2021: el año de la familia inclusiva, por Verushka Villavicencio

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Cada uno de nosotros vive en su hogar, su propia libertad o esclavitud. Libertad si vemos la pandemia como una oportunidad para elegir y esclavitud si continuamos con las mismas perspectivas, sesgos y perjuicios del pasado.

Hoy la familia es el eje de nuestras vidas y el hogar es el espacio para el trabajo, el estudio, el juego, la recreación y la interiorización. La pandemia nos ha confrontado con nuestras zonas oscuras. Y en este punto cada uno de nosotros decidió: iluminarlas o dejarlas intactas.

Pero para los que tenemos fe, iluminar nuestras zonas oscuras implicó también acercarnos al dolor del otro, transitar por una zona insegura para acoger y acompañar la zozobra. Esta acción no sólo nos devolvió nuestra humanidad, sino que hizo que sacáramos lo mejor de nosotros. Y como ninguno puede dar lo que no tiene, fue la familia el soporte y motor para poder dar. Pero ¿cuál es la fortaleza dentro de una familia? Mi respuesta personal es: la oración, que convoca y nos une a la ternura del Padre.

Para los que profesan la fe en sí mismos o viven sin fe, la agenda es mucho más dura, porque todo aquello que no se consigue por la razón, se vuelve una demanda insatisfecha que encuentra en diversas expresiones, una oportunidad para cosechar tempestades. Y ya lo vimos: sin fecha para la vacuna; con la segunda ola arrasando las UCI; con personas que mueren solas en los hospitales; con familias que lloran porque no se pudieron despedir de sus seres amados antes de su muerte y toda la colección de sufrimiento que ya conocemos. Ciertamente, sin fe cómo se puede afrontar este drama, sobre todo, cuando la fe no se puede trasladar de unos a otros, pues es una experiencia que nace y crece en un encuentro genuino con Dios.

Tenemos un referente que durante esta pandemia no ha dejado de darnos señales de esperanza. Una esperanza que no es política, porque responde al real sentido de la vida. Una expresión de esta esperanza para el nuevo año 2021, es la Exhortación apostólica Amoris laetitia”, cuyo quinto aniversario será el próximo 19 de marzo, siendo declarado el año de “La alegría de la familia”. Esta nueva invitación del Papa Francisco nos convoca a orar y actuar desde nuestra familia doméstica. Se concibe el hogar como el espacio para la creación de una pequeña iglesia que transforma los vínculos, que une, que sana y salva mediante actos de bondad inspirados en la oración. Este es el verdadero bien común. La buena noticia es que para hacerlo realidad no dependemos de ningún partido político, ni de ningún movimiento ciudadano. Somos cada uno de nosotros los que podemos transformar nuestro entorno. El bien común no se logra porque el Estado o la empresa actúe, somos cada uno los que podemos actuar. Hemos creído que el impacto son los números de casos atendidos, pero realmente el impacto es el bienestar genuino conseguido en cada ser humano. Eso no se logra con víveres, juguetes y panetón, pues atendemos sólo el lado físico de la necesidad. Es decir, operamos para atender el efecto del problema y no su causa. No existe un modelo de desarrollo, un marco lógico, un enfoque de resultados basado en evidencia que mida esta innovación. Estamos caminando por fe.

Ciertamente este enfoque es contracorriente, si no hay una vivencia de fe. Se puede pensar que la “Familia Inclusiva” es aquella que acoge en las diferencias y crea nuevos escenarios para que los derechos se conviertan también en deberes. Y para la exigibilidad al Estado sobre los servicios alineados al acceso a los derechos. Pero, esta visión parcializada que no incluye un enfoque de fe encuentra que lo humano no logra la paz, pues sólo lo divino nos la devuelve.

El 2021 será el año de “La alegría de la familia” con “Familias Inclusivas” que encuentren el real sentido de la vida más allá del duelo y el miedo a la muerte. Maravilloso regalo de fe para los que creemos y enorme reto para los que aún no abren su corazón. ¡Feliz 2021, vamos con todo!

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