Dinero corrupto financia a caviares, por Federico Prieto

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Los caza-recompensas peruanos de vocación caviar reciben dinero robado por los corruptos y recuperado por el Estado peruano, de acuerdo con una ley ad hoc que debe ser derogada.

Esa ley se hizo en una coyuntura ya superada; hoy los congresistas no la aprobarían. Supone un gasto perjudicial, o al menos superfluo, cuando son otras las prioridades del estado. Pero es ahora cuando llega del extranjero un maletín con mucho dinero recuperado de la pasada corrupción, y los que se benefician con ellos están frotándose las manos, calladitos ellos.

Son miembros de ONGs, que se afincan en sus puestos pagados por ese dinero sucio recuperado que regresa a la patria, y que esa minoría anónima utiliza para continuar su labor de dividir a los peruanos en buenos y malos, con el fin de seguir viviendo del odio. Porque es odio político lo que mueve a un grupo de caviares que se representan a sí mismos, en su afán de cambiar el rumbo de la historia, imponiendo lo que se ha venido en llamar pensamiento único de una minoría activista.

El Museo de la Memoria difunde en pleno proceso electoral publicidad de su institución, que es organismo del estado, sin tener en cuenta que no puede hacerlo sin permiso previo del Jurado Nacional de Elecciones. Tanto más cuanto que sus mensajes son opinables y a muchos peruanos no les gusta. Además, puede beneficiar a un candidato en perjuicio de otro.

La debilidad endémica de nuestra democracia se afecta mucho con la actividad caviar encaminada a reescribir la historia a su gusto, sin tener en cuenta los hechos objetivos del pasado reciente, con el fin de que la juventud acepte sus premisas políticas de manera acrítica.

Son caviares, inclusive, los funcionarios del ministerio de Educación que elaboran algunos de los contenidos curriculares, los más ideológicos, encaminados a borrar del mapa la identidad nacional y el sentido cristiano, forjando una especie de ciudadanos apátridas del futuro.

Todo esto ocurre cuando nos disponemos a elegir al presidente que terminará su mandato cuando los peruanos celebremos los doscientos años de república independiente. Son esas inconsistencias de nuestra vida política, a pesar del crecimiento económico que se inició en los años noventa y que, con altibajos, sigue todavía.

Falta reconciliar a los peruanos en un diálogo plural y respetuoso, en el que no se pongan a liderar partidos quienes no tengan valores morales y lo hagan quienes tengan mucho que decir y mucho que hacer, en favor del bien general. Ojalá este proceso electoral, que ha empezado mal y que sigue mal, al menos, por la voluntad soberana del pueblo, termine bien.