Pearl Harbor, ¿ataque a traición?, por Alfredo Gildemeister

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Hoy hace 74 años de aquella madrugada del domingo 7 de diciembre de 1941, en el que la aviación japonesa atacó a traición la base naval de Pearl Harbor, base de los Estados Unidos ubicada en las islas Hawai. Mucho se ha escrito de ello y hasta dos conocidas películas han sido producidas y publicitadas, en donde se puede apreciar como los Estados Unidos queda como pobre víctima indefensa, en donde sus barcos y aviones fueron destruidos por un vil ataque sorpresivo y a traición por parte de los japoneses, además de los cientos de vidas humanas perdidas como consecuencia del ataque. Pero, ¿Fueron así los hechos? ¿Constituyó verdaderamente un sorpresivo ataque a traición por parte de Japón hacia los Estados Unidos? Cabe recordar como dijo alguna vez alguien que la historia la escriben los vencedores y en este caso, al parecer, se ha vuelto a hacer realidad esta frase. Para analizar objetivamente lo ocurrido en Pearl Harbor hace 74 años, debemos efectuar un breve análisis de los hechos y de la situación que en esos momentos vivían los países beligerantes en la Segunda Guerra Mundial, especialmente de los casos de Japón, Inglaterra y Estados Unidos.

Comencemos por Inglaterra. Como se recordará, Inglaterra había quedado prácticamente sola en Europa peleando contra la Alemania nazi. Luego de la caída de Francia en 1940 –amén de Holanda, Bélgica, Noruega y Polonia entre otros países invadidos y dominados por los nazis- y tomando en cuenta que en el verano de 1940, Inglaterra había librado una importante batalla aérea contra la Luftwaffe en donde la RAF había resultado vencedora, pero ¿Por cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo tardaría la Luftwaffe del mariscal Goering en recuperarse y volver a invadir y bombardear la isla inglesa? Era cuestión de meses nada más. La industria aérea alemana se recuperaba rápidamente mientras que Inglaterra cada vez más desgastada y sola, con Winston Churchill como su primer ministro, entraba casi en desesperación. Churchill había tratado en varias ocasiones de “convencer” al presidente Roosevelt, sin resultado alguno, de que Estados Unidos entrara en la guerra argumentando que era una cuestión de tiempo, pues tarde o temprano Estados Unidos terminaría enfrentándose a Alemania y a Japón. Churchill, como buen zorro astuto que era, buscaba la forma de que Estados Unidos entrara en la guerra sin encontrar la fórmula salvadora. Roosevelt argumentaba que el pueblo de los Estados Unidos no quería otra guerra, que ya estaba cansado de guerras y que los norteamericanos se estaban recuperando de la gran depresión o crack de 1929 por lo que no querían una guerra. Inglaterra tenía que buscar la forma de que Estados Unidos entrara en la guerra, de otra forma era una cuestión de tiempo que Alemania volviera al ataque e invadiera la isla, cada vez más debilitada.Pearl Harbor3

De otro lado, los Estados Unidos no querían una guerra. Sin embargo, Roosevelt era consciente que en algún momento Estados Unidos entraría en guerra pero él no quería ser la persona que llevara a los Estados Unidos a la segunda guerra mundial. Así mismo, tampoco podía dejar sola a Inglaterra, aliada natural y última muralla de las democracias contra el nazismo, pues de caer Inglaterra, Alemania se volcaría irremediablemente contra los Estados Unidos y el resto de América.

¿Qué sucedía con Japón? Pues que este país se encontraba avocado en una guerra de desgaste en el Pacífico, contra China y los países del Pacífico Sur, lo cual le demandaba un desgaste tremendo de recursos económicos e insumos en gran cantidad de los cuales el petróleo era el más requerido pero el más escaso. Sin combustible Japón no podría continuar su guerra de invasión y Estados Unidos se había negado a seguirle vendiendo combustible. ¿Qué hacer para no caer en una terrible escases de combustible lo cual haría que la invasión japonesa en Asia se detuviera y hasta corriera el riesgo de perder la guerra? La solución –ideada por el comandante Yamamoto- radicaría en atacar a los Estados Unidos, país rico en recursos y así apropiarse de dichos recursos para poder continuar con su guerra de conquista y de paso, liquidar a un enemigo que tarde o temprano tendría que enfrentar en el Pacífico. Sin embargo, el ataque tendría que ser definitivamente fulminante y por sorpresa y allí en donde Estados Unidos era más fuerte: su marina y su aviación, pero principalmente su marina. Dentro de la marina, era prioritario destruir la flota de portaviones. Japón sabía que la guerra en el Pacífico la ganarían los portaviones. De allí que comenzara a preparar un ataque sorpresa a la principal base de Estados Unidos en el Pacífico: la base naval de Pearl Harbor. Objetivo principal: destruir la flota naval norteamericana y, en especial, a los portaviones.

Así fue como estando Japón en los preparativos de su ataque sorpresa, tanto el servicio de inteligencia británico como el norteamericano, tuvieron conocimiento y pruebas suficientes de estos preparativos. ¿Por qué no hicieron nada para evitar el ataque, al menos Estados Unidos obviamente? Roosevelt fue consciente que un ataque a traición por parte de Japón constituiría un motivo suficiente y total para que Estados Unidos le declarase la guerra a Japón. El pueblo norteamericano lo aceptaría definitivamente y, es más, lo exigiría, querría venganza. De esa manera a Roosevelt no le quedaría otra alternativa que “verse forzado” a declarar la guerra a Japón y por ende a todos los países del Eje, que incluiría a Alemania e Italia. Así mismo, para Inglaterra la entrada de los Estados Unidos a la guerra constituiría su salvación y esperanza de ganar la guerra, pues Estados Unidos era un país lleno de recursos, rico en armas y con un gran ejército.

Sin embargo, había que hacer bien las cosas. Pese a los múltiples avisos del servicio de inteligencia norteamericano de los preparativos japoneses para el ataque a traición a Pearl Harbor, Roosevelt optó por hacerse finamente el tonto y no escuchar, dar largas o restarle importancia a estas claras señales de aviso y de alerta. Pruebas de ello hay muchas. Pero eso sí, tenía que tomar sus precauciones. Una de ellas fue la de sacar a la flota de portaviones de la base y alejarla de allí, pues sabía que la guerra que se venía la ganarían los portaviones y Estados Unidos necesitaba a cada uno de sus portaviones.Pearl Harbor4

En conclusión, lo demás es historia. El ataque se realizó. A las 7.50amde la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, 353 aviones torpederos japoneses atacaron, mientras se izaba la bandera de los Estados Unidos en los buques de la armada, y cuando todas las bandas empezaron a tocar el himno de los Estados Unidos en todas las cubiertas de los buques de la Flota del Pacífico. Sin embargo, luego de dos oleadas de ataques en donde los aviones japoneses causaron gran destrucción en la flota americana, se percataron que no estaban los portaviones en el puerto por lo que el almirante Nagumo decidió no enviar la tercera oleada de atacantes puesto que el elemento sorpresa ya no existía. Pese a las súplicas del almirante Yamaguchi –comandante de la segunda división de portaviones- y pese a que el capitán de fragata Minoru Genda –jefe de las operaciones aéreas- ruega a Nagumo que ordene una tercera oleada de ataque, se decide no efectuar este tercer ataque. Solo el almirante Yamamoto, comandante en jefe de la escuadra combinada, podía ordenar a Nagumo pero también decide concluir el ataque. Así mismo, la aviación japonesa no pudo destruir los talleres del arsenal de Oahu que luego repararían las naves averiadas e inclusive ¡Dejó intactos los depósitos de las gigantescas reservas de combustible necesarias para el desplazamiento de la escuadra! ¿Si se hubiese ordenado un tercer ataque, la historia habría cambiado? Quien sabe pues Genda suplicaba por este tercer ataque a fin de buscar los portaviones y otros objetivos estratégicos de la base naval a fin de destruirlos. Sin sus portaviones, Estados Unidos habría perdido la guerra en el Pacífico. Pero el destino quiso que no se efectuara la tercera oleada. Meses más tarde, el hundimiento de cuatro portaaviones japoneses en la batalla de Midway le darían la razón a Genda y allí comenzaría la derrota de Japón.

Como luego dijo Genda: “Si hubiésemos aniquilado a Pearl Harbor y destruido, bien el portaviones “Enterprice” o bien el “Lexington” o los dos a la vez, la guerra del Pacífico habría seguido un curso muy diferente. No era sólo un ataque lo que había que efectuar; había que efectuar cuantos ataques fueren necesarios”. De otro lado, el almirante norteamericano Nimitz – que sucedió a Kimmel como comandante de Hawai- señaló: “Quienes estudien la batalla de Pearl Harbor sacarán, inevitablemente, la conclusión de que el comandante de la escuadra japonesa dejó escapar una ocasión magnifica restringiendo el número de los objetivos del ataque y limitando su duración a sólo un día”. Como finalmente dijera Yamamoto: “No hemos hecho otra cosa que despertar a un león dormido”. Fue así como para felicidad de Inglaterra, ante el Congreso Roosevelt declaró inmediatamente la guerra al Japón. Roosevelt logró pasar como el indignado presidente patriota que se vio forzado a declarar la guerra, “no deseándola”, ante un ofendido pueblo norteamericano. Sin embargo, se sabía de la inminencia del ataque y de sus consecuencias ¡Y no se hizo nada para evitarlo! ¿Quién traicionó a quién? ¿Japón a Estados Unidos? ¿Roosevelt al pueblo norteamericano? La historia juzgará.

Pero la historia es así, no como quisiéramos que nos la contaran sino como lo que realmente sucedió. Sin saberlo Japón, dicho ataque sorpresa también constituiría la salida y solución para Inglaterra al lograr el ingreso de los Estados Unidos a la guerra y la salvación de Inglaterra, sola luchadora ante la Europa nazi al lado de la Rusia soviética comunista, así como el pretexto ideal para Roosevelt de hacer ingresar a los Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. En todo caso, vayan estas líneas como homenaje a todos los caídos en ese terrible amanecer del 7 de diciembre de 1941, los cuales posiblemente murieron sin entender qué diablos estaba ocurriendo.