Algor-ética, por P. Mario Arroyo

«La Inteligencia Artificial (IA), como toda actividad humana, no debe sustraerse de la perspectiva ética. Tiene carácter de medio, uno muy poderoso para cambiar el mundo y nuestras vidas. Nos corresponde a nosotros dirigirlo, de forma que sea para bien de la humanidad y no en su detrimento».

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El tema de la inteligencia artificial (IA) está candente y no deja de ser inquietante. Un ejemplo de ello son los panoramas distópicos que describe Yuval Noah Harari en su trilogía —especialmente en  Homo Deus— sobre el futuro o más bien el fin de la humanidad, causado por una IA fuera de control.

La relevancia del problema ha permeado incluso en los salones vaticanos y la Pontificia Academia para la Vida ha firmado un documento al respecto aprobado por el Papa Francisco, junto con Microsoft, IBM y la FAO. Se trata del “Llamamiento de Roma a la Ética de la Inteligencia Artificial” (Rome Call for AI Ethics, 28 de febrero de 2020). Aunque incipiente, no deja de ser un paso importante frente a un gran tema de nuestro tiempo.

A más de un año de su publicación no ha perdido nada de su actualidad. Por el contrario, se ha buscado una sinergia más amplia, que sirva de incluso como herramienta de diálogo interreligioso, involucrando a representantes de otras religiones: monoteísta, judíos y musulmanes para reflexionar.

El Papa Francisco, en noviembre de 2020, eligió la ética de la IA como su intención de oración mensual (“Recemos para que el progreso de la robótica y la Inteligencia Artificial esté siempre al servicio del ser humano”) y elaboró un sugerente video sobre ello.

La IA, como toda actividad humana, no debe sustraerse de la perspectiva ética. Tiene carácter de medio, uno muy poderoso para cambiar el mundo y nuestras vidas. Nos corresponde a nosotros dirigirlo, de forma que sea para bien de la humanidad y no en su detrimento.

Ahora, al encontrarnos en los albores de ese desarrollo —porque está llamado a crecer en forma muy acelerada— estamos todavía a tiempo de tomar decisiones y encauzar las investigaciones, poniendo determinados candados para que sirvan efectivamente y no suplanten a la humanidad.

Las recomendaciones morales que ofrece el documento son muy generales. Es un primer paso tímido, pero necesario si va en la dirección correcta. Para que el avance tecnológico se alinee con el verdadero progreso de la raza humana y el respeto por el planeta, debe cumplir con una serie de requisitos.

Entre ellos se encuentra lo siguiente: “Incluir a todos los seres humanos sin discriminar a nadie;tener el bien de la humanidad y el bien de cada ser humano en su corazón, conocer la compleja realidad de nuestro ecosistema y caracterizarse por la forma en que cuida el planeta. Además, cada persona debe ser consciente de que está interactuando con una máquina.”

Efectivamente, el Papa señala en su video que “si el progreso tecnológico aumenta las desigualdades, no es un progreso real”. Es decir, todos debemos beneficiarnos de la IA. No debe servir de instrumento para segregar a una parte de la población, normalmente los más pobres y marginados.

Ahora bien, no vaya a pensarse que se afronta el problema de la IA desde una perspectiva exclusivamente preventiva con un marcado cariz negativo; por el contrario, también se aborda con una mirada esperanzadora, pues se espera que para el 2050 seamos diez mil millones de seres humanos y solo gracias a esa IA va a ser posible alimentarlos a todos. Tiene sus pros y sus contras, pero reclama urgentemente tomar cartas en el asunto, antes de que se nos vaya de las manos.

El documento concluye definiendo la “algor-ética”, según los siguientes principios: “1. Transparencia: las bases tienen que ser explicables; 2. Inclusión: tener en cuenta las necesidades de todos los seres humanos; 3. Responsabilidad: quienes diseñan e implementan la IA deben proceder responsablemente; 4. Imparcialidad: no actuar de acuerdo a prejuicios, salvaguardando así la equidad y la dignidad; 5. Fiabilidad; 6. Seguridad y privacidad”.

Con solo enunciarlos se ve que todavía falta mucho por hacer o que se trata de una aspiración ideal. Es preciso tener claro el fin, a dónde queremos llegar y  cómo queremos vivir, antes de que los cambios tan vertiginosos de nuestra tecnología inviertan el sentido y en vez de que esté a nuestro servicio, nosotros nos volvamos obsoletos frente a ella. Todavía estamos a tiempo de evitar que las tétricas profecías de Harari se hagan realidad.

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