60 años después del “Milagro de Berna”

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Quizá deberíamos mirar hacia Ucrania y Palestina, pero es muy difícil un análisis sin más datos que los de los medios. Así, mientras esperamos a saber más, volvamos la mirada a temas más pacíficos.

Sólo dos tercios de los alemanes creen en Dios, según las encuestas. Pero todos creen en los milagros. O al menos en el “milagro de Berna”. Y los más mayores todavía lo recuerdan: el 4 de julio de 1954, en la ciudad suiza de Berna, Alemania se proclamaba campeona del mundo de fútbol. Nueve años después del final de la II Guerra Mundial, con el país en pleno proceso de reconstrucción (gracias también a los fondos Marshall de Estados Unidos), pero con profundas huellas psicológicas, Alemania era noticia por una gran victoria, victoria que esta vez no suponía dolor ni devastación, al menos en el plano internacional.

Quizá supuso dolor para los hinchas del contrincante, pero la cosa no pasó a mayores. Y el contrincante era nada menos que Hungría, la gran favorita, la Hungría de Ferenc Puskás, Sándor Kocsis y Nándor Hidegkuti, que llevaba 32 partidos sin conocer la derrota. Y allí, en Berna, en la final, tuvieron que encajar tres goles de los alemanes, después de haber marcado ellos dos en los primeros ocho minutos. Para el minuto 18, los alemanes habían empatado. Y hasta el 84 no se supo quién sería campeón del mundo: la Alemania del mítico seleccionador Sepp Herberger, aquel que pasó a la historia con una frase que condensa toda su filosofía futbolística: “El balón es redondo” – dijo en una ocasión; y Alemania enmudeció. Quería decir que un partido se gana cuando el balón deja de rodar, ni un minuto antes. Parece simple, pero muchos partidos se hubieran ahorrado disgustos si hubieran seguido esta sencilla filosofía. Y quizá también muchas empresas en pugna con la competencia, muchos estudiantes en exámenes, muchos ciudadanos en sus gestiones con la administración… Quizá no cabe convertirla en máxima universal, pero se acerca bastante: el balón, en efecto, todos los balones de la vida son redondos…

Sepp Herberger era algo así como “el papá” de la selección. Y el “milagro de Berna” tuvo un efecto balsámico sobre el escocido corazón alemana: se podía ganar, se podía triunfar de nuevo, no todo era sólo esfuerzo y salir del hondón. Se podía triunfar sin ser una amenaza, disfrutando. Alemania necesitaba esos efectos balsámicos. Como lo había sido la mítica (y mística) procesión del primer Corpus en Colonia después de la guerra, en una ciudad cuyo centro había sido destruido en un 97% por los bombardeos aliados de marzo de 1945.

Entre aquellas ruinas, con sólo la Catedral salvada, como patrimonio de la Humanidad y protegida por reflectores, entre aquellas ruinas, el Cardenal de Colonia llevaba la Custodia. Bálsamo como habían sido los carnavales primeros después de la guerra, en Maguncia, en que Ernst Neger volvía a cantar la melancólica canción de Carnaval “Heile, heile Gänsje”, inspirada en lo que se canta a los niños cuando se han hecho una pequeña herida: “Sana, sana, patito, todo volverá a estar bien”… Sobre las ruinas, esta canción evocaba que algún día todo volvería a estar bien. El milagro de Berna era un paso hacia ello.

Dos veces más Alemania se proclamó después campeón del mundo: en 1974 jugando en casa y en 1990 en Italia, con “el Emperador” Franz Beckenbaruer como seleccionador nacional. En el 74 formaba parte del equipo, un equipo con nombres como para quitar el hipo (por decir algo): con el eterno y muy bávaro Sepp Maier en la portería, con los correosos Berti Vogst y Paul, Breitner en la defensa, con Rainer Bonhof, Uli Hoeneß, Wolfgang Overath o Jürgen Grabowsk y en la punta aquel chaparrito y regordete Gerd Müller, que metía goles es cualquier posición, medio cayendo en al área o también porque simplemente estaba en el momento justo en el lugar preciso, cerca de la portería, y el balón rebotaba en él y entraba. Y de director de orquesta, en el medio campo, aquel Franz Beckenbauer de los imperiales gestos, como si dirigiera la Sinfónica de Berlín, por ejemplo, por evitar cualquier comparación bélica. Allá sucumbrió la “naranja mecánica”, la gran Holanda de Cruyff y Neeskens, de Runis Michels como seleccionador. En el 90 cayó Argentina en el Estadio Olímpico de Roma, la Argentina de Maradona frente a la Alemania de Lothar Matthäus, con un gol de penalti.

Pero para entonces Alemania ya estaba muy consolidada y no necesitaba ya milagros. En 2014, no había en el campo de Beckenbauers ni Mathäuses. Ninguno de los grandes genios del balón, ninguno de los Cristianos, Messis o Robbens era alemanes; ninguno tampoco de las grandes revelaciones, James o Luis Suárez, estaban en el equipo alemán. A no ser que se considere revelación a aquel joven jugador que entró sustituyendo a un agotado Miroslav Klose y marcó un gol precioso de dominio, de calma, de madurez. Si, hay jugadores sólidos, entregados hasta la extenuación, como el propio Klose, o hasta la sangre, como Schweinsteiger, pero no son genios. Es un equipo muy equilibrado de buenos jugadores.

¿Dónde está la fórmula del éxito? Primero, es un equipo. Sin excentricidades, sin relumbrones. Forjado a base de trabajo. Salido de un país que ha invertido mucho en el deporte de base, en el fútbol de base. Con un entrenador, Joachim Löw, que tampoco es el entrenador de los grandes gestos al borde del campo, de los grandes discursos. Lleva 8 años trabajando (antes fue durante 2 años el segundo de a bordo de Jürgen Klinsmann). Diez años de trabajo para retornar a la cima del fútbol, no sólo con las “virtudes de siempre” (ese compromiso y esa fuerza) sino con algo que se acercaba al “jogo bonito”.

Alemania ya no necesita milagros. Pero no viene mal que gane otra vez. No por ella, que no lo necesita. Sino por quienes no han ganado y podrían ver cómo se puede conseguir ganar. Paso a paso… Y sin perder demasiado el norte cuando se gana (la celebración ha sido moderada, ciertamente).

Otros han perdido el norte al perder. Y la pregunta es: ¿por qué entonces quemarán autobuses? ¿Qué tendrán que ver los autobuses con los goles recibidos, los penaltis fallados, los errores arbitrales? Quizá compense un estudio psicológico…