Aquella tarde de abril, por Alfredo Gildemeister

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22 de abril de 1997. 3.00pm en punto de la tarde. Mientras esperaba agazapado en el túnel con los demás comandos, listos para el inicio del rescate, el joven comando recordó aquella noche del 17 de diciembre de 1996. Había estado viendo un noticiero en la TV cuando el locutor interrumpió la narración y emitió una noticia de último minuto de un hecho que marcaría para siempre su vida: un grupo de terroristas había tomado por las armas la residencia del embajador del Japón Morihisa Aoki. Eran las 8.19pm. Inmediatamente todos los canales de TV comenzaron a transmitir desde las afueras de la residencia del embajador de Japón lo que venía sucediendo. Poco a poco fue tomando conocimiento de lo sucedido. Resultaba que catorce terroristas miembros del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru – MRTA, grupo de terroristas al igual que Sendero Luminoso- había ingresado a la residencia y tomado rehenes. Al parecer, en ese momento se celebraba una recepción en la residencia con muchos invitados: políticos, congresistas, diplomáticos, religiosos, empresarios, alcaldes, ministros, etc. Todos fueron declarados rehenes del MRTA.

El joven comando vio que su reloj marcaba las 3.10pm de la tarde. Era el martes 22 de abril de 1997. El calor y la tensión eran casi insoportables. Aún no se daba la orden de ingresar a la residencia. Había estado entrenando y preparando asiduamente con sus demás compañeros solo para ese momento. Sus armas estaban listas, bien cargadas y engrasadas. No podía cometer un solo error. Todo tenía que resultar perfecto. Siguió recordando ese día de diciembre. Se celebraba el natalicio del Emperador de Japón Akihito, evento al que asistían aproximadamente 500 invitados. Los terroristas habían ingresado por la propiedad colindante que se encontraba vacía. Habían dinamitado la pared limítrofe para ingresar a la residencia. Los invitados vieron a terroristas armados y vestidos todos de negro, como ninjas, con un pañuelo rojo en la cara, apuntándoles con sus armas. Los terroristas les comunicaron que todos eran rehenes del MRTA. Esa misma noche los terroristas liberaron a las mujeres, ancianos y empleados del evento. Irónicamente, luego de una curiosa “negociación” liberaron también al izquierdista Javier Diez Canseco y a Alejandro Toledo. Paradójicamente, la madre del presidente Fujimori fue liberada con las mujeres, pues no sabían los terroristas que era su madre. A los pocos días antes de navidad y en vísperas de año nuevo, liberaron a más rehenes, quedando solo 72 rehenes.

El joven comando vio nuevamente su reloj: las 3.15pm. “¡Por Dios que termine esto pronto!”, pensó. “Hoy se cumplen 126 días de secuestro. ¿Hasta cuándo? Dios mío que esto termine ya”. ¿Podremos neutralizar los 141 comandos a 14 terroristas bien armados? Tienen fusiles AKM, sub-ametralladoras UZI, lanzagranadas antitanque RPG, explosivos C4 y granadas de guerra”. El comando rezó un padre nuestro y un ave María. Se encomendó al Señor de los Milagros y palpó la estampita de Santa Rosa que le diera su hijita de ochos años antes de salir de su casa. ¿Volvería a ver a su familia? ¿Besaría a su esposa una vez más? ¿Abrazaría a su hijita nuevamente? Solo Dios lo sabía. Sintió nauseas y ganas de orinar. Imposible. Tendría que aguantarse. Cuando termine todo orinaría. ¿Se arrepentía acaso de ser parte de la fuerza de operaciones especiales conformada por elementos del Ejército y de la Unidad Especial de Combate (UEC) de la Fuerza de Infantería de Marina de la Marina de Guerra del Perú (IMAP)? Para nada. Todo lo contrario. Se sentía orgulloso. No se cambiaba por nada del mundo. Ellos formaban el llamado “Comando Chavín de Huántar”.

El joven comando rogó para que todo saliera bien. “Espero que los terroristas se encuentren distraídos jugando fulbito en el salón como lo hacen todos siempre a esta hora. El Servicio de Inteligencia no nos puede fallar”. Volvió a mirar la hora. Eran las 3.23pm. Fue en ese momento que llegó la orden del presidente Fujimori de ingresar. Se persignó, aferró su arma con firmeza y esperó. Una fuerte explosión dio inicio a la operación, volando el piso del salón principal, causando un forado grande en el piso. La fila de comandos comenzó a avanzar rápidamente por el túnel. El joven comando se percató con horror al ingresar al salón por el forado del suelo, que la visibilidad era casi nula. El espeso humo y el olor a pólvora eran terribles. Alcanzó a ver a un par de terroristas que corrían por sus armas. Inmediatamente les disparó y cayeron al suelo. Siguió avanzando hacia la escalera en curva que conduce al segundo piso. Dos terroristas yacían muertos en las escaleras. Pero no podía avanzar más. En el pasillo del segundo piso un terrible fuego cruzado le impedía avanzar a él y a sus compañeros. Al parecer dos comandos habían caído heridos allí. “Que alguien haga algo pronto carajo o nos masacran aquí” gritó a toda voz. Los terroristas tiraban granadas de mano al pasadizo. Pasados unos segundos, una explosión voló parte del techo y desde allí fueron abatidos los terroristas que mantenían el fuego cruzado. Comenzaron a salir los rehenes. Aún se escuchaban tiros. Distinguió al canciller Tudela herido en una pierna. Lo ayudó a salir con los demás por la terraza del segundo piso que daba al jardín. Así fueron saliendo todos los rehenes, agachados y rodando por el suelo. Finalmente trepó a la azotea. Vio colgada la bandera roja comunista, con la hoz y el martillo, símbolo del MRTA. Sin poder contenerse corrió hacia ella, la arrancó de un tirón y la arrojó al vacío. “¡Viva el Perú carajo!” gritó orgulloso. Todo había terminado. 23 minutos duró la toma de la residencia. La operación había sido al parecer, un éxito. Todos los terroristas estaban muertos. Sin embargo, al bajar al jardín, alguien le dio la mala noticia que sus amigos y compañeros, los oficiales Juan Valer Sandoval y Raúl Jiménez Chávez, habían caído. Además, le indicaron que un rehén estaba muy mal herido, el magistrado Carlos Giusti, que luego fallecería camino al hospital.

Solo atinó a abrazar a sus compañeros, felicitándose por el éxito de la operación, aunque sentimientos encontrados de alegría y tristeza por los compañeros el rehén caído lo invadían. Apoyándose en la pared de la residencia, se sentó en el césped, se sacó el casco y lloró. La tensión había sido demasiada. Agradeció a Dios por estar con vida, encomendó a sus dos compañeros y al rehén caído, agradeciendo el que se hayan salvado todos los demás rehenes. Solo quería ver a su esposa y a su hijita que lo esperaba con ansias en casa… así pelearon estos héroes aquella tarde de abril de 1997.

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