Aguafiestas papales, por Mario Arroyo

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Es curioso el espectáculo del país: Por un lado, un coro multitudinario y masivo aplaude y agradece la visita papal, acompañado de otro coro periodístico, más bien marginal, que la crítica y cuestiona. Obviamente, para este último, el primero es simplemente una masa manipulada y utilizada, mientras que ellos, el segundo, se autodenominan la clase pensante y crítica del país. De vez en cuando es bueno criticar a los críticos, aunque sólo sea para mostrarles que no son los únicos listillos, con el monopolio del pensamiento, y evidenciar también, que acaso ocultamente, simplemente se dedican a difundir sus propios intereses, la propia ideología hábilmente camuflada de indignación periodística.

¿Qué nos dicen estas autorizadas voces periodísticas y políticas sobre la visita papal? Que se trata sólo de un manido espectáculo “Televisa” (una especie de “Reaiity”), con “la Gaviota” incluida, para dar el espaldarazo al gobierno de Peña Nieto. Una bocanada de oxígeno en medio de la crisis nacional, crisis de seguridad, económica y corrupción, causada por la incompetencia del sistema, o peor aún, por su complicidad. En palabras de estas “autorizadas voces”, por ejemplo, el Papa tendría que haberse pronunciado valientemente sobre Ayotzinapa, reuniéndose con los padres de las víctimas, o por lo menos, debería haberse reunido con las víctimas de la pedofilia clerical, entre otras cosas que Francisco debería haber hecho y no hizo, siempre, claro, según su autorizado criterio. El típico ejemplo del que no va a misa, quizá ni cree en Dios, pero con infalibilidad enseña lo que debe hacer el Papa.

Resulta irónico que quienes tan autorizadamente pontifican sobre los que el Papa tendría que haber dicho o hecho en el viaje, suelen ser los primeros que cuando algún obispo lanza tímidamente alguna opinión sobre el gobierno o la realidad del país, por ejemplo en rubros como la defensa de la vida, la familia, el trato a los emigrantes, las injusticias sociales, etc., son los primeros en lanzar el grito al cielo, escandalizados, vociferando frenética y obsesivamente: “¡estado laico!, ¡estado laico!, ¡estado laico!”. Obviamente, para ellos son inadmisibles estas clericales injerencias en la vida política del país, y con frecuencia pasan del lamento histérico a la denuncia judicial, pues se consideran apóstoles de la laicidad estatal.

Son los mismos, también, que se indignan si algún extranjero osa expresar su opinión sobre el sistema político mexicano. Les falta tiempo para rasgarse las vestiduras y gritar convulsivamente: “¡soberanía!, ¡soberanía!, ¡soberanía!”. No necesitamos que ningún extranjero nos venga a decir qué tenemos que hacer y cómo, somos “mayores de edad”, autónomos y autosuficientes, y si alguien comete el error y “pisa el palito”, le aplicamos el artículo 33, e indignados, lo devolvemos a su casa. Pueden preguntarle a Mario Vargas Llosa cuando habló de la “dictadura perfecta”.

Pero estas personas tienen escasa memoria o poca coherencia, o las dos cosas juntas y ahora le exigen a Francisco que sea valiente y denuncie la incompetencia del gobierno, ponga en berlina a Enrique Peña Nieto, y se convierta en un actor político más dentro del país. No dan ningún valor a lo que hizo ni a lo que dijo, sino a lo que no hizo y dijo, lo cual, casualmente, coincide con sus propias opiniones e intereses. El pecado imperdonable de Francisco es no permitir ser utilizado como peón en el tablero político del país; peón (¿Alfil?), claro está, bajo la bandera de estos afamados críticos.

Muy bien, pero cabe preguntarse, ¿es esa la función del Papa? No es más bien la nuestra, la de los mexicanos, ¿por qué le exigimos que haga nuestra chamba?, ¿por qué le pedimos que critique al gobierno que nosotros mismos elegimos? ¿No es más bien su misión de otra índole? ¿Qué hizo Francisco? Inyectó una fuerte dosis de esperanza en un país cansado de escuchar exclusivamente tragedias. Quizá esto es lo que más fastidió a esos intelectuales y periodistas, corifeos de la desgracia, pues según ellos los medios están hechos para difundir horror, derramar abundante amargura y bilis sobre la gente. Francisco ha conseguido que difundan esperanza, y le ha dado voz a los que esos medios sistemáticamente ignoran, por considerarlos irrelevantes: los presos, las madres solteras, los matrimonios que luchan por mantener la muta fidelidad, los niños con cáncer, las parejas disfuncionales. En esto ha sido revolucionario, y el resultado es que los mexicanos están felices (excepto ellos). Pero ¿no se beneficia Peña Nieto de todo esto? Si no es tonto, lo hará, pero eso no es problema ni culpa de Francisco.

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