Nosotros somos los culpables, por Arturo Garro Miró Quesada

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Hace unas semanas vimos a la terrorista estadounidense Lori Berenson abandonar nuestro país luego de cumplir su condena de veinte años por terrorismo. Cabe mencionar que la señora Berenson participó en un plan emerretista que tenía como fin la toma del Parlamento nacional en 1995; al ser esto desbaratado, Néstor Cerpa y sus cómplices tomaron por asalto la residencia del embajador japonés en Lima al año siguiente.

A lo sucedido con Lori Berenson se le debe añadir lo ocurrido con el ex cabecilla emerretista Peter Cárdenas Schulte, el que pudo cumplir su sentencia hace meses gracias a que la CIDH ordenó un nuevo juicio que convirtió su sentencia original de cadena perpetua a una de 25 años. Cabe mencionar que este señor fue uno de los impulsores de las cárceles del pueblo. Huecos de uno por uno y en donde las personas que eran confinadas ahí solo tenían un balde para hacer sus necesidades fisiológicas. También este personaje tiene en su haber la tortura y asesinato de peruanos inocentes.

Tanto Berenson como Cárdenas han podido reducir sus sentencias (ambos recibieron cadena perpetua en su momento) gracias a los allanamientos que los gobiernos de Valentín Paniagua y Alejandro Toledo, especialmente el segundo, hicieron ante los designios de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que ordenó –tal como lo lee- al Estado peruano revisar las sentencias de todos los acusados por terrorismo, a lo que se añade la orden de este organismo supra nacional de nuevos juicios e indemnizaciones para los criminales terroristas.

Pero ¿por qué volver a hablar de este tema? Por si no lo saben, en Chicago se ha estrenado una obra de teatro inspirada en la toma de rehenes en la residencia del embajador japonés en Lima en diciembre de 1996. Esta obra se llama Bel Canto y, por lo leído en la crítica, tiene una tendencia pro emerretista. Lo que se suma al trato condescendiente que algunos periodistas le dan a los terroristas y no los llaman por su nombre: terroristas. La idealización de los terroristas al confundirlos con meros idealistas en la prensa internacional. Y lo más grave, que a lo vivido en la década del 80 – 90 se lo quiere llamar ‘conflicto armado interno’, y no por su nombre: terrorismo. Además de la equiparación que se hace de los terroristas con los agentes del orden.

¿Cómo queremos que las generaciones que nacieron a fines de la década del ochenta y en toda la década del noventa y de la primera del 2000, no tomen con la debida seriedad y gravedad este tema? Si el Estado peruano no se esmera por mostrar a los terroristas como lo que realmente fueron, y se quiere enseñar una “verdad endulzada” para “no ofender” a un grupo de intelectuales, artistas y periodistas que no quieren que las generaciones más jóvenes no sepan lo que fue el terrorismo para que sus miembros –los que vienen saliendo de las cárceles- se reciclen en el sistema político legal.

¿Cómo queremos que no ganen elecciones movimientos de izquierda radical, que ahora reciclados, alcancen el poder, si el Estado no se preocupa por enseñar este capítulo de nuestra historia tal como realmente sucedió?

¿Cómo queremos que las generaciones más jóvenes sepan lo que realmente pasó en nuestro país, sí año a año, cursos como educación cívica e historia les son reducidas sus horas de dictado?

Quiero cerrar citando a Churchil. “La historia hablará bien de mí, porque yo la escribiré”. Es decir, que si no queremos que el terrorismo no vuelva a causar más sufrimiento y dolor a nuestro país, debemos de preocuparnos por enseñarles a las actuales y futuras generaciones de jóvenes peruanos –que por su edad no saben lo que es un toque de queda, un paro armado, un apagón o un coche bomba- lo que aquí realmente ocurrió, señalando con nombre y apellido a los delincuentes terroristas.

Puede que llegue a ser repetitivo con este tema, pero los medios –como la sociedad en su conjunto-, y quienes de alguna manera hacemos periodismo –o tratamos de hacerlo- no debemos permitir que las generaciones más jóvenes no sepan lo que aquí –en verdad- pasó.