Barnecuentos (II), por Pablo Ferreyros

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Alfredo Barnechea cree que vivimos bajo un modelo “neoliberal” que ha convertido nuestra economía en una de matriz primario-exportadora. En el artículo anterior discutimos qué alcance tuvieron las incompletas reformas liberales de los noventa, a las que el candidato sindica como culpables. Vimos que luego de ellas crecimos a niveles notablemente superiores al promedio de la región, tanto en PBI[1] como en tamaño de la clase media[2]. Quedó descartada así la explicación basada únicamente en factores externos (“la locomotora china”) que esgrime el candidato. Vimos también que el Perú no se desindustrializó, sino que la participación del sector manufactura en el PBI aumentó en más de medio punto porcentual y supera a la del sector extractivo por más de 2%.

Pero pese a que la evidencia del caso peruano indica lo contrario, el mito que relaciona libertad económica y falta de industrialización sigue ampliamente extendido. Una mirada rápida a la situación actual, sin embargo, nos permitirá ver que hay países capitalistas con alto grado de industrialización, como Japón o los tigres asiáticos, y países estatistas con economías primarias, como Cuba o Zimbabue. De hecho, el primer país en industrializarse, Inglaterra, lo hizo con un alto grado de libertad económica similar al que hoy mantiene. Desde luego, también podremos encontrar ejemplos de lo contrario: Nueva Zelanda tiene una economía libre sin mayor industrialización y la Unión Soviética -cuyo experimento resultó en un estrepitoso fracaso (no solo) económico- es un caso de industrialización centralmente planificada. Esta falta correlación entre una y otra variable se evidencia también en nuestra región: pese a los diferentes modelos económicos, las exportaciones primarias tienden a tener cierto peso en el PBI de la mayoría de países.

 ¿Por qué tanto el liberal Chile como los socialistas Bolivia y Ecuador tienden a ser exportadores de materia prima? La respuesta está en las ventajas comparativas. A nivel individual nos caracterizamos por tener diferentes habilidades y conocimientos, por ser mejores que otros en aquello a lo que nos dedicamos. Tendemos a especializarnos en lo que mejor hacemos  porque nos resulta preferible ofrecer aquello en cuya elaboración somos más eficientes –sean zapatos o estados de cuenta- a cambio de otras cosas que tratar de producir por nuestra cuenta todo lo que necesitamos. A nivel de países pasa lo mismo: cada uno tiene determinadas ventajas  dadas por factores como su clima, ubicación geográfica, capital humano o recursos naturales. Generalmente son estas las que determinan aquello en lo que la economía del país se especializa y que así sea suele ser lo que mejor funciona. Por poner algunos ejemplos, las exportaciones primarias de países desarrollados como Noruega, Australia, Canadá y Nueva Zelanda representan el 84%, 77%, 44% y 73% de sus respectivas exportaciones totales. El fenómeno a nivel individual se conoce como división del trabajo y es lo que explica la existencia y los beneficios del comercio. En la economía moderna, a partir de Adam Smith, se entiende como un elemento clave para la riqueza  de las naciones.

¿Se puede, aun así, industrializar desde el Estado? Como ya dijimos, sí; el problema es que esta no suele ser la mejor forma de hacerlo. La información en las economías suele estar dispersa entre los individuos y coordinarse mejor mediante esa suma de intereses y voluntades particulares que llamamos mercado. Parte de esa información, naturalmente, es la concerniente a en qué aspectos tenemos ventaja. El Estado puede elegir algunos sectores “ganadores” y potenciarlos en desmedro del resto; pero suele equivocarse. La enorme cantidad de información dispersa difícilmente podrá entrar en las cabezas de unos cuantos burócratas. Prueba de ello es devastada Venezuela, donde el 96% de las exportaciones lo compone un solo producto (manejado, dicho sea de paso, por una empresa estatal): el petróleo.

Equivocaciones de causa similar ocurrieron en el Perú con el programa de Industrialización por sustitución de importaciones emprendido por la dictadura militar. Pronto, al ver que los peruanos estábamos obligados a comprarles, las empresas protegidas de la competencia extranjera dejaron de ser competitivas. Ello no solo llevó a una drástica reducción en la calidad de lo que se ofrecía en el mercado interno, sino a menos exportaciones: era más fácil venderle productos deficientes a un cautivo público nacional sin muchas opciones que competir con empresas más eficientes en el mercado externo. Para colmo de males, nuestra economía se volvió también, en buena cuenta, ensambladora: antes que para producir, los incentivos estaban dados para importar piezas con tipo de cambio preferencial.

Algunos creían que esa protección era lo único que mantendría en pie nuestra industria. Sin embargo, como también hemos dicho ya, tras la apertura de nuestra economía nuestra industria no solo no se contrajo sino que creció. Ocurre que se reestructuró: dejo de sostenerse en privilegios rentistas y pasó a generar encadenamientos productivos conectados con nuestros recursos. Empezaron, por ejemplo, a producirse piezas para el sector metalmecánico -demandadas por empresas mineras y energéticas- que antes se importaban. Así, este sector creció un impresionante 379% entre 1994 y 2005. En general, nuestras exportaciones no tradicionales crecieron en 231% entre 1996 y el 2006[3].

Alfredo Barnechea no dice cómo piensa industrializar desde el Estado. No debería sorprendernos: tampoco dice con qué plata piensa crear un estado de bienestar en un país donde el 74% de la PEA es informal ni cómo piensa renegociar contratos unilateralmente. Al igual que la mayoría de políticos, ofrece solo bellos deseos sin propuestas concretas sobre cómo materializarlos; deseos comparables a los de Guzmán y a los de las reinas de belleza. Ya otros se encargaron de cuestionar la factibilidad de las dos propuestas mencionadas[4].  Es por ello que desde esta tribuna hacemos lo propio con la que falta. En línea con el Observatorio de Complejidad Económica del MIT, le recordamos que para lograr una economía compleja y diversificada es necesario aprovechar al máximo toda esa información descentralizada que el mercado articula. Solo así podremos aprovechar nuestras ventajas comparativas como palanca de impulso hacia una mayor complejidad. El Estado puede ayudar indirectamente invirtiendo en educación superior y generando condiciones favorables a la inversión, pero romper con el sistema de información que mejor viene funcionando para hacer las cosas a dedo ya fracasó más de una vez. Sería ingenuo e irresponsable repetir los errores.

 

[1] http://datos.bancomundial.org/indicador/NY.GDP.MKTP.KD.ZG/countries/ZJ-PE?display=graph

[2] http://elcomercio.pe/economia/peru/soto-clase-media-peruana-crece-cuadruple-region-noticia-1720401

[3]http://www.google.com.pe/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&cad=rja&uact=8&ved=0ahUKEwiEwY2LrpzLAhUFbSYKHVSYDFgQFggaMAA&url=http%3A%2F%2Fwww.lampadia.com%2Fassets%2Fuploads_librosdigitales%2Fcca3f-la-revolucion-capitalista-en-el-peru.pdf&usg=AFQjCNEA0rPMsKIJfmQQ8Og3bjnbMMnEbQ

[4] Recomendamos particularmente el artículo del profesor Cabieses.