Los extremos en Europa, por Enrique Banús

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En efecto, el partido de Martine Le Pen ha conseguido en la primera vuelta de las elecciones regionales en Francia un gran avance, hasta conseguir ser la fuerza más votada en 6 regiones, quedando 4 para los republicanos de Sarkozy y sólo 2 para los socialistas. Falta la segunda vuelta que relativizará probablemente este resultado.
Todos se llevan las manos a la cabeza, pero no son tantos los que analizan el por qué de este resultado, que tiene mucho que ver con una máxima que se viene cumpliendo ya muchas veces en los últimos años: Las elecciones no las ganan unos, sino que las pierden los otros. Es decir: no es que haya unos políticos tan convincentes con un programa tan convincente que los electores están seguros de que van a aportar soluciones y dar nuevos impulsos, sino que están convencidos de que “los otros” no van a hacerlo.
En muchos casos, en los últimos años, esos “otros” han sido los partidos consolidados, incluso los partidos gobernantes en numerosas ocasiones. En Francia, por ejemplo, los socialistas de Hollande han defraudado a muchos de sus electores y, antes, lo hicieron los del ahora redivivo Sarkozy. Y hay al sensación de que no serán capaces de resolver los grandes problemas. Si en 1992, Clinton pudo derrotar a Bush padre con el eslogan no oficial “La economía, estúpido”, ahora la economía no es la mayor preocupación de los ciudadanos. La inseguridad ante la presencia de terroristas es su país y la incertidumbre sobre las consecuencias de la inmigración masiva se han aupado a los primeros lugares.
Y cuando la impresión es que los partidos consolidados no van a resguardar a los ciudadanos ante esos riesgos y desafíos, el voto se desplaza hacia los márgenes y el centro, cubierto a derecha e izquierda por los partidos tradicionales, se va despoblando. Ya en otro momento de la historia de Europa sucedió esto (en los años treinta, con consecuencias catastróficas).
Ahora viene dándose ya desde hace algunas décadas y se ha acentuado en los últimos años. El péndulo puede bascular hacia la izquierda, más bien anarquista en estos años, o a la derecha, extremadamente nacionalista y xenófoba.
Sucedió ya a finales de los años 70 con el Vlams Blog en Bélgica, transformado luego -al ser prohibido- en el Vlams Belang. En 1986, Jörg Haider se hace con el mando del así llamado Partido Liberal en Austria (muy a la derecha) y le ha un período de florecimiento. Sólo por poner dos ejemplos de tempranas derivas derechistas. Más recientemente, en 2010, los “Demócratas de Suecia” entran en el Parlamento. En Hungría el partido gobernante desde 2010, Fidesz, sin poder ser considerado de extrema derecha, tiene también tintes nacionalistas que sin duda aglutinan un electorado preocupado o descontento con cierta evolución en Europa. Algo similar sucede con el partido de los hermanos Kaczynski en Polonia, que en 2015 ha retornado al poder.
En la otra parte del espectro se encuentra la esperanza de los anti-sistema en Europa: los griegos de SYRIZA, con su carismático y contestatario líder (en plan David contra Goliats, pues son varios) Alexis Tsipras… por mucho que parezca que su modelo no está sacando, ni mucho menos, al país de sus problemas. En España, tras el intervalo, parece que breve, de entusiasmo por Podemos, ahora la desconfianza hacia los partidos consolidados parece articularse en torno a Ciudadanos, partido de programa confuso, pero que probablemente refleje una posición bastante común en la sociedad: nada de experimentos con la economía (un liberalismo mitigado) y “vayamos un poco de izquierdas en eso del aborto y el matrimonio homosexual” (aunque habría mucho que decir sobre si esos son planteamientos de izquierdas). Del espectro de izquierdas queda en Catalunya la CUP que, además, tiene al “President” (¿lo seguirá siendo?) Artur Mas atrapado por donde más duele: sus propuestas ya no es que sean confusas, es que seguramente darían al traste -si se ponen en práctica- con cualquier Estado.
Es pues un panorama variopinto pero que responde a esa misma problemática: el abandono del centro por parte de muchos electores (excepto en el caso de Ciudadanos), cansados de ver cómo los partidos tradicionales no ofrecen garantías de atender eficazmente a los deseos de los ciudadanos.
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