África no solo llora

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Acuciada por las guerras, acosada por el fundamentalismo islámico y ahora -en algunos lugares- mortificada por el ébola, la realidad africana no es sólo eso: es mucho más rica y también se comprueba en muchos países que los últimos años han sido también años de avances, de consolidación, de cambios positivos. En medio de situaciones complejas. Van aquí algunos ejemplos, que ni quieren ser exhaustivos ni recogen quizá lo más importante. Pero son ejemplos.

Quizá lo más esperanzador es ver cómo evolucionan países que durante años o décadas han estado sometidos a guerras y desmanes. Si en algunos países esa situación se prorroga durante años (incluso tras la firma de un supuesto acuerdo de paz), en otros realmente se llega a la paz y la configuración de un proyecto común. Sería muy interesante analizar (seguro que ya se está haciendo) qué factores contribuyen a una evolución en uno u otro sentido, pero la capacidad de este cronista se limita a transmitir algunos elementos que marcan la experiencia de un continente en evolución.

Uno de esos casos en que, tras un pasado turbulento, se está consolidando un país es Angola. Roto por la guerra una vez la abandonaron los portugueses (en 1975), con Cuba apoyando a la guerrilla marxista (cuando Cuba todavía podía apoyar algo; ahora sólo intercambia petróleo de la Venezuela postchavista por ¿supuestos? médicos), el país cayó en el marasmo. La guerra duró 17 años, desde 1975, inmediatamente después de la independencia, hasta 2002. El crecimiento económico desde entonces es impresionante (en algunos años -hacia el 2007- alcanzó el 24% anual y en la primera década del siglo XXI tuvo el mayor crecimiento mundial, superando el 11&; pero es muy desigual: en los últimos años se ha frenado considerablemente): como en tantos países africanos, las reservas naturales son extraordinariamente ricas; el petróleo conforma el 50% del PIB. Pero el desarrollo todavía no llega a la mayoría de la población: las desigualdades se acrecientan, el índice de desarrollo humano es bajo y, por ejemplo, la expectativa de vida al nacer (con 55 años) sigue siendo una de las más bajas del mundo. Y para buena parte de la población, la agricultura de subsistencia sigue siendo la base para la vida. Con el miedo para muchos del retorno a las tierras: quedan todavía muchas minas ocultas desde la guerra. Esperanza, por tanto, pero sólo para pocos.

Panorama muy desigula también en Nigeria. Con 12 (de 36) estados al norte que han optado por el islamismo sharía incluída; es decir, 12 estados que ampliaron el uso de la sharía, habitual en el derecho familiar, también al derecho penal. Cinco de ellos crearon además una “policía religiosa”. Con miles de víctimas cada año del sangriento conflicto: en 2012, el cuidadoso “Informe sobre la libertad religiosa” de “Ayuda a la Iglesia Necesitada” (AIN) señalaba que “entre 1999 y finales de 2011, 14.000 nigerianos han muerto en los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes”. En la década de los 70, el boom del petróleo trajo consigo un gran endeudamiento público, con fuertes inversiones en infraestructuras. Después de muchos altibajos, en 2006 Nigeria fue el primer país de África en devolver íntegramente la deuda con el llamado “Club de París”. Con un ambicioso plan de reformas y un buen crecimiento económico, Nigeria pude ser uno de los potentes motores económicos en África. COmo el petróleo ocupa una posición muy dominante, el gobierno está empeñado en diversificar, por ejemplo con el sector de la construcción ante la falta de numerosas viviendas para una emergente clase media. Un punto interesante es el desarrollo del cine en Nigeria: el llamado Nollywood, con una producción mayor que la del cine indio (“Bollywood”): la segunda del mundo, con más de 600 películas al año. Es un fenómeno reciente, de menos de 20 años, pero parece dispuesto a superar al Hollywood en número de largometrajes producidos. Muchos tienen un trasfondo religioso, alrededor del 20% de carácter cristiano (generalmente de orientación evangelista o baptista).

El tercer país a analizar podría ser Gabón, el primer país africano continental (las islas Mauricio y Seychelles están muy por delante) según el Índice de Desarrollo Humano (en el puesto 106, eso sí, lo que da una idea del enorme déficit que aun existe; pero dentro del llamado Índice de Desarrollo Humano Medio, con un índice justo por encima de El Salvador o Bolivia); con un Ingreso Nacional Bruto per cápita de más de 12.000 dólares: Rumania está en 11.000, Uruguay en 13.000, Rusia en 14.000, por poner algún punto de comparación. Es uno de esos países de los que nunca se lee nada: un país pequeño, con un millón y medio de habitantes, francófono, con más del 80% de la población alfabetizada (lo cual es un porcentaje considerable. Algo más del 50% de la población son católicos. Un solo político, El Hadj Omar Bongo Ondimba dominó la escena política, “democráticamente”, durante cuatro décadas, entre 1967 y 2009. Las comillas de la democracia se deben a que hubo acusaciones de fraude electoral (al menos en 2002 y 2005). Desde su fallecimiento en 2009, es su hijo quien ostenta el poder máximo. Un país pequeños, buenos recursos naturales y la ayuda exterior han creado un clima de estabilidad, con importantes desigualdades (fenómeno que se da en casi todos los países del África subsahariana) y una alta dependencia del petróleo: el país depende en un 64% de la industria, pero sólo un 15% de la población trabaja en ella; el 60% sigue vinculado a la agricultura.

Son sólo tres ejemplos, tres países (antiguas colonias portuguesa, británica y francesa, respectivamente), que muestran un poco de la complejidad de un continente que en algún momento debería entrar con más detalle en los medios de comunicación y en el sistema educativo: el diálogo empieza por el conocimiento. Y la internacionalización debería referirse no sólo a la economía.