Angela y Jean-Claude: Integración Europea, por Enrique Banús

442

Contaba un colega de Nueva Zelanda que habían hecho un importante sondeo en varios países de Asia y el Pacífico. Una de las preguntas se refería a los líderes de las instituciones europeas: quién mandaba en las instituciones europeas, por decirlo llanamente. Un porcentaje importante respondió que Angela Merkel… quien, como se sabe, no está en las instituciones europeas. Hay una cierta conciencia de que en el fondo es Alemania la que decide también en el plano europeo. Y Alemania, de momento, es Angela Merkel, a pesar de que en estas últimas semanas su prestigio está sufriendo una serie disminución. 

No es fácil entender el raro equilibrio institucional en que se basa la integración europea, un equilibrio establecido en los años cincuenta del siglo pasado por los políticos que se suelen denominar “padres de Europa”. Quisieron que, a diferencia de las demás organizaciones internacionales, las Comunidades Europeas se basaran en una cesión controlada de soberanía. El Estado moderno se basa, en efecto, en una categoría fundamental: la soberanía, o sea, la capacidad de regular su vida sin injerencias externas. Los Adenauer, De Gasperi, Schuman, Monnet… pensaron que, si algunos estados europeos se unían, se podrían evitar más guerras en Europa, siempre y cuando cedieran una parte de sus competencias a esas nuevas Comunidades que, a su vez, solo tendrían vida propia si disponían de unas instituciones que no dependieran totalmente de los Estados. Así acaban surgiendo el Consejo de Ministros, el Parlamento Europeo, la Comisión Europea, en Tribunal de Justicia…

Y desde los inicios habrá épocas de mayor sintonía entre gobiernos nacionales e instituciones europeas y otros, de una mayor distancia. Esto se refiere básicamente a la Comisión Europea, institución en que se trabaja el día a día de la integración y de las que salen las propuestas legislativas que luego han de aprobar el Consejo y el Parlamento en comandita. Habrá también momentos en que los gobiernos (o algunos de ellos) asumen el protagonismo y la Comisión trabaja básicamente como un equipo de técnicos, y otros en que la Comisión haga política. Esto depende en buena parte de la personalidad del Presidente de la Comisión, nombrado por los gobiernos. O sea, depende también -y mucho- de la voluntad de los Estados y el espacio que concedan al Presidente.

Las personas independientes (académicos, periodistas) favorables a la integración europea recuerdan nostálgicamente la “era Delors” (1885-1895), los años en los que, bajo la guía de este extraordinario político y con el permiso de dos pesos pesados como eran Mitterrand en Francia y Kohl en Alemania, la Comisión se lanzó a favor de un acción eficaz y fuerte para crear por fin el Mercado Interior, previsto para 1968 y no realizado hasta 1992. Tras Delors vino la Comisión del luxemburgués Jacques Santer, castigada por la mala gestión del caso de las “vacas locas” y la corrupción de una de sus miembros. Luego, la del italiano Romano Prodi, un “professorone” que nunca supo descender de las alturas y superar la tristeza de tener que vivir en un ciudad de eterna grisura como es Bruselas. Luego, diez largos años del complaciente portugués Durao Barroso, poco peso para una Angela Merkel todavía en pleno disfrute de su prestigio.

Desde 2014 asumió la Presidencia Jean-Claude Juncker, durante 29 años, Primer Ministro de Luxemburgo, dispuesto a repristinar el brillo político de la Comisión. La crisis económica y sobre todo la crisis griega fue el campo que le pareció adecuado para ello. Así metió a la Comisión en la “Troika” que había de negociar con el gobierno griego – para muchos analistas, un error, pues en ningún momento llevó la voz cantante y sin embargo participó del desprestigio de no haber sabido resolver con solvencia esa situación. Hubiera sido mejor -dicen los críticos- que lo arreglaran los Estados y la Comisión saliera indemne de ese penoso episodio. Además, con esto la Comisión entra en un campo en que la competencia europea no está tan clara. Mejor sería-dicen los críticos- que Juncker se centre en ejercer de verdad, con iniciativas importantes, el rol que le atribuyen los tratados fundacionales: “guardián” del núcleo de la integración europea.

En cualquier caso, Juncker, que viene de ejercer un poder fáctico como presidente del Eurogrupo, al que pertenecen lis países que cuentan con el euro, no parece dispuesto a jugar un papel más bien decorativo. Hay un hecho pequeño pero significativo: hace unos meses, en la Comisión cambió la inmensa mayoría de directores generales. Ellos son quienes están a pie de obra y marcan el día a día. Son nombrados teniendo en cuenta múltiples factores, como un cierto equilibrio entre nacionalidades. Pues bien, este último cambio se ha hecho dando el protagonismo a los propios miembros de la Comisión, que han podido seleccionar, entre las personas cualificadas, a aquella con la que creen poder trabajar mejor. No es una gran política, pero es una señal clara.

No habrá “choque de trenes”, indudablemente. Juncker no es un insensato. Pero tampoco es un político bisoño que se conforme con cualquier cosa. Y Angela, aun debilitada internamente, es mucha Angela.