Arrival, por Álvaro Martínez

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La última película de Denis Villeneuve es una de las candidatas a los Premios de la Academia con mayor número de nominaciones este año.   El filme es una adaptación más bien libre del cuento Story of your life (“La historia de tu vida”, ganador del Premio Nébula en 1999) del escritor estadounidense Ted Chiang, y supone el primer trabajo de ciencia ficción del director canadiense.  En la película, el normal discurrir humano se ve perturbado cuando naves extraterrestres aparecen en distintos lugares del mundo.

No es mucho después de estas apariciones que el film revela su aproximación al contacto: aunque hay un componente especulativo importante, que mueve la historia al crear un sentido de urgencia, ante la incertidumbre, el acercamiento es más bien curioso, reflexivo; esto, claramente, desde los personajes de la lingüista Louise Banks y el físico Ian Donnelly, quienes son reclutados y asignados al campamento que investiga unas de las naves, en Montana.  Pero incluso cuando están presentes la infraestructura y parafernalia militares, y es claro en todo momento que la llegada de las naves afecta la seguridad de las naciones, las intenciones de los visitantes, a pesar de no ser claras, tampoco parecen hostiles y, por tanto, se fuerza al menos una dilatación de ese gusto desenfrenado por bombardear y aniquilar lo extraño.  A partir de ese gusto reprimido, sin embargo, esa suerte de orgulloso nacionalismo planetario, se construye una tensión cada vez más palpable y voluminosa.  Más aún, la inicial postura de colaboración entre naciones se diluye en maquinaciones y desconfianza extendiendo la condición de otros y extraños al resto de humanos.

Aunque pertinentes, el miedo y la frustración latentes tras la prolongada incertidumbre detrás de la naturaleza del contacto no dejan de conformar una especie de contexto, que se desarrolla y evoluciona pero, sobre todo, enmarca el proceso de comunicación que tiene lugar entre humanos y alienígenas.  El énfasis que hace la historia en dicho proceso es poco común, en especial por la atención que se presta al lenguaje.  Esto, en buena cuenta, porque ni humanos ni alienígenas se embarcan inmediata e irremediablemente en un intercambio bélico, ni se apela a algún tipo de poder telepático extraterrestre o tecnología de traducción universal, recursos válidos por demás pero que resulta refrescante no ver empleados.

Se presenta entonces a dos especies conscientes, con anatomías completamente distintas y sistemas de comunicación con similitudes fonológicas, morfológicas y sintácticas prácticamente inexistentes.  La aventura está en el descubrimiento, en el enfrentamiento a una situación única que desfasa cuidadosas instancias protocolares.  A pesar de no documentarse en extenso, se sugiere un desarrollo penoso, pero al mismo tiempo apasionante, que da una dimensión auténtica al encuentro de especies que parecieran no saber mucho la una de la otra.  Las taras lingüísticas y científicas arraigadas naturalmente deben ser superadas, y hay que pensar que incluso entre pares humanos se trata de una tarea ardua.  Se dispone el lenguaje como un entramado cultural y fisiológico complejo, de cualidades comúnmente extraviadas en la cotidianidad de su uso: su capacidad para moldear la forma en que pensamos, la incidencia del cuerpo en su construcción, las funciones que le atribuimos por herencia, etc.  Al enfrentarnos con un código por completo distinto al nuestro, el film nos sumerge en un ejercicio de abstracción de lo extraño y de lo propio que, a pesar del entorno, procura abarcar y permear el relato.