Lecciones de mandarín

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Yo creía que los peruanos éramos regateros hasta que llegué a Beijing. Muy diferente de Chongqing: al llegar, me recibió una ciudad enorme, con guardias de seguridad por todas partes, hasta cierto punto ordenada, y un poco más homogénea. No les voy a contar sobre la hermosa arquitectura y los lujos y colores de la Ciudad Prohibida, o de la impresionante Muralla China (y cómo me di cuenta que necesito hacer más deporte luego subir el tramo de Mutianyu), porque eso lo pueden encontrar sin ningún problema en Internet. En vez de eso, les contaré sobre una de las cosas que más me sorprendió y extrañó durante mi cortísima estadía en esta ciudad: las compras.

A una amiga le habían recomendado que visite el mercado de seda en Beijing. Al oír esto (creo que específicamente por la palabra “mercado”) me imaginé una calle con pequeños puestos de comerciantes, tal vez al aire libre. Nada muy sofisticado. Estaba muy equivocada. Luego de preguntarle a Google Maps (que todo lo sabe) cómo llegar al mercado de seda, nos dimos con un edificio de aproximadamente siete pisos, muy iluminado, en frente de nosotros. Entramos. Por dentro estaba todo señalizado con letreros tanto en inglés como en mandarín. Cada piso ofrecía una categoría de productos, como productos de seda, joyas, zapatos, equipo y ropa para esquiar, tecnología, entre otros. En el último piso había un patio de comida.

Lo siguiente que me llamó la atención fue como el familiar “pregunte amiga, tengo tallas, colores” de alguna galería limeña ahora era reemplazado por un “what’s your price, I give you good price, good quality, good price” (“cuál es tu precio, te doy un buen precio, buena calidad, buen precio). Aun cuando les decíamos que no estábamos interesados en comprar, las personas que trabajaban en las tiendas de la galería seguían acercando los productos a nosotros y mostrándonos distintas alternativas, por si de casualidad los miramos de reojo (craso error). Y peor aún si les preguntas cuánto cuesta algo. Ahí la escena se convierte en una negociación violenta y casi pasional que empieza con el vendedor dándote un precio absurdo y exorbitante: digamos que “six hundred” (nota: si eres rubio, el precio inicial probablemente sea aún más alto, pero si logras preguntar con un “duoshao qián”, aunque sea masticado, tal vez no abusen tanto de ti). Tu te ríes, te das media vuelta y te vas. Acto seguido, el vendedor, dándose cuenta de que por tratar de verte la cara podría estar perdiendo una venta, corre tras de ti gritando “OK, one hundred, one hundred!”. Si aún con una rebaja de más del 80% del precio inicial no estás interesado, el vendedor seguirá bajando el precio hasta llegar a un desesperado “OK, tell me your price”, que no es más que el último recurso del vendedor.

Esto sucedía cuando realmente no estábamos interesados en comprar. Por el contrario, si tomábamos una posición de negociación activa, el proceso de compra se volvía aún más doloroso. Lo que me recomendaron para no pagar de más fue decidir cuánto quería pagar antes de preguntar el precio y realmente no pagar más que eso. Entonces, cuando finalmente me preguntaron “tell me your price” y el vendedor no quería aceptar mi oferta, yo simplemente entendía que la compra no se daría. Pues no. Incluso luego de haber oído mi último precio y haberme dicho que no, el vendedor corría tras de nosotros gritando (no estoy exagerando) “please come back, I sell you, but give me good price”. Se sentía desesperación en su tono de voz. Este tira y afloja podía durar hasta 15 minutos. Finalmente, el vendedor, demostrando estar entre agotado y molesto conmigo por no haber querido pagar lo que él pedía, aceptaba mi última oferta y me miraba con resentimiento.

En el fondo me quedó la duda sobre si estaba pagando un precio justo o estaba tal vez abusando del vendedor. Sin embargo, al día siguiente descubrimos en otra galería (menos turística y donde los dueños de los puestos no negociaban el precio nunca) que se ofrecían los mismos productos que habíamos comprado el día anterior, pero que el precio de lista era el mismo o muy cercano a lo que terminamos pagando; esto es, alrededor del 10% de lo que inicialmente ofrecían en el mercado de seda. Me pregunto entonces si simplemente se trata de una discriminación de precios dada la locación privilegiada del primer mercado o si realmente este modelo de “regateo” permite medir con exactitud el verdadero precio en el punto de equilibrio. Ciertamente debe haber un segmento del mercado que está dispuesto a pagar el precio inicial; por otra parte, aquellos que no lo estamos, bajo este modelo, podemos pagar un menor precio tan sólo sacrificando nuestra “experiencia de compra”. De esta manera el vendedor puede capturar el mayor valor cobrando a cada cliente exactamente lo que está dispuesto a pagar. Personalmente, creo que prefiero la transparencia en los precios y no tener que negociar. Así me evito la sensación de no saber si pagué el precio adecuado.

Ya estoy regresando por fin a casa, después de casi un mes de haberme ido. China ha sido una experiencia increíble, pero sinceramente, me muero de ganas de dormir en mi cama y comerme un ajicito de gallina preparado por mí. Nunca creí que diría esto, pero ya quiero llegar a Boston, con todo y su pronóstico de -16º C.