Alquilo mi piel, por Javier Ponce Gambirazio

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La calle se hace en la calle. En el puerto, donde el hedor de las letrinas acoge a los indeseados que la ciudad orina. Ni siquiera en el basural más puerco, los condenados pasamos desapercibidos porque siempre aparece una voz que acusa, una piedra que perturba. Pareciera que mientras más se tiene, más se necesita agredir. Como si la riqueza se pagara con prejuicios o la civilización fuera un acto de estupidez.

No uso nombre de batalla porque mi identidad ya es bastante falsa. Un niño dulce para quienes alquilo mi piel y una fiera para la competencia. La amistad no existe. Ni siquiera una mano que ayude a levantarme cuando alguien destruye lo que cuesta tanto erigir. Libre de sueños o decepciones, aprendo a recibir los escupitajos de quienes piensan están a salvo de parecerse a mí. Esquivo botellas, celebro los insultos y aprendo a correr cuando aparece la policía. Pero a veces huyo sin éxito.

En medio de nada, al costado de todo, sorbo mocos de dolores conocidos, lanzo primeras piedras contra mí mismo y entonces sucede. Algo se mueve. Una música de indiscutible sinceridad. Un cliente. La propia piel de adentro, aquella envoltura perfecta que no puede tatuarse de infamias terminales, se queda escondida detrás de algún arbusto y con el resto de mi cuerpo, doy tranquilidad a quien me paga. Miro con distancia mis encuentros y emerjo del remolino de emociones bastardas para recuperar la manera de acariciarme. Con el dinero apretado en la mano, agradezco que queden pocas cosas capaces de herirme.

Vender mi cuerpo me enseña a ver a la gente tal cual es. Sólo gente. De vez en cuando aparece un hombre que ha perdido la mano en un accidente. Mi única obligación es lamerle el muñón que previamente unta con helado, mientras se masturba con la mano que le queda. Es tan hermoso el caballo, como su reflejo en el agua. Nunca veo viejos, ni gordos, ni tipos feos. Sólo personas en distintos momentos de su vida, pasajes fugaces que se diluyen para abrir paso a nuevos cadáveres y recuerdos por estrenar. Ellos, agobiados por su presente, ven a un niño, no a un semejante. Sin embargo, sé que me desprecian, porque son capaces de confesar sus verdades y mostrar la cara más sincera y castigada. Triste tener que pagar para ser honesto.

He transitado por ambas aceras y puedo decirlo. La diferencia entre venderse vestido de mujer y hacerlo de hombre, es el miedo. Las putas aparecen en las páginas policiales sin nombre, sin rostro. Una muerte que nadie lamenta. Que muchos festejan. El cliente de la puta se siente superior. Exige rebaja, ordena, tira el dinero en la cara y mata. Las putas siempre tienen miedo. Los putos, no. El cliente de otro hombre corre peligro, va con cuidado y paga lo acordado para no ser puesto a la luz. Es parte del trato, mi silencio cuesta. En nuestro caso, el cliente es quien hace lo incorrecto y teme ser asesinado. Yo me prostituyo por dinero, pero ellos acuden a mí por placer. Estúpida coartada. Pero así funcionan las cosas.

Esto no es muy distinto de lo que hace cualquiera. El mundo laboral. Una satisfacción ajena depende de mí. Sacrifico mi tiempo, cierro los ojos a las cosas desagradables y recibo dinero a cambio. El trabajo en sí mismo es pocas veces feliz. Por eso me pagan. Pero también robo. Porque nunca pagarán lo suficiente.

Extracto de mi novela EL CHICO QUE DISTE POR MUERTO, Ediciones Zut, Málaga España 2013

Imagen: JADE RIVERA

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