Amar y trabajar, por Javier Ponce Gambirazio

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Siempre he sido muy crítico de toda la verborrea freudiana de la envidia del pene y el temor a la castración, de su explicación del comportamiento basado en inconscientes inaccesibles, así como de sus oscuros métodos terapéuticos. Pero hay que reconocerle a Freud algunas frases geniales. Cuentan que un periodista le preguntó un día cómo definía a una persona sana. “Alguien capaz de amar y trabajar”, respondió.

Amar en el sentido amplio de la palabra, construir afectos, relacionarse con los demás, sentirse querido y poder querer. Y trabajar como una actividad a cambio de la cual se recibe dinero como medio de valoración y reconocimiento de lo que se es capaz de aportar a la sociedad. Dos aspectos que revelan el nivel de funcionalidad y adaptación hacia el cual están orientados todos los procesos de socialización y educación. Vivir como adulto: respetar y ser respetado, valorar y ser valorado, construir una vida con el trabajo y los afectos.

Pero hay un grupo para quien este discurso parece no haber sido escrito. Es el segmento que más ataques recibe, que menos aceptable aparece en cualquier tejido social y que es víctima de más crímenes de odio: las mujeres transexuales. Mujeres que nacieron con cuerpos biológicos que no corresponden con su identidad de género y que para solucionar esa discordancia, recurren a todas las estrategias para reconstruir su aspecto externo hasta que finalmente su cuerpo coincida con lo que ellas son.

Amar y trabajar. ¿Difícil para una chica transexual, no?

¿Cómo se supone que ame si se sabe rechazada, si fue despreciada por su familia, si no se siente cómoda en su propio cuerpo? ¿Cómo construye afectos si, luego de un largo historial de agresiones, desconfía? ¿Cómo no desconfiar si sabe que mucha gente lo único que busca es su dinero? ¿Cómo encontrar quien se deje querer? ¿Cómo no volverse suspicaz?

¿Cuál es el mundo laboral de una transexual? ¿Cómo se supone que tenga una carrera si fue echada de su casa sin derecho a la educación? ¿Qué experiencia laboral va a esgrimir si nadie la contrata? Quienes emprenden el cambio externo más tarde son prueba clara de este súbito ostracismo en donde el aspecto define la actividad laboral. Como si el hecho de dejarse crecer el pelo, ponerse tacones o usar maquillaje, borrara todo el historial académico y laboral previo a la transformación.

¿Qué les queda? En el Perú tienen tres alternativas: el show en la discoteca, la peluquería o la prostitución. Y como la transexualidad como fenómeno biológico no tiene nada que ver con el talento artístico o las destrezas manuales para la peluquería, muchas veces queda la prostitución como única opción.

¿Y para amar? En muchos casos, las familias les permiten formar parte de la trama afectiva, siempre y cuando se ocupen del cuidado de la madre, asuman el costo de la educación de algún sobrino y se hagan cargo de los costos fijos e imprevistos de la casa. En resumen, deben pagar también para poder amar. Y esta siniestra exigencia de dinero forma parte de la presión hipócrita que se ejerce hacia la prostitución.

Cuán urgente será esa necesidad de reconocerse en la imagen que se proyecta que, a pesar del peligro que supone exponerse, hacerse visibles y por lo tanto vulnerables al maltrato, siguen por ese camino que las condena a la marginación. Como si esa variación natural en la que no tuvieron ninguna responsabilidad, ni elección, las convirtiera en enemigas, en antisociales, en criminales o en completas incapaces para desenvolverse en cualquier actividad de la vida normal.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.

Fotografía: http://www.revistaanfibia.com/cronica/fluidos-trans-arte-y-performance-queer/