Amanecer en Normandía, por Alfredo Gildemeister

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Recuerdo cuando hace unos años, una amiga me invitó a un almuerzo por su cumpleaños en un conocido restaurante de Lima. Entre los invitados estaba una de sus tías mayores, que vivía en los Estados Unidos. Cuando me presentó a su tía, una señora mayor muy simpática y conversadora, me presentó a su esposo, un gringo de edad avanzada pero muy bien conservado pues era alto y como diríamos en el Perú, un viejo bien parado. Le calculé más de ochenta años. Mi amiga, al presentarme al esposo de su tía, le explicó que a mí me gustaba la historia, en especial la Segunda Guerra Mundial. “¡Uy! Entonces estas de suerte -comentó la tía-, pues estás ante un veterano del día D” y señaló a su esposo. Lo miré asombrado de arriba a abajo. Me parecía increíble estar ante un veterano del famoso desembarco en Normandía. Nos sentamos a almorzar y una vez terminado el almuerzo, no me pude aguantar y le pregunté a bocajarro que me contara su experiencia de ese día, de aquel famoso 6 de junio de 1944, el famoso “Día D”. Todos lo escuchamos en profundo silencio.

“Habíamos estado esperando con ansiedad ese día. Desde el 1 de junio, mis compañeros y yo, nos encontrábamos en situación de alerta. En cualquier momento nos daban la orden de desembarcar. Pero el tiempo no mejoraba. Finalmente, al anochecer del 5 de junio el clima mejoró y Eisenhower dio la orden. Éramos ciento treinta mil hombres a bordo de la flota invasora. Cientos de embarcaciones en el mar, entre estos trescientos buques de guerra entre acorazados, monitores, cruceros, destructores y corbetas. Aquella noche unos jugaban cartas, otros trataban de aprender alguna frase en francés, otros escribían la última carta a sus familiares y algunos leían la Biblia. Pasada la una de la madrugada, tomamos desayuno: huevos revueltos con tocino, jugo, panqueques y helados. Luego del desayuno nos pusimos el pesado equipo. Me sentía muy nervioso, como todos. Cerca de las cuatro de la madrugada, nos reunimos en cubierta. Bajamos a las lanchas de desembarco arrimadas al costado de nuestro buque. No fue tarea fácil puesto que la marejada movía las lanchas y cada uno cargaba un equipo muy pesado, armas y municiones. Podías caerte al mar. Finalmente me ubiqué en la lancha. Ésta se alejó del buque y prendió sus motores. La costa se veía oscura y aún lejana. A los pocos minutos los buques de guerra comenzaron a hacer fuego hacia la costa. Una cortina de humo y fuego cubrió la lejana costa. La armada bombardeaba el famoso “Muro del Atlántico” de Hitler: un entramado de enormes cañones, bunkers y trincheras a lo largo de toda la costa francesa. Había que destruirla.

Mientras navegábamos muchos comenzamos a sentirnos mareados y con nauseas. El pesado desayuno se nos vino encima y muchos comenzamos a vomitar fuera de borda, hacia un costado o en el casco. Un par de compañeros se orinaron en el uniforme. Todos sentíamos temor y nervios. El suelo de la lancha era resbaladizo por los vómitos y el agua salada. El cielo empezó a clarear. El bombardeo y la luz del amanecer ya estarían anunciando a los alemanes nuestra llegada. En esos momentos las lanchas con lanzacohetes comenzaron a disparar, pero sus cohetes caían en la orilla. Luego los tanques Sherman comenzaron a bajar al mar, pero éste estaba tan agitado que, pese a sus flotadores, el agua ingresaba al interior de los tanques y se hundían uno tras otro con sus tripulaciones. Al acercarnos a la playa Omaha -que era la que nos tocó a la Primera División de Infantería a la que pertenecía- ésta era un infierno. Los bombardeos aéreos habían fallado púes sus bombas cayeron lejos de los objetivos tierra adentro y el bombardeo naval fue demasiado breve y no destruyó las fortalezas de concreto con sus grandes cañones y nidos de ametralladoras. Todas las defensas alemanas estaban intactas cuando se abrió el portón de nuestra lancha. Atiné a persignarme y aferrarme a mi fusil.

No bien se abrió el portón de la lancha, un agudo ruido metálico nos envolvió. Era la lluvia de balas que nos recibió. Tres compañeros delante de mí se desplomaron al piso de la lancha, fulminados. Algunos procedieron a tirarse por el costado de la lancha. Yo hice lo mismo. Sin embargo, al caer al mar, no tenía piso y el peso del equipo me hundía. Aguantando la respiración, procedí a sacarme la mochila, arrojar el fusil y el casco inmediatamente. Observé bajo el agua el trazado de las balas de las ametralladoras alemanas y los cuerpos de algunos compañeros muertos o ahogados por el peso del esquipo. Pisé fondo y me impulsé con fuerza. Observé varias lanchas hundiéndose, incendiándose o encalladas en los bancos de arena. Pude llegar a la playa, pero la mayoría de mis compañeros estaban muertos, heridos o ahogados. Corrí tan rápido como pude y me ubiqué detrás de una de las cruces de hierro de defensa que los alemanes pusieron en la playa. Me apoderé del rifle de un compañero muerto y de su casco. La playa era lisa. No existían cráteres por las explosiones donde cubrirse. Las ametralladoras enemigas y sus cañones arrasaban con nosotros. Corrí hacia una pequeña duna y allí me quedé a cubierto con otros compañeros. Imposible moverse, pero teníamos que movernos. Las playas eran muerte segura. Así lo hice y me adentré al pie de los bunkers hasta que desembarcaron los zapadores, los cuales después de varios intentos, volaron dos nidos de ametralladoras y un bunker. Avancé disparando mi fusil. Luego de arrojar varias granadas al interior de uno de los bunkers, dos alemanes se me rindieron con los brazos en alto. Los llevé a la retaguardia. Lo demás ya es historia. Sólo pensaba en mi familia y en Dios. Fue un día terrible que nunca olvidaré en mi vida”.

Esta fue la historia que nos contó este veterano. Todos los presentes guardamos respetuoso silencio y nadie comentó nada. Mi mente no podía imaginar el horror de ese terrible día y lo vivido por este hombre, hace hoy setentaicuatro años, el famoso día D, un amanecer más en Normandía.

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