercera entrega de las dos anteriores y que va más allá de la presencia de una figura femenina en el protagónico (y también en muchos de los roles secundarios).  El film, que también sigue a un personaje que es privado de algo de forma dramática y por lo que decide vengarse, es el más reflexivo de los tres respecto a la naturaleza inherente a esa venganza que busca retratar, excediendo los móviles y las convicciones en un ejercicio que, por momentos, parece tener tanto que ver con el sufrimiento como con el placer.

En la película, Lee Geum-ja es forzada a confesar el asesinato de un niño por el que es encarcelada durante algo más de trece años, perdiendo su libertad y a su hija.  Cuando es liberada comienza a recoger la madeja de un plan que ha tejido cuidadosamente desde su primer día en prisión a través de una serie de relaciones que nos abren las puertas a una intrincada red narrativa en la que todos tienen un papel que cumplir.

La violencia y la belleza componen, a lo largo del filme, un binomio que no solo nos habla de un personaje quebrado, con un mundo interno profundamente convulsionado, sino que también hace posible entender su devoción por la venganza.  Que no es para ella más que una ruta única a su fin verdadero, la contrición, y que, por eso mismo, convierte en su sinónimo desde un tiempo anterior e impregna la película del constante sinsabor de un pasado que no se aleja nunca en una interminable nostalgia.  Que pasa, pero no se pierde, como sí sucede con todo el resto de las cosas, incluso con la belleza, que a veces se corresponde con la bondad y a veces se opone a ella, en un interminable vaivén que poco tiene que ver con su esencia y es que, como explica la misma Geum-ja, todo debería ser hermoso.