Editorial: La casa de toros de todos

Las corridas de toros no deberían prohibirse.

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En el último día de agosto, el alcalde de Lima, Jorge Muñoz, hizo un anuncio en Twitter: “Quedó muy claro que la supremacía de la vida sobre el maltrato animal es política de este gobierno municipal, y esto lo demostró hoy el Concejo de Lima, al aprobar por abrumadora mayoría multipartidaria que sus funcionarios y representantes ante directorios velen porque sus inmuebles no sean utilizados en espectáculos públicos donde se ejerza tortura contra los animales. Sin duda, un paso importante para una ciudad más humana”.

El mensaje alude tácitamente a lo que ocurre año a año en la famosa Plaza de Acho: las corridas de toros, y da cuenta de la intención del actual inquilino de la Municipalidad de Lima porque esta práctica deje, eventualmente, de llevarse a cabo. En suma, un episodio más en la larguísima historia de controversia que tiene en el centro a la lidia y en la que se discute si esta debería ser permitida o no en una sociedad “civilizada”.

Desde este espacio no tenemos interés en expresar si consideramos que las corridas de toros son saludables o nocivas, de hecho, nuestra convicción es que la pertinencia de esta actividad debe ser definida por cada ciudadano, que puede elegir participar o no de un espectáculo de estas características. El debate sobre la viabilidad ética del evento, creemos, es demasiado subjetivo como para pretender que las autoridades lo prohíban de cuajo.

En primer lugar, es difícil entender qué exactamente es lo que los antitaurinos cuestionan. Si lo que se aborrece es la tortura animal, una visita a cualquier camal en nuestro país podría demostrarles que la Plaza de Acho está muy lejos de ser el epicentro de maltrato que la acusan de ser ¬–de hecho, mucho podría hablarse de la vida de “privilegios” que goza un toro antes de enfrentarse al torero y morir–. Sin embargo, aunque lo hay, poco barullo se forma en torno a lo que ocurre en los mataderos del Perú…

La ira y la indignación, entonces, parece tener más que ver con el evento per se y no tanto con el corolario de este. El tuit del señor Muñoz que citamos al comienzo da una pista de ello cuando considera la decisión del Concejo “un paso importante para una ciudad más humana”. El juicio, como se ve, parece ir más por el lado moral, de considerar “malo” que la muerte de un animal sea motivo de celebración y disfrute para algunos.

Desde Lucidez, empero, creemos firmemente que los pensamientos de unos cuantos no puede ser base para legislar o decidir por todos. Los escrúpulos de los que creen que matar a un animal en público es una barbarie no son, ni de cerca, motivo suficiente para prohibirlo. Cada uno es libre de someterse a las tradiciones que prefiera sin que los paradigmas éticos de otros se le sean impuestos. Escenarios parecidos podrían darse con actividades como la caza o con deportes como el boxeo, donde la violencia es el eje central.

Claro, todo lo anterior no quita que la posición de quienes critican los toros sea respetable, pero todas las opiniones, en una democracia, lo son. Igual que lo que cada persona decide hacer con su tiempo libre.

La Plaza de Acho, por su lado, es el espacio (no hay muchos más) en el que las personas que disfrutan de estos eventos en Lima pueden hacerlo, y mientras ello no trunque el ejercicio de los derechos de otras personas, nadie debería prohibirles que lo hagan.