Aquella Lima de aquellos tiempos, por Alfredo Gildemeister

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Recuerdo cuando de niño, todos los sábados por la tarde salíamos mis hermanos y yo a la puerta de mi casa en la avenida Roca y Bologna, en Miraflores, cerca al parque de Tradiciones, sacábamos nuestros carritos de juguete (“Matchbox” o “Corci Toys”) y nos poníamos a jugar carrera de carros en la vereda. La “pista de carrera” era del largo de toda la cuadra y tirábamos nuestros carritos por turnos por el borde de la vereda. Mientras jugábamos con los carritos, en la berma del medio de la avenida unos muchachos jugaban futbol toda la tarde. La “cancha” era del largo que iba de un árbol al otro, de los que crecían al medio de la berma central de la avenida. A lo largo de la avenida y de dicha berma otros equipos también jugaban futbol. Los gritos, barras y goles se escuchaban por toda la avenida. Obviamente que a cada rato las bolas “fuera de cancha” se iban para una de las dos pistas del costado, con el riesgo de que algún automóvil o un raudo “bussing” (ómnibus de servicio público) aplastara y reventara la pelota, con lo cual el partido se suspendía hasta nuevo aviso, esto es, hasta que alguien comprara una nueva pelota. Así perdí varias pelotas y siempre era el mismo bussing (la línea 59-A), el que atropellaba y reventaba mi pelota. Una vez sin quererlo, cobré venganza de ello, pues la pelota se fue a la pista, y en una rápida carrera, alcancé la pelota y al patearla con todas mis fuerzas, en lugar de regresar ésta a la berma, fue a estrellarse contra el parabrisas frontal del bussing que venía hacía mí. El chofer me requintó furiosamente cuando pasó a mi costado mientras que todo el mundo se reía, incluyendo a los mismos pasajeros. De otro lado, las niñas jugaban saltando la soga o con las ligas, o se iban al parque de Tradiciones, a jugar a la pega, a las escondidas o a las estatuas o ladrones y celadores. Así era nuestra vida los fines de semana. Lima era una ciudad tranquila, en donde la gente y los niños se divertían sanamente. Ya al atardecer, todo el mundo regresaba a sus casas, sudosos, cansados y hambrientos, para tomar lonche, bañarse, ver televisión y acostarse.

Definitivamente, al margen de si tu casa tenía jardín o no, y por lo general lo tenía, los niños jugábamos en la calle, en el parque o en la berma central de la avenida si es que no teníamos parque cerca. En las puertas de las casas se juntaban los chicos y chicas del barrio a jugar, algunos tirando el trompo, con su pabilo y la chapa chancada, a fin de que no se te escape la “pita” y que el trompo salga dando vueltas como debe ser. Otros jugaban con las bolitas o canicas. Las había “lecheras”, “ojo de gato” y las famosas “billas” de metal de diversos tamaños, las cuales rodaban derechitas hacia el ñoco o hueco, hecho de tierra o hacia una rajadura en el cemento en la vereda. No faltaban los “mecánicos” que armaban un “carropatín” y rodaban como locos por la vereda, en especial mejor si ésta era de bajada, hasta que literalmente se sacaban la mugre por la velocidad y pérdida del control del “vehículo”. Todos jugábamos en la calle y los que tenían bicicleta –ya sea una clásica, una “spider” o una “Monark”, podían dar vueltas por la pista o por la cuadra, atentos al aviso de si venía un auto por allí. Todo el mundo se conocía y sabías donde vivía cada quien. Si por esas cosas de la vida, tu papá o mamá te regalaba unas monedas, corríamos al “chino de la esquina”, pues en Lima por lo general en todo barrio había una o más bodegas, en donde te atendía un chino de China que de verdad hablaba chino, para comprarle “frunas”, chupetes, algún helado “Donofrio” o chocolate Sublime, Golazo, turrón, Sorrento o Cua-Cua. Si quedaban chocolates “Tío Johnny” mejor. Las niñas se compraban juegos de “jackses” con su pelotita de jebe y se tiraban en la vereda a jugar. ¡Vaya que eran rápidas y jugaban bien! Al policía más conocido como “tombo”, al lechero, al afilador, al jardinero y al cartero del barrio, todo el mundo los conocía y hasta por su nombre.

Así era la Lima de antaño de esos fines de los sesenta y principios de los setenta, en donde saber de un robo y menos de un crimen, era cosa rara. Con los años, las casas se fueron volviendo fortalezas: se fueron encerrando en altos muros, cercos eléctricos cual campos de concentración, aparecieron casetas con “huachimanes” en las esquinas, bravos perros guardianes, etc. y así, aquellos niños y niñas que jugaban confiadamente en la vereda de su casa, en la berma del medio de la avenida y en el parque cercano, pasaron hoy a ocultarse en la “seguridad” de sus casas, para zambullirse horas de horas en su celular, cual autómatas. Hoy Lima, la gran urbe de cemento se tragó a los niños y a los muchachos que antaño jugaban por sus calles, plazas, parques y veredas. Los delincuentes, sicarios y pandillas ocupan hoy esos lugares, asaltando y asesinando con total impunidad a quien encuentren adelante, no interesa si es un niño, joven, adultos o ancianos. Como en la antigua edad media, Lima se ha visto invadida de castillos, cercos eléctricos y altas murallas. Las cámaras de vigilancia, cual troneras en las esquinas, vigilan la “seguridad” de la ciudad, puesto que hay que estar alerta ya que los “bárbaros” rondan por sus calles ante la ausencia, negligencia, ingenuidad e incapacidad de las autoridades correspondientes. Hasta que esta situación no cambie, y la “seguridad ciudadana” sea una realidad, los niños tendrán que jugar dentro de sus casas fortaleza. No hay alternativa. Definitivamente, Lima y sus barrios, ya no son aquella Lima de aquellos tiempos. Quien no lo vivió… no sabe de lo que se perdió.