A cocachos aprendí, por Eduardo Herrera

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Muchas personas de mi generación y de las más antiguas han seguramente leído o escuchado de este entrañable poema. Y si el poema en mención termina con una sesuda reflexión del autor, cuesta creer que hoy a algunas personas les sigan gustando el cocacho.

Hace pocos critiqué en Twitter una entrevista que le hicieron a una alta funcionaria pública por aceptar, acaso con algo de hidalguía, su estilo autoritario. El reconocimiento como suele pasar con los errores, fue realizado con un sentido de vergüenza que es digno de resaltar. Muy pocos aceptan el estilo autoritario, pese a que a muchos les encanta.

Como si fuera una auténtica contradicción, no recibí respuesta negando mi afirmación (solo para tenerlo en cuenta en mi critica dije que el estilo autoritario encanta a quienes gustan del grito y del golpe, cosa en la que me ratifico plenamente). Al contrario, como suele suceder en esta red –de la que estoy pensando seriamente retirarme– me topé con argumentos del tipo: “no has leído el artículo, no lo has entendido” (es decir, solo existe una forma de interpretar las cosas= estilo vertical o autoritario) hasta comentarios del tipo criollazo que me dijo que mejor me enviarían “serenatas y rosas para que aprenda”. Huelga decir que hay un sentido bien ramplón en esta clase de “argumentaciones”.

Volviendo al punto me centro en la interrogante que, como consecuencia, se condensa en la siguiente pregunta. ¿por qué les gusta el cocacho? Porque algunas personas entienden que la única forma de hacer caso es con la famosa “mano dura”. La contradicción radica cuando se pregunta a estas personas: ¿te gusta el cocacho? ¿tú entiendes de esa manera? “No, yo no, pero la gente (los otros) sí”. “La gente solo entiende así”. Hagan la prueba y verán que el reflejo es automático.

Hay muchos estilos de autoritarismo, según mi entender. El dictador claro que, por estas épocas ya es una especie en franca extinción, hasta aquellos que tienen autoridad y la ejercen con estilo del grito, del carajo, del maltrato. En todas partes se cuecen habas, de manera que, hay decirlo, este estilo no es solo característico del sector público. Como se comprenderá y así lo marca la inmensa casuística, esta forma de liderazgo no moviliza. Las personas, cuando siguen a alguien, lo hacen básicamente por admiración y por convicción, no por golpe o grito. Por el contrario, el estilo autoritario genera anticuerpos y todo tipo de conspiraciones.

Lamentablemente, un estilo diferente –es decir quienes valoramos y seguimos las formas más “razonables” de liderar– es asimilado a la figura de alguien débil que, por ejemplo, pide por favor las cosas o persuade antes de imponer. Queridos, el carácter no se demuestra gritando o golpeando mesas, se muestra en los momentos en que, por ejemplo, hay que hacer frente a una decisión con firmeza. Hacer cumplir la ley no implica hacerla cumplir como sea. Actuar autoritariamente no es garantía de nada.

Por eso es que el genial Santa Cruz termina aceptando que perdió la oportunidad y allí radica la grandeza del mensaje; en la capacidad de reflexión incluso luego del golpe. El trato vertical, el estilo autoritario –nuevamente– no conduce a nada. Tal vez si hubiera el gran decimista hubiese tenido un verdadero maestro, la cosa hubiese sido distinta.

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