A contracorriente, por Angello Alcázar

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Los coches bomba, el toque de queda y las guerrillas senderistas pueden ser parte del pasado. Pero si de los recuerdos grises y los suspiros no pasamos a la reflexión y al discernimiento, las consecuencias podrían ser nefastas.

La semana pasada se conmemoraron 25 años de la formidable operación del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) a cargo de Benedicto Jiménez que permitió la tan esperada captura de Abimael Guzmán Reynoso, el asesino, demagoga, conspirador y cabecilla de la sangrienta agrupación terrorista Sendero Luminoso, bajo cuyas órdenes se dio inicio a uno de los capítulos más oscuros de nuestra historia contemporánea.

Imagino que para cualquier peruano más o menos bien informado y dotado de cierta sensatez aquello no debe ser nada nuevo. Sin embargo, dados los persistentes resabios del dogmatismo y la ignorancia que nos arrastraron por tan peligrosos senderos, es fundamental que dirijamos la mirada una vez más hacia el pasado y nos preguntemos cuáles fueron las circunstancias que nos llevaron a alcanzar niveles de barbarie que cobraron miles de vidas y que prácticamente destruyeron el Perú. Y, ante todo, vale la pena recordar que como sociedad tenemos la responsabilidad de rechazar de manera categórica todo intento de conducirnos nuevamente a una realidad semejante.

“¡No lo toques! ¡No lo toques! ¡El Presidente sabe hacerlo! Nadie lo toca,” grita Elena Iparraguirre (más conocida como la camarada Míriam) en aquel truculento video del 12 de septiembre de 1992 que registra la detención definitiva del “Presidente Gonzalo” y sus más importantes lugartenientes, con los cuales había orquestado desde las sombras la estrategia de las huestes senderistas para perpetrar la larga serie de atentados y masacres que todos conocemos. ¿Cómo es posible que las ideas de un desconocido catedrático de provincia pudieran hacer germinar uno de los movimientos más sanguinarios y que su líder llegara a ser tratado como una suerte de deidad con un séquito personal para atender sus más encarnizados caprichos y toda una filosofía a su favor?

Así como aparece Guzmán en otra espeluznante grabación, zapateando al compás de “Zorba el griego”, con los sentidos adulterados por el alcohol y rodeado de sus fieles secuaces, banderolas comunistas e imágenes de Marx, Mao y Lenin, la necesidad de responder aquella pregunta y entender qué clase de utopía social perseguían sus miles de seguidores cobra especial relevancia. Pues si nos limitamos a rehuir la amplitud de cosas que significó el terrorismo en su momento, daremos cabida a nuevas fórmulas de ignominia y afrentas al orden democrático que, como el barbecho que el campesino descuida durante años, pueden resultar verdaderamente difíciles de manejar. Sin duda, la participación del Conare y Movadef en la última huelga magisterial es solo uno de los muchos síntomas que confirman lo anterior.

Es por todo ello que, en lugar de ningunear y pretender que nuestro presente está vacunado contra toda posibilidad de regresión histórica, debemos diferenciar el proyecto terrorista de aquel que defiende la democracia, —ambos son írritos el uno al otro y, a diferencia del último, el primero jamás podrá superar sus falencias—así como poner en vereda todo aquello que puede infligir daños (sean de menor o mayor grado) al proceso de pacificación que incluso hoy no ha llegado a completarse. Seguramente si hay algo peor que el terrorismo es la falta de resolución al momento de identificar qué es el terrorismo.

Hace unos días, los portavoces de Fuerza Popular declararon en un comunicado que uno de los compromisos de su partido político es “informar a las nuevas generaciones” de las atrocidades que cometió Sendero Luminoso. Desde luego, no podemos pasar por alto la parcialidad de semejante afirmación y su incapacidad de concientizar de manera fidedigna a los más jóvenes acerca de lo que aconteció durante la guerra civil. La captura del líder teocrático de Sendero Luminoso sirvió para legitimar la dictadura fujimontesinista y otra serie de atropellos y embauques sistemáticos que diezmaron aún más al país y su gente (el Estado fue responsable de más de un 30% de las víctimas mortales). La verdad es que no podemos ceder ni un ápice a la corrupción y la impunidad, pues son tan incompatibles con los ideales democráticos y liberales como el proyecto terrorista.

La noche de 1992 en que las pesquisas del GEIN dieron con Guzmán y sus compinches en una casa de Surquillo, mi abuelo materno estaba de cumpleaños. Mi abuela me cuenta que la familia había preparado una suculenta cena y que mientras los tertulios se disponían a pasar a la sala para charlar, la empleada irrumpió en el recinto gritando “¡Encontraron a Abimael!”. En cierta forma, el espíritu festivo de la reunión se vigorizó y rápidamente sacaron más vinos y copas para celebrar la gran noticia y la victoria que esta significaba para el Perú. De vez en cuando, es bueno ir a contracorriente, volver al pasado y desenterrar aquellos hechos que de alguna manera configuraron nuestro presente. Por su parte, mi abuelo solía recordarnos con frecuencia que el día de su cumpleaños se produjo la captura del siglo.

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