América Latina y su miedo a vivir en libertad, por Raúl Bravo Sender

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El psicoanalista judío-alemán Erich Fromm en su libro “El miedo a la libertad”, explicó las razones psicológicas por las cuales, tanto el europeo de la transición del medioevo hacia la modernidad como el alemán de la época del nacional socialismo, tuvieron la predisposición de renunciar a la libertad y someterse a poderes ilimitados. La conclusión del autor es que ambos individuos experimentaron la impotencia de saberse responsables de sí mismos frente a un nuevo e incierto escenario. Por lo que resolvieron confiar sus existencias al poder estatal. Pues bien, ello es lo que está experimentando actualmente América Latina, pero con otros matices.

Los latinoamericanos estamos renunciando a vivir en libertad por nuestra incapacidad de asumir la otra cara de la moneda llamada libertad: la responsabilidad. Desde los inicios republicanos no nos hemos despercudido del espíritu de servidumbre heredado de la colonia, y que nos impulsa a doblegarnos a poderes externos, pues lo esperamos todo del gobernante en quien encontramos el placebo de la seguridad. Lo más triste es si bien estos manifestantes exigen libertades, no se dan cuenta que están colocándose la soga al cuello, pues están justificando los motivos y razones para empoderar a los dictadores.

Se ha denunciado públicamente el fracaso del neoliberalismo en la región. Ciertamente tienen razón. Pues si con ese término quieren referirse a los postulados de la democracia liberal y del capitalismo democrático, en puridad nunca han regido entre nuestros pueblos. La izquierda latinoamericana –tributaria del “Foro de Sao Paulo”-, apelando a su viejo estilo de buscar oponentes con los que rivalizar, y de querer representar minorías para mantenerse vigente, pretende hacernos creer que la culpa de la actual crisis de algunos países la tiene el liberalismo.

Subsidiar los combustibles con el dinero de los contribuyentes, como le exigieron los manifestantes ecuatorianos al gobierno de Lenin Moreno –el cual tuvo que dar marcha atrás en su eliminación-, o fijar –y congelar- por decreto el precio del transporte por metro como le han demandado –entre otras cosas- los manifestantes chilenos a la gestión de Sebastián Piñera-, no es nada liberal. Si Chile y Ecuador se han desbordado socialmente, ello se debe a la negación de aceptar que el mercado puede solucionar problemas que los gobiernos son incapaces.

Es penoso ver como todo lo construido con sacrificio por tantas generaciones, está siendo echado por la borda de un tiro por la turba de incivilizados protestantes chilenos. La irracionalidad no tiene límites. Ciertamente las personas tienen derecho a manifestarse, pero en democracia. Y también lo es que pueden hacer pliegos de demandas. El punto se centra en establecer hasta qué grado es moralmente permitido que el gobierno –con el dinero de todos los contribuyentes- asuma los costos generados por otros.

Hoy más que nunca, con un Evo Morales en Bolivia que pretende perpetrarse en el poder por cuarta vez consecutiva –en medio de unas elecciones cuestionadas por fraude-, y una Argentina que sucumbe nuevamente ante el peronismo, América Latina tiene el desafío de asimilar a la libertad en toda su dimensión. La doble moral nos gana, pues mientras el socialismo del siglo XXI justifica las represiones chavistas a las manifestaciones populares que quieren un cambio de gobierno, condenan al régimen de Piñera de dictadura por sólo cumplir su función de resguardar el orden y la seguridad.

Ese es el legado del socialismo, el cual se reivindica en la región estas protestas sociales que constituyen un duro golpe a la estabilidad democrática. Y los partidos que siguen esta línea, aspiran a implementar su proyecto político de entornillarse eternamente en el Estado, colocando a los demás poderes a su servicio, eliminando a la oposición y a los medios de comunicación y, disminuyendo moralmente a sus conciudadanos al reducirlos a la mera condición de usuarios –o mendigos- de los clientelistas programas sociales, dando lugar a la corrupción. En el Perú, hay que señalar a quienes se adhieren a este programa.

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