Antídoto contra las promesas incumplidas, Gonzalo Ramírez de la Torre

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Una característica que parecen compartir todos los políticos que han sido elegidos para ejercer un cargo público es que, cuando se hace un balance de su gestión, mucho de lo que prometieron cuando competían por el poder no termina por concretarse. Esta circunstancia, sin duda, contribuye a la imagen popular del político deshonesto que traiciona su palabra y que solo se preocupa por los beneficios personales que el cargo le puede procurar.

Nadie va a cuestionar que este comportamiento se ha hecho típico en nuestra clase política y, así, es fácil de comprender la constante desilusión a la que están condenados los ciudadanos. Sin embargo, la solución a dicho dilema es harto sencilla, pues, a través del poder del voto, una persona puede castigar a aquella que defraudó la confianza antes entregada, privándolo de volver a ejercer un cargo, por ejemplo. Pero claro, las cualidades correctivas del sistema electoral resultan fútiles si los ciudadanos vuelven a empoderar a los mismos mentirosos de siempre, como sucede en nuestro país. Lo que deja claro que si tenemos malos gobernantes es porque los elegimos.

Cualquier persona mínimamente sensata entendería que el remedio a esta enfermedad está ahí, en buscar concientizar a los ciudadanos para que dejen de elegir a los mismos malos líderes. Sin embargo, existen congresistas como el señor Mario Canzio, del Frente Amplio, que proponen soluciones un tanto curiosas para esta situación y que, si bien pueden parecer positivas a simple vista, resultan muy peligrosas si se llegan a poner en práctica.

El parlamentario del conglomerado izquierdista propuso en la subcomisión que elabora una propuesta de reforma electoral, que el presidente de la República pueda ser vacado si incumple su plan de gobierno. Esto, según dice, para evitar que los jefes de Estado generen “ilusiones” en la población. Así, una vez elegido el presidente, este tendría un determinado plazo para elaborar un plan de lo que hará en los siguientes cinco años, sobre el cual juramentará. De no cumplir con dicho plan el presidente puede ser vacado.

Suena bonito, incluso hasta heroico, proponer que un presidente puede ser traído abajo por no cumplir sus promesas, sin embargo, el mecanismo propuesto por Canzio puede ser nocivo para el país e, incluso, hasta un poco abusivo.

Primero hay que tomar en cuenta que cinco años es un montón de tiempo y muchas cosas pueden suceder. Difícilmente la realidad del 2017 será la misma que la del 2022 y en el ínterin pueden suceder muchas cosas que obliguen a cambiar sobre la marcha la forma como se gobernará. Un líder tendría que tener cualidades de oráculo para poder proponer un plan que se mantenga vigente por cinco largos años.

Sin embargo lo más probable es que el jefe de Estado no sea un vidente, lo que puede llevar a que ocurra una de dos cosas: 1) el presidente será vacado al poco tiempo de ser elegido por no seguir al pie de la letra lo estipulado por su plan o 2) el mandatario, por el temor a perder su cargo, se abstendrá de hacer los cambios necesarios para el beneficio del país. De cualquier manera el perjuicio será para la ciudadanía.

Lo peor del asunto, empero, es que terminaría siendo una jugosa herramienta política para la oposición. Todo político contrario al oficialismo podría leer el plan del gobierno y encontrar causales de vacancia, al más insignificante incumplimiento del mismo. Así, la discusión dejaría de estar centrada en lo que es positivo para el país para trasladarse, meramente, a lo que está dicho en un papel.

Pero claro, se entiende de dónde se sostiene la propuesta del congresista Mario Canzio. La planificación rigurosa es una de las fantasías favoritas de la izquierda y la ilusión de construir, desde el gobierno, un documento que estipule exactamente qué hacer, viene desde cuando Stalin ejecutaba sus planes de cinco años en la Unión Soviética, y dicho recuerdo le debe resultar apetitoso al parlamentario. Pero la realidad, especialmente la que comprueba cómo le fue a los países que pretendieron llegar a tales extremos de planificación, demuestra que la propuesta de Canzio es ridícula y, al mismo tiempo, muy peligrosa.

El verdadero esfuerzo, entonces, debería dirigirse simplemente a hacer política. Quienes se oponen a lo hecho por un gobernante tienen el derecho de exponer a la ciudadanía cuáles son sus falencias y, así, sentenciarlo, desde las urnas a no volver a ejercer un cargo como la presidencia de la República. En antídoto a para las promesas incumplidas de los políticos no reside en un corsé, se encuentra en las manos de la gente.

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