Aniversario de la última defensa de Lima (II), por Oscar Balladares

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Y llegó el 15 de enero de 1881. Expectativa e incertidumbre. El dictador Nicolás de Piérola negociaba con diplomáticos extranjeros en la casa de Guillermo Schell, alcalde de Miraflores, una posible salida al conflicto. ¿Habría paz o una nueva batalla? ¿Ganaríamos esa batalla? ¿Qué pasará con Lima y nuestras familias si perdemos? ¿Cómo detener a un enemigo curtido y confiado por tantas batallas ganadas? ¿Sobreviviremos? ¿Por qué tendríamos que ganar esta batalla si hemos perdido en casi todas las anteriores? ¿Qué pasará mañana? ¿Viviremos mañana? Nada importaba, había que defender la capital y la dignidad del país. El tiroteo y los cañonazos interrumpieron la reunión del dictador. Había comenzado la Batalla de Miraflores.

Se cometieron muchos errores antes de los días 13 y 15 de enero de 1881. También el año anterior, e incluso antes y durante toda de la guerra. Fue una guerra con muchas oportunidades perdidas. Remitámonos a los errores más cercanos. Nicolás de Piérola tiene el mérito de haber conseguido convocar y organizar un ejército capaz de defender Lima, pero también el gran demérito de haberlo hecho muy mal, y haber tomado medidas, decisiones y, sobre todo, abstenciones, con resultados verdaderamente nefastos. Para comenzar, puso al mando principalmente a militares políticamente afines a él, antes que a los más capaces y experimentados.

¿Qué otros errores? “Que los chilenos van a venir por el norte.” Desembarcaron en el sur, ¡a improvisar trincheras! “Su excelencia, hay atacarlos al desembarcar.” ¡Nada! El ejército invasor desembarcó tranquilamente en Pisco y en Curayacu (actual playa Embajadores). “Que no es bueno hacer dos líneas de defensa, muchos soldados pueden huir a la segunda línea sin intentar resistir en la primera.” ¡Hicieron dos líneas de defensa! “¡Fortifiquemos el cerro San Cristóbal! Coloquemos allí a los mejores artilleros y pongámosle mi nombre: Ciudadela Piérola.” Desperdicio de recursos y hombres que pudieron servir en San Juan, Chorrillos y Miraflores. “Están ebrios y se han desbandado incendiando y saqueando Chorrillos, se están peleando entre ellos, es la oportunidad para atacar”. El dictador se negó a autorizar el ataque sorpresa solicitado por Cáceres y Canevaro, que, aunque no hubiera sido determinante, podría haber significado un buen golpe al enemigo.

Se ha dicho mucho acerca de la Batalla de Miraflores, se han escrito decenas de libros de historia y novelas, se han hecho cortos y documentales. Estaría demás intentar dar una descripción académica de la batalla en sí, eso dejémoselo a los especialistas, pero comentemos algunos datos interesantes.  Por ejemplo, a diferencia de la Batalla de San Juan y Chorrillos, donde el ejército chileno atacó a la línea peruana en toda su extensión, en Miraflores no fue así. Por eso fue batalla de Miraflores, porque el ataque se concentró principalmente allí. De los doce reductos existentes entre Miraflores y Ate, sólo participaron 5. Esto significa que gran parte de nuestro ejército no se movió de sus puestos mientras se combatía en Miraflores, exactamente 11 batallones.

Imaginemos pelear con desesperación en la batalla, echar en retirada más de una vez al enemigo, y ver cómo se van acabando las balas y que cada vez hay más muertos y heridos de nuestro lado… Y no recibir ayuda de la otra mitad del ejército, que está al costado, intacta, sin recibir ni una sola orden para ayudar en algo a los que combaten en Miraflores. Con Cáceres logramos hacer retroceder más de una vez a los chilenos hasta Barranco. Y no se recibió refuerzos. Ni de la reserva ubicada en los otros reductos, ni del ejército de línea apostado entre las trincheras de ese otro sector, ni de algunos batallones de la Marina mantenidos en el Callao durante la batalla. Estamos hablando de alrededor de 6000 hombres uniformados y armados inútilmente. Y cuando ya quedaban pocas balas, y por fin le llega munición a los defensores de Miraflores, esta es, inoportunamente, incompatible con los fusiles.

La reserva, el ejército y la infantería de marina que se mantuvo combatiendo entre los primeros cinco reductos, es decir, los que pelearon en la Batalla de Miraflores, fueron hombres verdaderamente heroicos, que literalmente se inmolaron por defender a la patria. Un ejemplo dramático: de los 500 soldados y 30 oficiales del Batallón Guarnición Marina, comandado por Juan Fanning, perecieron 400 soldados y 24 oficiales, incluyendo a su comandante. Por otro lado, el mismo Cáceres perdió a su caballo y quedó gravemente herido tras la batalla. Más datos: La tropa del Reducto Número Uno, ubicado en Larcomar, estaba compuesta por empresarios, comerciantes y gente dedicada a las finanzas, entre ellos se encontraba un joven Guillermo B. Leguía, futuro presidente de la República. La tropa del Reducto Número Dos, ubicado en el actual Parque Reducto (Benavides con Paseo de la República), estaba compuesta por abogados y empleados del poder judicial, su comandante era el ex Ministro de Justicia y ex Presidente de la Cámara de Diputados, Ramón Ribeyro, ¡abuelo del extraordinario Julio Ramón Ribeyro!

La única orden que Piérola dio a los soldados de los batallones peruanos que se mantuvieron al margen de la batalla fue que se vayan a sus casas cuando ésta ya estaba casi perdida. Todos aquellos hombres y sus armas, hubieran podido servir en Miraflores o posteriormente la Campaña de la Breña. En Miraflores fueron heridos de muerte dos hijos de Bolognesi, Enrique y Augusto. Al igual que en los partidos de la selección de futbol, el uniforme de nuestro ejército de línea era principalmente blanco (el de la Reserva era azul), mientras que el de los chilenos era, principalmente, azul con rojo. Teníamos un tren blindado, la “batería rodante”, que conducía a las tropas desde el centro de Lima hasta el frente, y que llegó a tener participación en la batalla. ¿Por dónde pasaba ese tren? Por la actual Vía Expresa.

La batalla se prolongó hasta las 6pm de aquella tarde de verano, cuando ya sin municiones ni refuerzos los sobrevivientes de los distintos batallones que aguantaron tanto tiempo se fueron retirando, diezmados por un enemigo superior en número apoyado por los cañones de su escuadra. Quienes permanecieron hasta el final en los reductos,  seguramente bajo ese cielo anaranjado rojizo típico de los atardeceres de enero, ya sea protegiendo la retirada de los demás o en heroica obstinación ante la inminente derrota, fueron masacrados por la defensa de su patria. De acuerdo con Basadre, en Miraflores combatieron 2 500 hombres de la Reserva junto a 3000 del ejército activo, de los cuales tuvimos alrededor de 3000 bajas. Por su parte, los chilenos, quienes al final de la batalla habrían tenido a cerca de 8000 hombres concentrados combatiendo los últimos reductos, habrían sufrido más de 2 000 bajas.

A la madrugada siguiente, para evitar que nuestros barcos caigan en manos del enemigo, se ordenó el incendio y hundimiento de los restos de nuestra escuadra. Ese fue el final de la heroica corbeta Unión (cuyo palo mayor actualmente se encuentra al inicio del malecón de La Punta, en la Escuela Naval, enarbolando nuestra bandera), del monitor Atahualpa, de los transportes Rímac (capturado a los chilenos en 1879), Limeña, Oroya, Marañón y Chalaco, y de nuestras lanchas torpederas. Lo que siguió fue la ocupación de nuestra capital, que no fue destruida gracias a la intervención de las potencias extranjeras. Había culminado la Campaña de Lima, y la bandera de la estrella solitaria flamearía trágica y humillantemente sobre nuestro Palacio de Gobierno hasta fines de 1883. Reflexionemos sobre aquellos luctuosos acontecimientos, probablemente tenemos algún antepasado que combatió allí.

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