A nadie le interesa la lucha contra la corrupción, por Eduardo Herrera Velarde

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Este año, para el Perú, fue declarado como el de la lucha contra la corrupción y de la impunidad. Más allá de las huachaferías de nombres absurdos que, en realidad, no significan nada, poco es el avance desde varios frentes como lo voy a exponer -desde mi visión- a continuación.

A nivel gubernamental, sin contar con los esfuerzos de la Secretaría de Integridad (que dicho sea de paso debería ser un órgano independiente), la lucha contra la corrupción se ha concentrado en mirar los resultados del sistema de justicia que, se supone, son distintos a los que el gobierno debería cosechar. Es decir, en palabras simples, desde esa óptica muy poco se ha logrado (y no solamente en este régimen).

En el sistema de justicia, en lo que debería ocuparse el gobierno, hay que corregir los excesos ya notorios, hacer que sea un sistema que llegue a todos (no solamente a los casos “anticorrupción”, sino por ejemplo también a violencia familiar o alimentos) y que no dependa de súper héroes (porque dejaría de ser un sistema precisamente). Aquí está el reto, además, de vencer el miedo a la hipócrita autonomía del Poder Judicial y Ministerio Publico; sin contar en la urgencia de reforma de la Policía Nacional del Perú.

Por el lado empresarial las cosas tampoco han ido muy bien que digamos. Tal vez por desconocimiento -prefiero creer que es así- las empresas han estado empecinadas en mostrar procedimientos, políticas y certificaciones. Hay varios casos a nivel mundial que demuestran que esto poco o nada sirve cuando existe la voluntad de eludirlos.

Y cierto, de ambos “lados” se han producido declaraciones rimbombantes y ya algo carentes de credibilidad. Con pocas excepciones estas no han ido acompañadas de acciones concretas. Es necesario emprender una dinámica que abarque la actuación diaria y no reactiva. Nos encontramos en un punto de ebullición que bien puede encaminarnos al desarrollo o a seguir como siempre.

No me olvido de lo que nos toca a nosotros, personas comunes y corrientes que nos situamos en la comodidad de mirar al otro lado y entregarle nuestra responsabilidad a empresarios y políticos sobre este asunto (y sobre otros más, por cierto).

Ayer estuve en un almuerzo hablando de ética para una institución por la cual fui contratado. Quizá sea lo aburrido de mi exposición, pero lo cierto y concreto es que, en términos porcentuales, no llegaría ni al 20% las personas a las cuales les causó atención el tema. Aquí hay mucho por hacer. Corremos como gallinas alborotadas cuando hay un escándalo, nos indignamos y exigimos, y a la hora de, siquiera, prestar respeto o empatía nos interesa un real comino. Ahí está la ética que es crucial labrar como fenómeno que nunca acaba desde nuestro nacimiento hasta el fin de nuestros días.

El título de este artículo es sin duda fatalista y parcialmente cierto. Existen personas a las cuales les interesa la cuestión. Que viven sus vidas tratando de mejorar, examinándose constantemente, preguntándose diariamente si sus acciones están apegadas a lo que debe de ser. Felizmente hay muchos y en eso mi esperanza de que existe la posibilidad de cambio.

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