El abominable ministro proempresa, por Gonzalo Ramírez de la Torre

La actitud positiva de Pedro Cateriano hacia la empresa privada ha desconcertado a los que se habían acostumbrado al estilo de Vicente Zeballos.

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Entre saber que se avecina una “nueva normalidad” y describir de manera precisa cómo esta lucirá hay una amplísima diferencia. Lo primero involucra reconocer el impacto que la pandemia está teniendo en la humanidad y aceptar que algunos cambios en nuestro estilo de vida y costumbres son inevitables. Lo segundo, más bien, entraña cierta clarividencia o, en su defecto, bastante arrogancia: supone presagiar cómo se adaptarán nuestras sociedades a la crisis con esta aún lejos de terminar.

Desde que empezó la emergencia sanitaria en nuestro país, mucha de la izquierda nacional parece haber asumido esta última actitud. Decretaron, por ejemplo, que esta pandemia marcaba la muerte del modelo económico vigente (o del ‘neoliberalismo’, como suelen decir) y aseveraron de manera meridiana que, de ahora en adelante, se haría necesario un golpe de timón hacia lo que por tantos años han promovido (estatizaciones, controles de precios, impuestos a la riqueza, mayor intervención del Estado en la actividad privada, etc.). Nada distinto a lo que han dicho cada vez que una crisis, de cualquier tipo, ha golpeado al país.

Frente a esto, la designación de Pedro Cateriano como presidente del Consejo de Ministros le ha caído, a buena parte de la izquierda radical, como un baldazo de agua fría. Al fin y al cabo, con el gabinete liderado por Vicente Zeballos, que no era ajeno a los deslices estatistas, podían mantener la soterrada esperanza de ver sus proclamas traducidas en políticas. Con un primer ministro que reconoce sin ambages la promoción de la inversión privada como una de las claves para reactivar la economía, la cosa es diferente.

«La designación de Pedro Cateriano como presidente del Consejo de Ministros le ha caído, a buena parte de la izquierda radical, como un baldazo de agua fría».

Y los ataques del sector en cuestión a esta posición no se han hecho esperar, con algunos criticando que el premier resalte la importancia de rescatar la economía y con otros señalándolo como un funcionario nombrado para favorecer a los grandes empresarios y obedecer las órdenes de la Confiep. “El gobierno y su gabinete Cateriano favorece[n] a los grupos de poder y deja[n] al pueblo a su suerte”, reza, por ejemplo, un tuit del movimiento Nuevo Perú del 23 de julio.

Pero la verdad es que Cateriano no ha descubierto la pólvora y su reconocimiento a la importancia de la inversión privada para sacar adelante una economía en estado crítico no es una expresión de audacia, es una perogrullada. Pero eso es precisamente lo que estos tiempos inciertos demandan. A diferencia de lo que pretende la izquierda nacional, no se puede actuar en base a lo que dogmáticamente aseguran puede funcionar, o a partir del ‘wishful thinking’ de ver al capitalismo caer. Tampoco se puede invocar el uso de políticas que ya fracasaron estrepitosamente en el pasado, como la expropiación de empresas.

Toca, más bien, aplicar las fórmulas que sí nos vienen rindiendo frutos y el fomento de la iniciativa privada es una de ellas. Como 20 años de crecimiento económico constante y 38,5% de peruanos dejando la pobreza entre el 2004 y el 2019 demuestran.

«Toca aplicar las fórmulas que sí nos vienen rindiendo frutos y el fomento de la iniciativa privada es una de ellas».

Nadie niega, claro, que ahora más que nunca se le tenga que administrar una inyección de adrenalina a un Estado que, a pesar de la bonanza, no supo ofrecerle servicios de calidad a los ciudadanos en sectores como salud y educación. Pero difícilmente habrá recursos para eso si se pretende satanizar la generación de riqueza en base a adivinaciones que quieren pintar al nuevo coronavirus como una señal de que hay que dar un drástico giro a la izquierda.

Con la pandemia aún a toda marcha y con la economía todavía en cuidados intensivos, el Gobierno tiene la obligación de jugar las cartas que sabe le van a funcionar. No se trata de crear la imagen del abominable ministro proempresa ni de vender la ilusión, sin sustento, de que la crisis sanitaria es la consecuencia de un modelo económico que, duela a quien le duela, ha funcionado mejor que todos los que se pusieron en práctica en el pasado.

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