Aquella tarde en la Bombonera, por Alfredo Gildemeister

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Nunca olvidaré la tarde de aquél domingo 31 de agosto de 1969, en que con mi padre, mis hermanos y abuelos, nos acomodamos frente al televisor –obviamente en blanco y negro- para ver el partido decisivo entre Perú y Argentina en el cual se definiría al equipo que asistiría al Mundial de México 70. El equipo peruano salió a la cancha bajo la dirección de Waldir Pereyra, el gran «Didí» -ex gran jugador de Brasil. Didí había convocado a 23 jugadores. Sin embargo, Del Castillo del Cristal, Pitín Zegarra de Alianza Lima y Eladio Reyes del Juan Aurich, habían quedado fuera de la nómina. Por Alianza Lima estaban tres jugadores de calidad indiscutible: Perico León, Julio Baylón y Teófilo Cubillas. Este último con solo 20 años de edad, era ya un gran goleador del fútbol peruano. El equipo llegaba a la Bombonera –el famoso estadio de Boca Juniors en Buenos Aires- tranquilo y optimista pues en Lima le habíamos ganado a Argentina 1-0 con gol de Perico León, ante un largo pase del gran Héctor Chumpitaz. Sin embargo, el siguiente domingo se perdió ante Bolivia 2 a 1, injustamente, debido a la pésima actuación del tristemente recordado árbitro de apellido Chechelev. Aún recuerdo el terrible resentimiento y cólera que quedó en la afición peruana luego de referido partido, ante una actuación descaradamente favorable al equipo boliviano del tal Chechelev. Dicha actuación le costó al equipo peruano la inhabilitación de Ramón Miflin de Cristal y de Nicolás Fuentes de la U. En el partido de vuelta, nos cobramos la revancha goleando a los bolivianos por 3 a 0. Con dicho resultado, la clasificación se decidiría en Buenos Aires. Aquel domingo en la Bombonera, jugarían por el equipo peruano Lucho Cruzado de la U, Eloy Campos del Cristal y Oswaldo «Cachito» Ramírez del Sport Boys. Este último, en reemplazo del titular lesionado, Alberto Gallardo. Eran los tiempos en que el Perú tenía un juego hermoso, de toques, pases cortos –algo parecido a la forma de jugar el futbol de toques que hoy tiene el Barcelona- y mucha cintura con cabreadas, paseíllos y picardías, saliendo desde el fondo. Existía mucha expectativa entre los aficionados, pues el Perú sólo había participado en el mundial de 1930 como invitado. ¡Imagínense con qué ansiedad e ilusión los peruanos esperábamos la clasificación a nuestro primer mundial como Dios manda!

Debo mencionar que por aquél entonces, se vivían tiempos extraordinarios en la historia de la humanidad. Así por ejemplo, hacía poco más de un mes, el hombre había pisado la luna por primea vez en la historia; en el mes de mayo en París, grandes cambios en lo social se anunciaban, cambios y movimientos que desembocarían en la primavera de Praga, luego en sendos movimientos sociales en México y Berlín. De otro lado, el mundo de la música rock se había visto remecido con el famoso concierto en un campo cerca a la pequeña ciudad de Woodstock, en Estados Unidos, en donde se harían famosos Jimmy Hendrix, Janis Joplin, The Who y Carlos Santana y su banda, entre otros grandes. El concierto tuvo una duración de tres días “de música, paz y amor” como se anunciaba en su publicidad, concierto que luego se propagaría en cines de todo el mundo. En el Perú, hacía menos de un año que el general de división Juan Velasco Alvarado gobernaba, con un equipo de militares, luego de dar un golpe de Estado a Fernando Belaúnde Terry.

Volviendo a la Bombonera, el partido con Argentina se jugó bien, con una clara estrategia e inteligencia. Nos bastaba el empate para clasificar. Por eso, Perú iba ganando con dos goles de «Cachito» Ramírez, luego de dos escapadas y una carrera sólo a toda velocidad hasta llegar al arco argentino, estampo dos soberbios goles. El resultado final fue de un empate 2 a 2, ya que los argentinos nos empataron el partido, pero no lograron ganárnoslo. Como es de suponer, los últimos minutos fueron de una tensión y un nerviosismo que, como diría el gran comentarista deportivo Humberto Martínez Morosini, se trataba de un partido “no apto parar cardiacos”. En un momento dejó el micrófono, ante el segundo gol de Argentina, a manos de Augusto Ferrando, para que éste gritara su famosa frase: «¡No nos ganan!». Terminado el partido, Argentina quedó eliminada y Perú clasificó. Sólo 16 equipos de todo el mundo clasificaban al mundial. Perú estaba entre esos clasificados. Todo el mundo celebró como nunca. La gente salió a las calles cantando a voz en cuello el célebre «Perú Campeón» de Félix Pasache. Las caravanas de autos con la bandera peruana desfilaban dando bocinazos y gritando ¡Arriba Perú! por la avenida Arequipa, deteniéndose frente al local de Panamericana Televisión para celebrar. De otro lado, grandes caravanas con banderas, camisetas y chicas en los techos de las camionetas también desfilaban a lo largo de la avenida Larco, en Miraflores, en donde la gente terminaba concentrándose en el óvalo frente al cine “Pacífico” para saltar abrazados gritando “¡Arriba Perú!”. Era la felicidad y la alegría en toda su plenitud. Si para Hemingway “París era una fiesta”, en nuestro caso Lima era toda un fiestón y más.

En mi casa, terminado el partido salimos rápido a la calle a celebrar mis hermanos y yo con mis padres –milagrosamente mi madre se animó pues todo el Perú celebraba- caminando por la avenida Roca y Bologna, siguiendo por curiosidad a un grupo de personas que pasaban celebrando con banderas peruanas, rumbo a la casa del general Velasco –vaya uno a saber por qué-, la cual quedaba a dos cuadras de la mía. Recuerdo que no seríamos más de una veintena de personas paradas en la pista de la avenida delante de la casa del dictador, cantando “Perú Campeón” y dando vivas al Perú, cuando de repente, el general Velasco salió al balcón de su hermosa y moderna casa. Salió con su esposa, la famosa –por sus continuos viajecitos- doña Consuelo González Posada de Velasco. Con mis nueve años recién cumplidos, recuerdo perfectamente estar parado al lado de mi padre observando al dictador a pocos metros de nosotros en su largo balcón, el cual luego de saludar al público presente –repito éramos un grupito de no más de veinte personas- se lanzó un discurso sobre el Perú, el futbol y de lo grande que somos los peruanos. ¡”Pan y circo” como los romanos! ¡Poco mas ya éramos campeones mundiales de futbol! ¡Cuando no nuestro triunfalismo de siempre! Finalmente se despidió felicitándonos a todos los peruanos por el triunfo del pueblo peruano y de la “revolución”, subiendo y bajando sus brazos en alto con los puños cerrados, saludo que siempre solía hacer al finalizar sus discursos. Luego mi padre sacó el auto del garaje y nos fuimos a Larco a ver y a participar de la celebración. Durante los años que duró su gobierno, todas las mañanas antes de las ocho, vería al general Velasco pasar, con su auto y un vehículo de custodia, por la puerta de mi casa, así como regresar a su casa a eso de las siete de la noche.

Pero ese 31 de agosto de 1969, hace hoy 46 años de aquella triunfal tarde en la Bombonera, en la que el Perú le dio una lección de buen futbol al equipo Argentino, eliminándolo, con lo cual pudimos participar al año siguiente en el Mundial de México 70, con un equipo brillante de jugadores extraordinarios que jugarían a morir todos sus partidos, enfrentándose finalmente de igual a igual, en una excelente actuación, al mismo equipo de Brasil bicampeón en esos momentos y que quedaría campeón por tercera vez en ese mundial, con el gran Pelé como estrella al lado de otros grandes jugadores como Tostao y Rivelino. Perú quedaría entre los ocho mejores equipos del mundo. Aquella tarde de agosto en la que hasta un dictador se aprovechó del triunfo para hacer un poco de política, como suele suceder con los políticos, Perú clasificó a su primer mundial y, años más tarde, Perú clasificaría a dos mundiales más. Sin embargo, lamentablemente debo decir que desde el mundial de España 1982, el Perú no pisó otro mundial de futbol. Mis alumnos en la universidad –tanto de pregrado como la mayoría de postgrado- nunca han visto a Perú jugar en un mundial de fútbol. Mis hijos tampoco han visto a Perú en un mundial. Cuando les cuento de la brillante actuación del equipo en México 70, en Argentina 78 o en España 82, me miran como quien les cuenta un cuento chino ¡Casi un imposible! Pero como gritara Augusto Ferrando esa lejana tarde: “¡No nos ganan!” y sólo de nosotros depende… porque cuando uno quiere algo… ¡Sí se puede! ¡Arriba Perú!