Apuntes desde la vieja Europa (II): Bruselas

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En Bruselas hay hoteles estupendos. No los conozco. Cuestan mucha plata. Hay hoteles muy buenos, de bastantes estrellas, donde no siempre te tratan muy bien. Y muchos hoteles medianos, a los que adorna muchas veces una estrella de más y cobran unos euros por encima de las prestaciones, y donde te tratan unas veces muy bien y otras, no tanto. Los hay nuevos, muy nuevos, de nueva planta. De grandes cadenas de aquí y de allá. Y muchos de los medianos son hoteles familiares, en casas de Bruselas de toda la vida, aprovechando el espacio al máximo: a veces, para llegar a la habitación tienes que bajar primero al sótano y pasar casi por el comedor. Y en algunas ocasiones, en la habitación no puedes abrir a la vez la puerta del armario y la del baño.

¿Por qué esto es así? Porque en los hoteles, en el fondo, el cliente les puede dar igual: saben que siempre estarán llenos, que acabarás yendo a cualquier hotel, casi a cualquier precio. Porque son miles las personas que cada día llegan a Bruselas para algún asunto “europeo”, negociar con la Comisión Europea, participar en alguna jornada, reunión, congreso o lo que fuere. Porque Bruselas, ¿es la “capital de Europa”? No, de derecho no. Y bien se han cuidado los estados miembros de la Unión Europea de no utilizar nunca esa expresión. Pero, de hecho, es el centro administrativo y negociador de la Unión Europea.

En realidad, una ciudad de provincias convertida en capital de un gran mundo como es el europeo. Y esos dos elementos no se conjugan bien. Quedan los rincones bonitos de la ciudad provinciana, plazas, casas de finales del XIX y principios del XX, edificios modernistas y “art déco” (¿o es lo mismo?), tiene -sobre todo cuando sale el sol- parques encantadores y plazas recoletas. Quedan también los edificios gigantomaníacos de la Bélgica colonial, cuando “poseía” el Congo (que antes había sido del Rey personalmente), poseía y explotaba….

Y luego tiene, superpuesta y casi sin contacto, esa “no-capital” pero “sí-capital”, con sus funcionarios y sus visitantes y sus muchas lenguas que vas escuchando por la calle, unidas a las de la inmigración, africana sobre todo, pero no sólo.

Bruselas es, así, una difícil entelequia, una ciudad que en realidad son 17 municipios distintos (o algo así), que sólo se coordinan para algunas cuestiones que afectan a todos, como el transporte público, que -todo hay que decirlo- funciona excelentemente.

Bruselas es una entelequia dentro de otra entelequia: Bélgica. Cada vez que firma un documento europeo un representante belga, debajo de su firma se explica que esa firma vincula al Reino de Bélgica, a la Comunidad Flamenca, la Comunidad Valona, la Comunidad Alemana, la Región de Flandes, la Región de Valonia y la Región de Bruselas-Capital. ¿Qué tal esta complicación para un país de diez millones y medio de habitantes y de la extensión, más o menos, del Departamento de Lima?

De todas formas, parece que el debate identitario está más tranquilo que hace unos años. Desde luego, en Bruselas se ven menos banderas flamencas en las ventanas. De la gente molesta porque Bruselas, originalmente flamenca, estaba -y está- cada vez más “valonizada”: de toda esa nube de funcionarios y visitantes son muchos más, muchísimos más los que hablan francés que no flamenco. Y eso que las instituciones europeas, para gran dolor de los franceses (que llevan estadísticas exactas de cuántos documentos de la Comisión Europea se redactan originalmente en francés), con las sucesivas ampliaciones se han ido moviendo hacia el inglés. Años atrás, en los pasillos de la Comisión lo que se escuchaba era francés (un francés excelente de los alemanes y demás), ahora más probablemente será inglés.

Y parece que el socialista valón Elio di Rupo, Primer Ministro desde 2011 (y en cargos políticos desde 1994) está consiguiendo mantener la cohesión de un gobierno belga de coalición múltiple entre partidos y grupos lingüísticos (los partidos liberal, socialista y democristiano, siempre multiplicados por dos: versión valona y versión flamenca). Antes de que él consiguiera formar gobierno, habían pasado 514 días desde las elecciones: todo un récord de país democrático sin gobierno. También había conseguido un gobierno medianamente estable (aunque breve, pues fue llamado en seguida a Europa) uno de sus antecesores, el democristiano flamenco Herman Van Rompuy, hoy presidente del Consejo Europro, ya a punto de retirarse al haber cubierto sus cinco años, segundo mandato incluido. Un hombre poco brillante hacia fuera, poco de esa figura representativa, pero gran muñidor de acuerdos, forjado precisamente en la escuela belga. Su sucesor, el actual Primer Ministro polaco Donald Tusk, ¿será capaz de mantener esa cualidad, contando también con el hecho de que -extraño caso entre los polacos- sus conocimientos del inglés y francés no son precisamente exhaustivos? Sin duda, es un gran triunfo político para Polonia que uno de los suyos haya llegado a este punto. Pero, ¿cuán bueno será para Europa?

Compás de espera (también hasta que entre en funciones la nueva Comisión), por tanto, en la Bruselas de la Unión Europea. Mientras tanto, los hoteles siguen cobrando lo que quieren y te siguen tratando como quieren. Pero da igual. En algún momento habrá que volver a Bruselas. Y acabarás yendo a uno de esos hoteles que te cobraron lo que quisieron y te trataron como quisieron…