Crónica de una represión anunciada, por Santiago Bedoya

"Muchos peruanos parecen haber hecho pública su fascinación con la bota, una obsesión por vivir bajo el yugo castrense que hasta parecería ser erótica".

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Lo ocurrido en la madrugada del domingo 23 de agosto ha sido una tragedia. Cualquier pretensión de lo contrario es, por defecto, una expresión bastante ruin de indiferencia. Las vidas de 13 conciudadanos llegaron a un abrupto e injusto fin. Sin embargo, no pasaron ni un par de horas hasta que hubiese quienes declararon a los muertos culpables de sus propias muertes. Citando a Rosa María Palacios, han sido centenares quienes en menos de 30 segundos han sometido a los fallecidos a un juicio en el cual han actuado de fiscales, jurado y jueces. A este afán persecutorio se le ha sumado algo aún mas tenebroso; un fetichismo por la bota, un deseo de someterse a los ‘diktats’ de los disque caudillos en uniforme, el cáncer mas antiguo de nuestra América.

No vengo hoy a deambular en torno a lo sucedido en el Thomas Restobar. Las investigaciones correspondientes se harán cargo de aquello, y espero, de todo corazón, le ofrezcan algo de paz a las familias de las 13 víctimas. Esta tragedia, sin embargo, ha arrojado luz en un problema que hoy en día es ya bastante obvio, me atrevería a decir que hasta es de conocimiento popular. Como dije anteriormente, muchos peruanos parecen haber hecho pública su fascinación con la bota, una obsesión por vivir bajo el yugo castrense que hasta parecería ser erótica.

Para entender este tan preocupante fenómeno, nos tenemos que preguntar algo, ¿es realmente novedoso caer en cuenta de esto? A decir verdad, no. La fascinación latinoamericana con la mano dura no es una noticia, mucho menos en el Perú, país donde hemos gozado de una prontitud virtuosa en la humillante tarea de rendirnos ante los pies de cada dictadorzuelo que se nos ha aparecido. No voy a pretender que puedo explicar el ‘porqué’ de esta incógnita, puesto a que, creo yo, supone uno de los aspectos más elementales e íntimos del desarrollo de nuestro pueril continente.  Desde el éxito de los caudillismos del siglo XIX hasta el Gobierno de Alberto Fujimori (me parece todavía muy pronto ofrecer opiniones sobre el Gobierno de Martin Vizcarra, cuando culmine su mandato emitiré una opinión), los peruanos nunca le hemos tenido asco al hombre fuerte, a aquel ‘übermensch’ que con su inexistente respeto por la constitucionalidad traerá orden.

Estos autoritarismos, sin embargo, no se dan en un vacío. Para que estos hombres fuertes puedan ejercer su fuerza bruta, tendrá siempre que darse una emergencia. Para los que estén teniendo ideas erradas; no, no vengo a decir que Martín Vizcarra es un dictador en potencia, algo que creo yo es bastante evidente. Una crisis siempre sacará lo peor de nosotros, nos llevará a la desesperación, como ha hecho ayer, hoy y siempre. No hemos visto todavía el más nocivo efecto del coronavirus en nuestro país, de eso estoy seguro. No lo vamos a ver todavía, si no hasta dentro de poco menos de un año. En esta desesperación, en nuestro afán de buscar aquel padre, aquella figura paterna que nos cuide de todo (hasta de nosotros mismos), coronaremos en las urnas a quien consideremos digno de ocupar ese rol.

Es la crónica de una represión anunciada. Tristemente, con la tragedia del Thomas Restobar, hemos podido ver esta añoranza paternalista en flor de piel en miles de conciudadanos, fieles al credo de “no criticar nada, solamente apoyar”. Ruego equivocarme, y de todo corazón espero estar equivocado. Sin embargo, cada día que pasa, este clamor popular por la bota, por el abuso, por la gran y ciega cruzada en la que todo se debe de poner en la línea con tal de hacerle la guerra al enemigo invisible, inclusive cuando este porta la cara de nuestros compatriotas, nuestros amigos, nuestros hijos, nuestros hermanos.

(Actualización: Un peritaje ha demostrado que la PNP no hizo uso de gas lacrimógeno durante el operativo).

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