Aquellos tiempos maravillosos, por Angello Alcázar

465

Por: Angello Alcázar

 

“Ay, señor, es que usted no sabe cómo era antes… En mis tiempos no ocurrían esas cosas…”. Esta última frase, o una variante muy similar, debe ser de las que más escuchan a diario los taxistas de Lima. Cada vez que un viejito o una viejita se sube a un taxi y le busca o le sigue la conversación al conductor, asoma una que otra referencia —casi siempre directa— a un pasado perdido, arcádico, en el que todo (en la ciudad, el país, el planeta, el más allá y el más acá) era mejor.

Julio Ramón Ribeyro —un escritor que estaría cumpliendo 90 años este 31 de agosto— tiene un cuento poco conocido llamado “Juegos de la infancia”, en el que evoca la vida de esparcimiento de los niños que, como él, se criaron en el barrio de Santa Beatriz allá por los años treinta y cuarenta. Entonces la televisión solo figuraba en las historias de ciencia ficción, eran pocos los autos que circulaban en las grandes avenidas, y muchos distritos limeños seguían repletos de chacras y vacas. Muchas décadas después, el narrador rememora los trajines de su “patota” en el parque Sucre, un lugar que, según confiesa, lo avergonzaría al compararlo con los señores jardines que conocería años más tarde en el Viejo Continente.

Y, sin embargo, ese parquecito, con su estatua ecuestre, sus barandas de cemento pulido, su estanque y su misteriosa casa rosada, ejerció una gran fascinación en el pedazo de hombre que era el protagonista y en sus camaradas: “para nosotros, entonces, el parque Sucre era inabarcable, enigmático, el más hermoso parque de la Tierra”. Así pues, todo iba de maravilla hasta que un buen día llegaron unos “invasores” del otro lado de los rieles del tranvía. Es decir, del barrio popular de La Victoria. En las últimas líneas, el narrador describe este hecho como un presagio de la radical transformación que sufriría la capital en las décadas siguientes; de la época en que “Lima se vería cercada, asediada, y lenta, progresivamente ocupada por millones de gentes venidas del Ande”.

No debe llamar la atención que dicho relato fuera escrito en 1994, el mismo año en que Ribeyro murió. Sentir nostalgia por ciertos personajes, lugares o episodios que pueblan las páginas de nuestro pasado es parte irrenunciable de la condición humana, y de ninguna manera —aunque sin duda son más propensos a ello— algo exclusivo de la gente que se encuentra en el otoño de la vida. La memoria, tesoro de muchos y maldición para otros tantos, remueve los contenidos de ese pozo que constituye la experiencia y nos salpica sus gracias cuando menos lo esperamos. Los memoriosos se acordarán, a propósito de esto, del personaje de “En busca del tiempo perdido” que prueba una magdalena remojada en té e inmediatamente se ve transportado a los veranos de su niñez en el pueblito de Combray, al norte de Francia. (Claro que no hace falta ser Proust ni proustiano para identificarse con esa sensación harto conocida).

La verdad es que si son varias las cosas que han empeorado, son también muchas las que han cambiado para mejor. Quizá sea cierto que antes había más vida de barrio, que las relaciones humanas solían vivirse más a fondo, que las calles eran más seguras, y que eran más las personas que decían “Buenos días” y “Buenas tardes”. Pero en aquellos años maravillosos que evocan los mayores, la sociedad no solo adolecía de las mismas taras de hoy en día, sino que eran pocos los que hablaban de ellas abiertamente, y se atrevían a cuestionar la tradición en pos de una realidad más justa y dinámica. No nos olvidemos, pues, que ahí donde supuestamente reinaban las buenas formas, también hacían de las suyas el machismo, el racismo, la mojigatería, la hipocresía y el embauque.

Ya lo dijo García Márquez en sus memorias, refiriéndose a un episodio de su juventud: “La nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos”. Siempre hay algo que rescatar de ese tiempo pasado, que, maravilloso, contradictorio, feliz e infeliz como el presente, parece haberse evaporado sin dejar más rastro que nosotros. Y es a ese tiempo que todos —jóvenes, maduros y viejos— nos aferramos por temporadas, cuando queremos creer que las cosas nunca pudieron haber sido peores. Por eso, no juzguemos a esos viejitos nostálgicos. Porque ¿cómo estar seguros de que nosotros, jóvenes de hoy, reliquias del mañana, no le terminaremos vendiendo la misma idea a las futuras generaciones acerca de este paraíso terrenal que nos ha tocado vivir?

Lucidez.pe no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.