Fiestas sin dios, por Nathan Sztrancman

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Cuando yo dejé de creer en Dios tuve unos pequeños problemas con mi familia y la vida en general, porque las religiones — como el APRA — te dan un calorcito diferente en épocas invernales. El más claro de ellos es la Navidad, que he terminado por solucionar convenciéndome de que es una tradición incrustada en la sociedad y la casa, fundada sobre un mito, pero genéticamente localizada en mi cultura, y también porque en una época yo era algo alcohólico.

Este año probablemente no habrá una Navidad atea, pero el año pasado un amigo me comentó que quería organizar una Semana Santa para ateos, sin Dios, pero que la cosa se puso difícil cuando no dieron permisos ni para la Unión Civil. Si el Gobierno no puede legalizar una unión entre dos personas que se aman o ya digo se desean, salir con la cruz en la espalda de manera irónica viene a ser un poco caro. La mayoría de ateos creímos en Dios, entonces lo observamos con un punto apático pero melancólico, como cuando se meten con una exnovia y quisiéramos indignarnos. No es lo mismo ser ateo que aparentarlo.

Las familias se reúnen alrededor de una mesa — las más interesantes alrededor de un bar — por el nacimiento de un ser en el que algunos creen y otros no, pero no vamos a caer en la ridiculez de negar que es una tradición. No existe la Navidad de ateos ni el bautizo agnóstico, que para mi abuela viene a ser un piropo al diablo. Es bueno saberlo. A mí, en mi Primera Comunión, me vino al hecho que no estaba del todo bien; todo era de blanco y no me gustó la hostia. Acaso había sido mi primer almuerzo con Dios y yo ya le quería rechazar el postre. Supuse que todos estábamos ahí por obligación, que también, pero yo sentí que conmigo había sido peor. Me tenían engañado. Me hacían pasar por creyente.

En esa ceremonia católica lo único que aprendí fue que no me gustaba la hostia, y entonces para la Confirmación terminé confirmando que no creía en Dios. Estaba por llamar a Dios y decirle que todo había sido muy bueno pero que pensaba que Él merecía un mejor católico; a mis ojos era comprensible. El problema con el término de nuestra relación es que ahora cuando se me acerca un mendigo y me pide monedas “por el amor de Dios” no puedo hacer más que negar — solo cuando es “por el amor de Dios y Ave María purísima” accedo, porque a ella no la llamé.

Anoche mi abuela me dijo, cuando supo que yo soy ateo y no pienso mucho en el niño Jesús durante las fiestas: “tú sí estás jodido”. Yo no sé si por ser ateo o por no gustarme la hostia, pero puedo decir, teniendo mas o menos planos del vecindario, que en el infierno hay más iluminación, sobre todo por las llamas, y entre los gritos se escucha bastante el nombre de Dios, porque tiene tantos hinchas ahí como los tiene el Barça en Madrid. Ya saben, al cielo se va por el clima, pero al infierno por la compañía.